“No, mira, te explico. Tú lo que tienes que hacer es convertirte en un entertainer total, nada de una de esas estrellas del rock”. No deja de tener gracia que una de las páginas más brillantes de la música popular se abra con el consejo de un cuñao. Su nombre era Kenneth Pitt y era desde 1966 (primero a medias con Ralph Horton, más tarde en solitario) el manager de Davy Jones, un cantante que, cansado de confusiones con el miembro de The Monkees, acababa de cambiarse su nombre a David Bowie. Por injusto que resulte resumir la carrera de un hombre a un mal consejo, la historia efectivamente no deja en buen lugar a Pitt, quien por supuesto años después escribiría un libro para ofrecer su versión de la historia: habiendo trabajado para gente como Frank Sinatra, estaba convencido de que aquélla era la senda a seguir para Bowie y por eso su álbum debut acabaría tirando por un camino que no concuerda en absoluto con lo que sería el resto de su carrera.

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Los primeros singles de Bowie tienen algo en común: su absoluto fracaso comercial

Bowie tenía entonces 20 años. A los 15 había formado su primera banda, The Konrads, donde se divertían a base de versiones de rock’n’roll y él ponía en práctica las clases de saxofón que llevaba recibiendo desde hacía tiempo. Allí también tocaba, por cierto, George Underwood, el chaval que un par de cursos atrás le había dado un puñetazo que casi le dejó ciego y le provocó la anisocoria que la sabiduría popular se encargaría más tarde de transformar en “Bowie tiene un ojo de cada color”. A los 17, después de conseguir a su primer representante (Leslie Conn), Davie Jones & the King Bees editan su primer single, ‘Liza Jane’, variación de un viejo estándar que Conn se las apañaría para acreditar a su nombre y amasar así los royalties.

Después llegaría ‘I Pity the Fool’ bajo The Manish Boys y a continuación se alejaría del rythm’n’blues para acercarse a The Who con The Lower Third, primero todavía como Davy Jones (‘You’ve Got a Habit of Leaving’) y luego con su ‘Can’t Help Thinking About Me’. Y todavía llegarían un par de sencillos más: ‘Do Anything You Say’ y ‘I Dig Everything’. Todos estos singles de la época Pye Records tienen algo en común: una relativamente buena acogida, una difusión razonablemente decente en la radio para venir de un don nadie… y un fracaso comercial absoluto. Ni uno solo de ellos llegó a entrar en listas.

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En este contexto puede entenderse mejor que Bowie aceptase aquel consejo que le sugería alejarse de todo lo que le interesaba en aquel momento para sumergirse en la peculiar deriva del que sería su primer álbum, íntegramente compuesto por él y simplemente titulado David Bowie. Lo grabaría entre noviembre del 66 y febrero del 67 bajo la producción de Mike Vernon y Deram Records lo publicaría en junio de ese año, exactamente el mismo día que saldría a la venta el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de The Beatles, por cierto, por si hiciesen falta más comparaciones dolorosas con lo que se estaba haciendo en aquel contexto. Es muy probable, incluso siendo fan de Bowie, que jamás lo hayas escuchado y, si leer esto te pica la curiosidad, cuando lo hagas descubrirás por qué has vivido hasta ahora sin haberlo catado.

Es probable que, incluso siendo fan de Bowie, nunca hayas escuchado este disco. Cuando lo hagas descubrirás por qué

El disco, ciertamente fallido, cumple eso sí a la perfección las directrices que se le habían marcado antes de ver la luz: con el hoy olvidado Anthony Newley como modelo a imitar, es, por decirlo de alguna forma, algo así como la escaleta musical de un programa de televisión de variedades, un The David Bowie Show. Uno se imagina perfectamente esa hora de prime-time de sábado sesentero que iría intercalando estos catorce temas con ballets, concursos y algún sketch cómico con toque picarón. Casi puedes oír los aplausos del público y una cortinilla de estrella al final de cada corte. Bowie, en modo hombre orquesta, iría mostrando sus diversas facetas como estrella del music hall y acabaría despidiéndose hasta la próxima semana, a la misma hora en el mismo canal. Por desgracia aquel programa (que hubiera tenido mucha más gracia que esto) nunca existió y, escuchado de un tirón, este disco más bien empalagoso echa en falta un relato coherente y al mismo tiempo llora desesperado por la falta de temas individuales con algo de pegada.

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Hablando de quien hablamos, parece casi obligatorio ponerse a buscar posibles puntos de conexión con lo que habría de venir más tarde: se antoja imposible que no haya aquí de verdad nada del artista que más tarde deslumbraría. Y claro, si uno busca, encuentra: por ejemplo, y sobre todo, en esa ‘We Are Hungry Men’ que comparte la teatralidad y gusto por el exceso que etapas posteriores, o también en esa ‘She’s Got Medals’, que adelanta temáticas futuras: Her mother called her Mary / She changed her name to Tommy / She’s a one, oh / She went and joined the army. Pero es un ejercicio más bien forzado: no hay más que mirar ‘Love You Till Tuesday’ que podría acompañar a alguna comedieta de enredo de Doris Day y Rock Hudson y que hace gala de una ingenuidad que no volveremos a oír en los siguientes 40 años de discografía, por muy diferentes que llegaran a ser sus épocas sonoras.

4.2/10

Puede haber momentos más o menos inspirados, como la inicial ‘Uncle Arthur’, pero hay tramos realmente tediosos (de ‘There Is A Happy Land’ a la mayor parte de la segunda mitad del álbum) y la sensación general de este cabaret ambulante con guiños psicodélicos a los primeros Pink Floyd es que hay cosas, como el Bowie crooner, que simplemente no estaban destinadas a ocurrir. David Bowie, el disco, es pues poco más que una reliquia de coleccionista, una curiosidad para mencionar en una conversación, un trámite para completistas. El éxito también esquivó a Bowie en su debut en el formato larga duración (tampoco funcionó ni entró en lista alguna): David estuvo dos años sin grabar nada (una eternidad para los tiempos de entonces) y, para cuando lo hizo, fue para entregar su primera obra maestra y, por descontado, algo dentro de las coordenadas en las que él se sentía cómodo. Pero eso ya será el siguiente capítulo.

Ah, y por si alguien lo dudaba, en 1970 Pitt ya había sido despedido, claro.

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