Estábamos todo el rato de bronca. Teníamos algo grande entre las manos pero Mick era siempre rock’n roll Mick. No sé lo resentido que acabé con el rock’n roll.

Keith Levene odiaba tanto el rock’n roll que en su siguiente proyecto, el que le dio la fama, Public Image Limited, trató con ahínco de destruir cualquier rastro que quedara de él. Levene había salido rebotado de los primeros Clash, los fabulosos Clash del 77, porque aquellos Clash estaban demasiado preocupados por el rock’n roll. No eran los únicos: el punk había recuperado el halo siempre incandescente del rock’n roll a finales de la década de los setenta. Desde los Ramones hasta los Sex Pistols y toda la retahíla de grupos que surgieron durante o tras ellos. Si había que destruir los cánones del rock progresivo y si había que arrasar las estructuras que aseguraban la tranquilidad de las clases acomodadas, el punk debía recurrir a los orígenes. El punk debía buscarse en el rock’n roll.

A Levene, por supuesto, nada de esto le resultaba relevante. El mensaje no había calado en él. Durante dos o tres años fue la excepción dentro de una Inglaterra convulsa y agitada que se lamía las heridas de la decadencia industrial y el fin de las promesas de los años sesenta. ¿Hacia dónde mirar, ahora que todo era demasiado frívolo, demasiado pretencioso? Toda una generación de músicos miró hacia los inicios del rock’n roll, hacia la música popular convertido en el elemento subversivo por antonomasia. El punk alzó la bandera de Little Richard y de Chuck Berry otra vez, ahora que Marc Bolan iba a morir, ahora que Iggy Pop publicaba discos en solitario y lejos de los Stooges, ahora que The Modern Lovers y The New York Dolls sacaban brillo de nuevo a la elegancia de lo simple y al espíritu revolucionario y festivo de cuatro acordes. ¿A qué se podían aferrar aquellos muchachos desesperanzados? ¿Al rock progresivo? ¿Al krautrock? Todo les quedaba demasiado lejos y todo era demasiado complejo. Había que sintetizar.

La síntesis por excelencia la pregonaron los Ramones, donde Johnny se negaba a ejercitar fallidos ejercicios de estilo en solitario. En sus canciones estaba todo. Lo sigue estando. Lamentablemente, el punk se esfumó casi tan rápido como había llegado. Al final Levene había ganado su batalla: PiL, Joy Division, Bauhaus, Pere Ubu, The Cure, Gang of Four, The Fall. Dos años después del sonoro estallido que había supuesto la irrupción de los Sex Pistols en la siempre escandalizable Inglaterra, la llama del punk se había esfumado por arte de magia. Así que tuvo que ser la nueva ola de psicodelia garagera quien recuperara, años más tarde, el espíritu de los nuggets y del rock’n roll. The Fleshtones, The Fuzztones, The Cynics, The Chesterfield Kings o The Miracle Workers. Solo que empapados de ácido, al igual que sus ídolos de los sesenta, desde The 13th Floor Elevators hasta The Remains o The Seeds.

Así que tuvo que ser la nueva ola de psicodelia garagera quien recuperara, años más tarde, el espíritu de los nuggets y del rock’n roll

Aquel revival del garage rock quedó sepultado por las corrientes de sintetizadores, atmósferas opresivas y, en menor medida, el surgimiento del indie pop. El punk se había transformado en cosas tan vanguardistas y experimentales como Sonic Youth. Nunca después nada parecido con el rock’n roll, al modo de los cincuenta, al modo del punk, lograría una posición predominante dentro de las grandes corrientes musicales internacionales… hasta hoy. Levantad la cabeza, saltad de alegría: el rock’n roll vuelve a estar de enhorabuena. En toda esta historia nos topamos con el nuevo disco de Crystal Stilts, Nature Noir (2013, Sacred Bones Records), y con el viejo, y su dignificación consciente de su espíritu desde una perspectiva cada vez más psicodélica y siempre lo-fi, que tanto, tanto nos entusiasma. No hay otra forma de explicar lo que sucede en ‘Future Folklore’ o en casi todas las canciones de In Love With Oblivian (2011, Slumberland Records). A dios gracias, Crystal Stilts cada vez pasan más del post-punk. Es una bendición que así sea, aunque Nature Noir sea mucho menos rock’n roll que su predecesor.

Si es tan buen disco como In Love With Oblivion es pronto para decirlo. La crítica llegará más tarde. Este es sólo un modo de exaltar las virtudes de todo un sinfín de grupos empeñados en volver al rock’n roll. Desde la experiencia psicótica más turbia, como es el caso de Ty Segall; desde la psicodelia enfangada en anfetaminas, como es el caso de Thee Oh Sees; desde las raíces country, como es el caso de The Growlers o de Dead Ghosts; desde un garaje de verdad, como es el caso de Night Beats o (fue) de Black Lips; o desde el surf, como es el caso de Allah-Las o The Limiñanas. No es relevante el prisma que cada grupo escoja para observar el rock’n roll. No tanto como que todos ellos vuelven a estar poseídos por la vieja ola, el pulso nervioso de una guitarra dibujando punteos sobre los fraseos del cantante, los ritmos frenéticos y las caderas que vuelan por los aires. Ellos son los herederos del rock’n roll. Y que la historia les ponga en el lugar que merecen.

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