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David Gilmour — Rattle that Lock

No tengo claro aún si calificarlo como una desgracia, pero vivo en una ciudad conservadora. Muy pero que muy conservadora. Una ciudad que según dicen (yo no sé si creerlo) cuenta con un esplendoroso pasado dibujado a golpe de mando de la oligarquía cafetera, de estructura hacendataria en el control de la tierra y del populacho y de señoritos que abandonan la provincia para manejarlo todo desde la capital del imperio. Para lograr que este país sea el sueño húmedo de Lampedusa.

Vivo en una ciudad conservadora y profundamente reaccionaria, siendo lo segundo, probablemente, una consecuencia de lo primero. Vivo en una ciudad que se hace llamar “la de las puertas abiertas” pero que el pasar de los años la muestra más pendiente de su propio ombligo que de otra cosa. Una ciudad impetuosa a la hora de defender lo propio, orgullosa, altiva, con un concepto de sí misma bastante alejado de la realidad. Una ciudad cínica, pues en lo más profundo de su ser sabe que realmente no es para tanto, sí, pero que de cara al visitante hace todo lo posible por ocultar sus miserias aunque esté poco entrenada para lograrlo.

Cuando el orgullo es un lastre y el futuro una utopía

Muchos de los que pueblan sus calles se dicen orgullosos, afortunados por vivir en una ciudad como ésta. Con un clima maravilloso, con un entorno impresionante, un vergel que embriaga la vista cada que te asomas a la ventana. Los colibríes tomando el néctar de las flores que tengo en el balcón, esa brisa que enfría pero que no entumece proviniente de los Andes, ese chaparrón a media tarde que obliga al motorista incauto a refugiarse bajo el puente mientras el conductor del todoterreno le mira con desprecio camino a su trabajo de oficina y señora sirviendo café pues él es de una familia demasiado buena como para pringarse las manos.

Una ciudad que no se plantea si está haciendo mal las cosas pues así las ha hecho siempre, que vive ensimismada, encerrada en su propia idiosincrasia

Vivo en una ciudad que se niega a reconocer que el tópico es un laberinto y que el orgullo es un obstáculo insalvable, una ciudad que tiene un concepto de sí misma mucho más alto de lo que el sentido común debería dictar. Una ciudad que te mira enfurecido si te atreves a criticarla, que te salta a la yugular tanto si eres rico como si eres pobre solo por atreverte a compartir con la gente de fuera esas miserias que se deberían dejar en casa. Una ciudad que no se plantea si puede estar haciendo mal las cosas pues así se han hecho siempre, una ciudad que cuestiona qué sabrán los jóvenes o los de fuera sobre la calidad de vida, que se miente descaradamente a sí misma creyéndose todo lo que dice y escucha.

Y mientras todo esto sucede, las ciudades vecinas progresan, crecen, se modernizan. Lo hacen pues han entendido el mensaje de los tiempos, han comprendido que el orgullo es autoindulgencia y ésta un lastre demasiado pesado como para poder ir hacia adelante. Mi ciudad sigue, sin embargo, manteniendo ese odioso autoconcepto, el cual se ve reflejado en espantosas encuestas de nivel de vida y mensajes añejos que reflejan actitudes añejas, sigue dándote un manotazo cada vez que te atreves a cuestionar cómo se están haciendo las cosas, cada vez que le explicas a tus vecinos que sí, que es muy importante conocer el pasado, pero que también es necesario liberarse de sus ataduras y mirar sin miedo hacia el futuro.

Claro, mi ciudad es un muy buen lugar para vivir y el entorno no es culpable de todo esto que cuento. La responsabilidad pertenece a quien la habita, a esas élites acomodadas que empuñan el crucifijo como si acabasen de terminar las cruzadas, a esas clases humildes que se contentan con unas migajas que consideran un regalo del señorito desconociendo que ese almuerzo, esa compra semanal, no tiene por qué ser un regalo pues ha sido comprada con dinero que le pertenece.

3.9/10

Mi ciudad de adopción se llama Manizales y a pesar de todo soy muy feliz viviendo en ella. Con sus virtudes y sus defectos. Con ese orgullo y mirada furibunda sobre esos pueblos a los que considera inferiores, con esa actitud de falso cosmopolitismo que la describe más como un pueblo grande que como una ciudad pequeña. No sé si habréis entendido la analogía, pero ayer paseé por las calles de Manizales y no paraba de acordarme del olor rancio, inmovilista y conservador del nuevo disco de David Gilmour. Para algunos será casualidad, mi conclusión es que ambos reflejan una realidad parecida, análoga. Entiendo que haya quien compre cierto discurso y ciertas actitudes, pero no me hagáis comulgar con él pues no las soporto. Ahí queda eso.

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