Damian Wilson & Adam Wakeman — Weir Keeper’s Tale

Sucede que hay veces que el disco más inesperado es el que te acaba atrapando. Ese disco que llega de repente, sin esperarlo, sin la menor pista de por dónde ha llegado. Suele ser un disco que desprende el aura de haber sido creado sin pretensiones y ante el que no sueles esperar absolutamente nada. Un disco que huele a entretenimiento pasajero para el que lo crea, y que se convierte en adicción pasajera para ti, que eres quien lo escucha.

Sueles acabar prestando atención a estos discos por esa curiosidad que reside en el ansia de que de la casualidad surja algo que pueda arreglarte el día, que pueda vestir de música sensaciones primarias ante las que la retórica no suele funcionar. Estos discos se aferran a la memoria conscientes de que dependen precisamente de la relación que en tu mente haces entre su escucha y el momento y el espacio en el que te encuentras, tienen una sola oportunidad y no suelen dejarla escapar. Son el aquí y el ahora, y no pueden permitirse la menor vacilación no sea que te de por posar tu mirada en la carátula de otro disco, más rimbombante y, probablemente, mucho más pretencioso.

Mas que desnudarse estos discos suelen desnudarte a ti hablando sobre y de desnudez, de sentimientos y sensaciones que suelen ser compartidas pero que el prisma particular convierte en diferentes. Su mayor virtud reside precisamente en cómo se acomodan a tu personal punto de vista, cómo son capaces de captar toda tu atención a pesar de ser, en ocasiones, eso a lo que muchos a tu alrededor suelen acabar llamando guilty pleasure.

Esos discos que durante los 45 minutos que duran suelen convertirse en el mejor disco de la historia, de la tuya mientras los escuchas

Estos discos saben que no son ni pretenden ser una obra maestra, pero en los 45 minutos que duran suelen convertirse en el mejor disco de la historia, de tu historia mientras los escuchas. Lo consiguen porque en esto de la música la sencillez suele ser una virtud infravalorada pero que conquista en campos de batalla donde otros soldados acaban falleciendo. Improvisados, arquetípicos a veces, con esa dosis justa de azúcar que a veces parece almibarado pero que nunca te empacha pues antes de darte cuenta ya se han acabado. Son discos que no existen para los demás, ni para tu pareja ni para tus amigos, y que la mayoría de las veces ni siquiera quieres compartirlos, no por miedo a ruborizarte sino por ese sentimiento egoísta de no compartir aquello que te hace inmensamente feliz.

Estos discos no suelen ponerse celosos cuando los abandonas pues saben que han cumplido su papel, no se marchitan porque para ellos no pasa el tiempo a pesar de vivir gracias a la conexión temporal que generan. Son discos que no envejecen a pesar de que los olvides, y que no se avergüenzan al no ser aquello que recordabas cuando vuelven a cruzarse en tu camino. Son una especie de terapia personal que navega a la espera de que surja esa casualidad que te lleva a posar tus ojos sobre ellos, como ese libro que siempre está ahí en la biblioteca y que el día que lo coges te preguntas porqué narices habías tardado tanto tiempo.

El problema es que ese egoísmo que te lleva a callar su existencia acaba siendo muy injusto con estos discos y con la relación que has tenido con ellos. Sueles guardarlos en el baúl de las cosas que un día te sirvieron pero puede que te estorben toda la eternidad, ignorando que ese efecto balsámico que tuvieron contigo podrían tenerlo con otra mucha gente. Puede que alguno de los que lean textos como éste se encuentren ante esa necesidad de probar algo que ni prometa ni comprometa, algo que sea solamente lo que aparenta ser y que deje para otros el esfuerzo por trascender, por ser recordado y por ser aplaudido.

Damian Wilson y Adam Wakeman, las mentes pensantes de Headspace, han lanzado hace unos días uno de esos discos, de esos que llegan como entretenimiento directo y austero y que a veces sirven de antesala para lo que se espera sea el álbum de verdad. Hay veces que estos aperitivos suelen acabar cautivando más que el plato por el que supuestamente acabas pagando el menú, y ante esa tesitura es que se encuentra el que será el segundo largo de uno de los proyectos más prometedores del Metal Progresivo actual.

7.8/10

La ironía puede hacerse realidad porque Weir Keeper’s Tale (Blacklake, 2016) es uno de esos discos que se cruzan en tu camino por casualidad, que puede que los olvides pasados unos días de haberlos escuchado, pero que mientras tanto se convierten la mejor banda sonora de este capítulo de tu historia. Uno de esos discos ante los que no pierdes nada si los ignoras, pero que si les prestas atención pueden darle la mejor de las recompensas. Y es gracias a sus bajas pretensiones que a veces acaban dejando en vergüenza al que es su hermano mayor. Veremos.

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