Hay gente que gustosa vive afincada en la música de los sacrosantos años 70. En el primer año de aquella década seguían llegando discos de muchos de quienes iban a poner los cimientos de toda la música que vendría después. En 1970 llegan el Paranoid de Black Sabbath, la obra maestra Bitches Brew de Miles Davis y trabajos de Neil Young, Amon Düül II, los Stooges o la Velvet Underground. En medio de toda esa maraña de pioneros, a final de año, David Bowie publica su tercer álbum, The Man Who Sold The World (Mercury, 1970). Un año antes se había sacado de la chistera Space Oddity, la canción que daba nombre a aquél disco y el hit que intentaba alejarse del nefasto David Bowie. Con esta tercera entrega, David Robert Jones tenía la oportunidad de demostrar que aquello no fue un espejismo y que no era artista de un sólo éxito.

No obstante, seguía sin encontrar su lugar, tras estar perdido en los 60 con el teatro, el arte y la música, entraría en los 70 de igual forma. Creó un nuevo y fallido proyecto: The Hype. Una experiencia glam que no fue satisfactoria, pero que sin embargo tuvo parte de inflexión en la carrera de Bowie, en él tocaban Mick Ronson y Tony Visconti, guitarra y bajo respectivamente. Este último sería el encargado de producir este nuevo LP, el primero de muchos. La coincidencia en tiempo y lugar de los tres supuso un enorme potencial de retroalimentación artística. Las manos de sus dos nuevos aliados se notan de sobremanera en The Man Who Sold The World. En sólo un año, y en comparación a su anterior LP, este tercer disco suponía un cambio casi radical, pasando de un sonido algo más folk a un poderoso cruce entre el glam y el hard rock que aquellos años estaba en boga. Aunque no está considerado como una de sus obras maestras, sin duda ya estamos ante un gran disco.

Cause I’d rather stay here
With all the madmen
Than perish with the sadmen roaming free
And I’d rather play here
With all the madmen
For I’m quite content they’re all as sane
As me

https://www.youtube.com/embed/jb7Xdu7STx8

Este disco suponía un cambio casi radical, pasando de un sonido algo más folk a un poderoso cruce entre el glam y el hard rock que aquellos años estaba en boga

The Man Who Sold The World es un paso más en la evolución de Bowie hasta encontrar el disfraz musical que le sacie, un trabajo que se come a los dos anteriores y que ya incluye canciones bárbaras. Alguna de ellas, eternas. Quizá el tema que abre el disco no sea comparable a la que hace lo propio un año antes, pero ‘The Width Of A Circle’ es un ambicioso zarpazo en el que demuestra que ha venido a comerse el mundo, con más de ocho minutos de sobriedad rock, ya junto a un solemne riff de Ronson marcando el territorio. Pero a pesar de la enjundia que esboza este tema y en general el resto del disco, es un álbum que aún mantiene cierta esencia de Space Oddity con su inseparable acústica y partes más propias de un solista — a partir de aquí empieza el embrión de Ziggy Stardust & The Spiders from Mars — , como se refleja en el siguiente corte, ‘All The Madmen’. Una canción soberbia y demente, inspirada en parte por Un perro andaluz, de las que te llevan en volandas — que bien podría ser una de sus mejores canciones — gracias a esos agudos punteos, a los arreglos de viento y a su estribillo, especialmente impulsado por la entrada del glorioso teclado mientras canta que prefiere quedarse con esos hombres locos. Una declaración de intenciones. Él no había venido a ser uno más; había venido para dejar huella. Como decíamos, un álbum que ya tiene más de una gran canción y en el que el londinense ya comienza a sudar talento por los cuatro costados.

Bowie empieza a enseñar la patita rompiendo esquemas

Es obvio por la fecha del lanzamiento que es un disco hijo de su tiempo, repleto ahora de guitarrazos setenteros, con riffs y punteos de Ronson por doquier, como en el caso de ‘Saviour Machine’, o entradas grandilocuentes que rompen con la parte acústica de piezas como ‘Running Gun Blues’. Sin embargo, una de las mejores ocurrencias del disco es el contraste entre la potencia que hay en su interior y una portada en la que ya aparece un Bowie desconcertante, vestido como una mujer — abonando el terreno de la androginia — , situado en las antípodas de la testosterona de los pantalones ajustados y el pelo en pecho de los machos alfa que regían aquella época. ¡Iba vestido de mujer! ¡Un hombre! Una vez más, o mejor dicho, a raíz de aquí, empezaba la costumbre: Bowie rompiendo esquemas. Fue uno de esos primerios episodios transgresores que le hacen importante más allá de lo estrictamente musical.

‘The Man Who Sold The World’ brilla también por lo cuidado que está con todos los detalles sonoros; Ronson era también célebre por ser un gran arreglista

Pero claro, si hay una canción dentro del disco que marca la diferencia, que se desmarca del resto, apuntando descaradamente a álbumes que vendrían después por su ciencia ficción, esa es ‘The Man Who Sold The World’ y su lisérgica atmósfera. Se ha especulado bastante su letra, ¿habla de sí mismo? ¿Sobre la juventud y la falta de autoestima? ¿Es simplemente una de sus historias surrealistas? Puede. Y en realidad da igual, cada uno le da el sentido que prefiere. Pero sin duda, aquí sigue implícitamente su coqueteo fuera de nuestra órbita con esa voz barbitúrica por momentos, hipnótica. Casi tanto como el glorioso riff que se va estirando escalonadamente junto al bajo como una espiral desperezándose. Un tema que brilla también por lo cuidado que está con todos los detalles sonoros; Ronson era también célebre por ser un gran arreglista. Las letras de David y la coraza musical del resto hicieron de esta uno de esos temas que hoy perduran en el imaginario popular; una canción irrepetible. La versione quien la versione.

https://www.youtube.com/embed/HSH–SJKVQQ

8,5/10

Y para cerrar su primer gran LP, otra dosis de hard rock vitaminado con ‘The Supermen’, con coros que claman a la épica, con un Bowie deslizándose vocalmente con la delicadeza de un bailarín sobre el imponente ritmo de percusión y desgañitándose entre las estrofas del estribillo. En la época de The Man Who Sold The World, David Bowie aún seguía buscando un camino que no tenía claro, pero queda reflejado como un ambicioso — y genialmente producido por Visconti — álbum en el que sigue luchando por encontrar su sitio, por superarse a sí mismo. Siempre por delante de casi todos en muchos aspectos. Unos pocos años después sería ya el icónico artista que ha quedado para la historia. Durante la travesía dejó pedacitos de talento y maestría como los que hay aquí. Con ellos seguimos celebrando la vida tantas y tantas veces. Ahora, llorando.

Pero de alegría, claro.

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