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Damien Rice — My Favorite Faded Fantasy

Ocho años son una barbaridad. Muchísimo tiempo. A lo mejor no en lo que se entiende como el tiempo transcurrido desde el Big Bang hasta nuestros días, pero sí una enorme brecha entre sacar un segundo disco y un tercero. Tanto es así, que algunos habíamos perdido la esperanza. Te imaginabas a Damien Rice durmiendo en un cajero en Dublin, mensajeándose con otros artistas presuntamente muertos como Bowie. Pero Bowie dio señales de vida el año pasado, y el cantautor irlandés, por lo que sabíamos, podía estar tocando en alguna estación de metro para subsistir. Pero no, en septiembre vimos que había reunido fuerzas y temas suficientes para lanzarse de nuevo a la aventura.

My Favorite Faded Fantasy y el problema de las largas esperas

El problema de esos ocho años súbitamente interrumpidos es el hype. Esperas que Damien Rice, después de tanto tiempo, de tomárselo con tanta calma, lance un disco que cambie la época en la que vivimos. Y no. My Favorite Faded Fantasy (Warner Music, 2014) no es la quintaesencia de nada. Es un muy buen disco, sí, pero uno espera algo más si te ha llevado ocho años recopilar una colección de canciones que te hayan convencido.

Lo primero que llama la atención es que Damien Rice ha vuelto, sí, pero no solo. My Favorite Faded Fantasy es un disco muy orquestal, mucho menos desnudo que sus predecesores (que canciones desvestidas de arreglos también hay, pero escasas), en el que Rice ha tirado de cierta querencia por la grandilocuencia, por unas composiciones sonoras más elaboradas, tortuosas, largas y con múltiples cambios de dirección, ritmo, contenido e intensidad. O sea, que Damien Rice quizás no haya inventado nada, pero se lo ha trabajado.

El primer adelanto, tras la larga noche de piedra, fue el tema que abre el disco, y, de paso, le da nombre. A posteriori percibimos que ‘My Favorite Faded Fantasy’ resume bastante bien todos los aspectos que hemos encontrado en el disco. Es un tema largo e intrincado, con esa orquestación, ese crescendo cuando parece que el tema muere, esa sección de cuerdas onmipresente que cautivará a muchos y hará que otros tantos salgan corriendo. Es más, ambas opciones podrán ser correctas dentro del mismo tema. A mí, que para eso escribo y se supone que me tengo que mojar, me parece el tema más brillante de este tercer disco de Damien Rice.

Aún con eso, lo importante, la música y el talento, no se han perdido, aunque se hayan vuelto algo barrocos.

Es este virtuosismo, esta querencia por la ornamentación, en muchos momentos alejada de la sencillez habitual de Rice lo que lastra un poco My Favorite Faded Fantasy. Esa necesidad de que cada tema sea absolutamente brillante, y cosas a priori tan bonitas como ‘It Takes a Lot to Know a Man’ pasan momentos innecesarios (esos minutos instrumentales al final). Dar en veinte vueltas lo que podrías hacer en tres. Aún con eso, lo importante, la música y el talento, no se han perdido, aunque se hayan vuelto algo barrocos. Todo va mejor en las versiones directas, como ‘The Great Bastard’, con mucho de autobiográfico en las letras. El Damien Rice hecho mierda de siempre, el que más nos gusta, vaya.

Avanzando por el siguiente adelanto, ‘I Don’t Want to Change You’, con ese videoclip que tuvo la desgracia de recordarme enormemente al ‘You’re Beautiful’ de James Blunt, pero que se ha mostrado como una canción estupenda, al igual que ‘Colour Me In’, que utiliza esa orquestación y esas cuerdas de forma bastante más contenida, más correcta. Otro acierto es ese tono country (o el coro final, de tendencia gospel), desprendido del tono lastimero habitual, que hay en ‘Trusty and True’, una canción que da un aroma de varianza al final del disco, y que resulta muy de agradecer para el conjunto del mismo.

7.9/10

Y hasta aquí. Tras ocho años no ha estado mal, pero en ese pecado de la espera está la penitencia. A lo mejor el tiempo ha pasado, y nosotros no estamos listos para dar un salto atrás de buenas a primeras, por mucho que la música de Damien Rice sea más o menos atemporal, una propuesta que no va a cambiar demasiado de lo visto en el pasado y ahora. ‘Long, Long, Way’ cierra el álbum de forma notable, con la suficiente solvencia como para exigir a Damien Rice que se deje de gilipolleces y que se tome las cosas con menos calma, que no vuelva a desaparecer sin dejar rastro. Acabar con esa sensación se supone que dice bantante de su regreso.

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