“tab” src=”http://img.hipersonica.com/2013/09/650_1000_TAB 3.jpg” class=”centro” />Dos días. Un barco hacia una isla histórica. Agua. Esas son, a grandes rasgos, las premisas con las que Sinsal Audio han ido promocionando su edición, ya tercera, del Sinsal San Simón. Una edición, esta, con el infortunio de tener que ser pospuesta por culpa del desgraciado accidente ferroviario que se cobró la vida de 79 personas en la noche del 24 de julio, pocas jornadas antes de que estuviese prevista la celebración del festival.

Es por eso que, incluso si las cosas no hubiesen ido del todo bien, es de agradecer el endemoniado trabajo que la organización ha tenido que llevar a cabo en pocos días, para sacarse de la manga un nuevo cartel. Un nuevo cartel, eso sí, absolutamente conocido. Aunque la versión oficial es la de que en el Festival Sinsal San Simón la música es algo casi accesorio, y lo principal es eso de fusionar arte y naturaleza, poner en equilibrio el yin y el yang y disfrutar de un entorno mágico, lo cierto es que Sinsal es de los pocos que puede permitirse esta estrategia. Lanzo a la venta unas entradas para un festival en una isla en la que te tendrás que pasar todo el santo día, y tengo a bien no decirte ni un puñetero grupo de los que van a tocar.

Cualquier otro, fracasaría en el intento. El problema es que Sinsal no han empezado a organizar conciertos ayer, y una trayectoria intachable les ha permitido que tomarse este tipo de licencias no esté reñido con el éxito en la venta de entradas. Y mientras en el cartel de julio se habían hecho con los servicios de Mikal Cronin, Sam Amidon o Austra, quedaba por saber si el nuevo estaría a la altura. En principio, una vez se supieron los nombres (uno intenta esconder un cartel, pero siempre salta algo la liebre), el conocimiento era menor. La calidad artística, era, sin embargo, algo con lo que se contaba casi por fuerza.

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Así que Hipersónica se desplazó al Muelle de Cesantes, y ahí cogió un barco hacia la Illa de San Simón, cerca de Vigo, un espacio que ha levantado alguna polémica sobre si era el más adecuado, al tratarse de un recinto utilizado por el régimen fascista para apresar y torturar a los no partidarios de Franco. Dejando esas polémicas aparte, no por poco importantes, sino porque tampoco somos quien de solucionarlas, lo cierto es que algo tan fundamental para uno de los festivales más singulares de toda la geografía española, como es la meteorología, acompañaba. Casi en exceso. Sol abrasador, y artistas prestos a la deshidratación.

Poco después de llegar, ya cerveza refrigeradora en mano, y con el programa de los desconocidos artistas en la otra, nos acercamos al Escenario San Antón, en el que Caxade abrió el festival a unas calurosas 12:00. Caxade es un trío gallego entregado a un sonido en el que folkies e indies se sentirán igualmente cómodos. A primera vista, puede hasta sonar raro su presencia en un festival predominantemente pop, pero difícil es resistirse al encanto de su acordeón, bombardino y batería. Imposible, también, no acordarse de Beirut al escucharlo, cuando menos desde quien no conoce el mundillo en profundidad. ‘Gente Pota’ o ‘Dêmos Graças’ destacaron en un repertorio todavía falto de algún cambio de textura a mayores. En conjunto, concierto precioso y primer nombre a seguir de cerca apuntado.

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Los siguientes fueron Gravenhurst. A saber, el proyecto de un tal Nick Talbot que vino con su guitarra y acompañado de batería para enseñar el catálogo de indie rock minimalista que se puede escuchar en sus ya seis discos de estudio. Otro uno en la quiniela. Apuesta complicada, pero de nuevo acertada. Pobre hombre asado al calor del mediodía, pero entregado a un público absoluto desconocedor de su trabajo, pero que disfrutó de, entre otros, ‘Black Holes in the Sun’, si acaso, su tema más reconocible. Se terminaba la sesión de mañana, con el hambre empezando a apretar, con Denis Jones, su mesa de mezclas y su guitarra acústica… y una sombrilla para el pobre. Completó el trío de palmaditas en la espalda para los programadores. Su sonido funcionó, enganchó y empezaron las preguntas de si su nombre se escribía “con una n o con dos”. Y primer, y casi único, contacto de este Sinsal con la electrónica, y de nuevo otro nombre escrito en la agenda. Mañana cargada de buenas sensaciones. Momento de comer.

Es cierto que al volver del mini descanso, en el que en varios rincones de la isla uno se podía encontrar con conciertos escondidos, la sensación de gran nivel musical decayó un poco. En primer lugar, por probables problemas de programación. Germán Díaz, con su zanfona y su piano de barbaria, estrenó a las 16:00 el escenario San Simón. No era la apuesta más indicada para un concierto de exigencia enorme. Tanto para el artista como para un oyente habitualmente alejadísimo de esos sonidos. Aunque conquistó a algunos, la sensación es de que los convencidos, de haberse celebrado en sesión matutina, podrían haber sido más. El dúo Le Parody, con su pop electrónico vestido por interminables samplers tomados de películas, siguió el programa. Para mí, probablemente, lo más flojo del festival, con una propuesta algo anodina y poco emocionante.

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¿Echáis algo en falta?. Pues sí, bandas, coño, bandas. Más de dos personas encima de un escenario. Un grupo, al fin, Baden Baden, quinteto francés que ejecutaba un pop del de siempre, del bien tejido, del efectivo, del que carece de florituras, casi de excesiva originalidad. Pero del que gusta, al fin y al cabo. Sonidos optimistas, vitalistas, relucientes, ideales para el escenario elegido, y para la climatología recibida. No estropearon esas buenas sensaciones las británicas Stealing Sheep, con una apuesta de tres voces casi eternamente al unísono, conjuntadas tan perfectamente que casi asustaba. ‘Shut Eye’ o ‘Gold’ como temas bandera de un trío de teclados, percusión y guitarra con reminiscencias que viajaban por tu mente desde Cocteau Twins a Warpaint.

Ya casi era en final. Temperaturas más agradables, ambiente siempre delicioso. Tocaba finalizar. Echar el cierre. El único momento para la apuesta segura, para la banda de la que todos los presentes habían escuchado hablar, aunque fuese mal. El tercer grupo gallego de la jornada fueron unos tales Triángulo de Amor Bizarro. Tirar de aquello del vini, vidi, vinci es casi una redundancia en su caso. Uno tras otro fueron cayendo los jitazos de una banda destinada a crear un mito, si es que no lo ha creado ya. Uno tras otro, sin que apenas nos diésemos cuenta, cayeron todos y cada uno de los temas de Victoria Mística, perfectamente arropados por los clásicos del grupo: ‘El fantasma de la transición, ‘El himbo de la bala’, ‘De la monarquía a la criptocracia’ o ‘Amigos del género humano’ casi nos hacen olvidar que no era de noche, ni estábamos en una sala de conciertos, que es la única forma que uno tiene para imaginar que aquello era mejorable. No fue su mejor concierto, ni de lejos. Pero han alcanzado una regularidad de la que carecían, aquella que garantiza que siempre lo van a hacer, cuando menos, lo suficientemente bien.

Corred hacia el barco, no quedéis en tierra. Volved el verano que viene.

**Fotos: Paula Rico

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