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David Bowie — Blackstar (a favor)


Casi parece que todo estaba perfectamente estudiado. Muchos de los últimos actos de David Bowie antes de su muerte parecen apuntar que era más que consciente del momento en el que le iba a tocar fallecer. Casi se podría pensar que hasta negoció con la parca para tener unos cuantos días extra para no tener que marcharse el mismo día de la salida de Blackstar (ISO, 2016) o incluso antes, sólo por poder tener el placer de ver por última vez las caras de alegría y de asombro de millones de personas, de presenciar cómo se les iluminaba la cara a todos con su nueva excentricidad y ya, entonces, marcharse con la plena satisfacción del deber cumplido.

Por supuesto, esto son meras elucubraciones y probablemente nunca podremos confirmar tal planificación por parte del Duque Blanco. No obstante, me gusta mucho la idea de pensar que el camaleónico artista (un párrafo y pico he tardado en soltar el adjetivo) tenía en mente que la gente no recordara este trabajo como su canto de cisne, casi como si de un álbum póstumo se tratase, si no como un nuevo giro de tuerca por parte de un músico como pocos ha habido y habrá a lo largo de la historia. Quizá dicho objetivo no se vea cumplido del todo y mucha gente acuda a Blackstar esperando encontrar una especie de testamento musical -que en cierto modo lo es-, el último as en la manga de un jugador que siempre contaba con las mejores manos de la partida.

Y el Duque Blanco se convirtió en la Estrella Oscura

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Por ello mismo no busco plantear mi análisis como si observara un epitafio, sino como yo creo que Bowie querría que lo viera, como lo que es: el disco por el que vale realmente toda la pena su regreso hace dos años. Por seguir con las elucubraciones, casi me da la sensación de que este el disco que verdaderamente quería sacar y The Next Day (ISO, 2013) era más una toma de contacto, un “hola, qué tal, cuánto tiempo, qué tal la familia” que diera paso a lo que hoy nos ocupa, un “aquí estoy yo”.

Porque si de algo parece huir Blackstar es del concepto de disco para fans que en mayor o menor medida se podría aplicar al anterior -fans de verdad, de los que conocen algo más allá de ’Starman’- y en cierto modo logra algo que parecía complicado a estas alturas: que Bowie volviera a sonar relevante. No tanto como en sus tiempos dorados, pero sí capaz de optar a ese estatus de artista veterano que cambia las reglas de su propio juego porque ya se ha cansado de recorrer sus cuatro esquinas y su ambición le pide más.

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En esta ocasión, David Jones junto con Tony Visconti, uno de sus mayores aliados, se rodean de una serie de instrumentistas de jazz y algún que otro profano (James Murphy) para desafiar los límites del mismo jazz, practicando una inmersión profunda en el avant-garde y la experimentación al mismo tiempo que busca alejarse del rock, tanto de la etiqueta sonora como del espíritu. La voz de Jones se erige menos como el pilar impulsor de los temas para infiltrarse como una capa de sonido más entre una completa amalgama de elementos. Dichos elementos sonoros no dibujan ese escenario fantástico y apasionado que suelen ser las composiciones de Bowie, sino que más bien tienden a distorsionar el ambiente y generan un clima tenso que, sin alcanzar el barroquismo de Scott Walker, sí se acerca a él como concepto.

Los atrevimientos y las vanguardias están muy bien sobre el papel -mejor aún si además se añade el factor de Bowie, capaz de adaptarse a cualquier registro, incluso rock industrial– pero para que un esfuerzo de esta talla merezca completamente la pena, hay que sustentarlo con canciones. Por suerte, eso es algo que al músico británico siempre se le ha dado de fábula -de casi cualquier obra se puede rascar algo más que meritorio-, incluso aunque ofrezca un cancionero donde cada pieza se escabulle de los corsés del single o del jitazo directo. Qué duda cabe, en Blackstar se ha dejado toda una colección para enmarcar.

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Maravillando desde el magistral comienzo con ‘Blackstar’, ese adelanto tramposo, el esfuerzo más bizarro y transgresor del conjunto. Diez minutos con Bowie en varios registros, desde el más perturbado acompañado de una instrumentación retorcida y marciana hasta ese momento en el tramo medio donde emerge, con esa magia tan característica suya, para luego metamorfosearse en esa especie de Estrella Oscura que parece anunciar tanto el título de la canción como del disco. Una exhibición de carisma y de irreverencia que además es la que mejor establece esa influencia ScottWalkeriana junto con una oscura ‘Sue (Or In a Season of Crime)’ que podría firmar el susodicho si su carrera comenzara hoy en día.

Ambas composiciones forman parte de un tramo inicial de cuatro canciones monumentales junto a la magnética ’’Tis a Pity She Was a Whore’ y a una de mis debilidades personales del conjunto, ‘Lazarus’. Es en esta última donde mejor se pueden apreciar los presagios del artista por la llegada de su destino fatal. Existen numerosos apuntes a lo largo del disco, pero ninguna resulta tan sólida como esa primera estrofa que, escuchada ahora, hace difícil que algunos oyentes no caigamos en el llanto. Dejando el contexto a un lado nos queda un sonido elegantísimo, muy fino y especialmente sublime, con un Bowie dominando la escena en todo momento y con la inestimable aportación de los instrumentos de viento metal. Sencillamente sobresaliente.

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Y es justo cuando ha pasado ese vertiginoso tramo cuando el álbum ve alterado su ritmo. No tanto por la propia calidad individual de ‘Girl Loves Me’, que a decir verdad es bastante alta y con un estribillo totalmente hechizante, pero digamos que rompe un poco la dinámica que antes marca ‘Sue’ y su impacto es menor. Pero luego surge una fantástica ‘Dollar Days’ que vuelve a meternos de lleno en el disco, incluso aunque su sonido es, por así decirlo, más tradicional y menos arriesgado que lo mostrado previamente. El penúltimo tema de Blackstar, otro de los avisos más evidentes sobre su muerte, posee una exquisitez inigualable, seductora del inicio hasta el final en lo instrumental y cautivadora en lo lírico y lo vocal. Por último, ‘I Can’t Give Everything Away’ cumple correctamente como cierre, sin el esplendor de su predecesor o el tramo inicial, pero dejándonos un buen sabor de boca.

Excéntrico y comprometido con el arte hasta el final, la última obra de David Bowie no llegaba a transmitir del todo la sensación de estar ante una especie de canto de cisne, sino ante el resurgir por la puerta grande de un músico especial, diferente, único. Una declaración de intenciones de que su carrera aún tenía cosas muy interesantes que contar. En su lugar, Blackstar queda como la última muestra de su ambición y de su genialidad, un epílogo que logra resumir bien las dotes y la sed creativa de su autor. Un disco de Bowie bastante diferente a casi cualquier otro trabajo suyo, pero que logra captar muy bien el concepto que trasciende al artista. Y, por qué no decirlo, un álbum tremendo y espectacular.

8/10

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