De cómo el disco que crece con las escuchas no sólo existe sino que además es necesario

Es un tópico tan común que su reverso ha resultado ser tenebroso: el grower, el disco que crece con las escuchas, aquel conjunto de canciones que la primera vez que aterrizan en tu oído son un cinco pelado y la segunda, oh misterio inaccesible, es lo mejor que has escuchado jamás. Tal axioma se ha convertido en dogma de fe, y hay quienes, enarbolando la bandera de la cruzada, han decidido opinar lo contrario. Tan fuerte como sus oponentes: el grower no existen, exclaman, algunos desde esta casa, tan sólo el oyente que quiere convencerse de que un disco no es tan malo como en realidad es. Desde aquí quisiera enmendar la mayor: todos están equivocados. El grower no existe. Pero sí existe. Y no sólo lo hace, sino que además es absolutamente indispensable.

La reflexión asaltaba mi mente mientras el otro día conducía hasta mi casa. Dado que se cumplían seis años de la muerte de Sergio Algora, pensé que, como era tradición desde entonces, no tenía nada mejor que hacer que escuchar la discografía de El Niño Gusano. Lejos de ser un proceso rutinario, es sorprendente la cantidad de nuevas historias que las canciones de Algora son capaces de contar.

Y sin embargo sí había algo de ritual, de consagración de costumbres en mi homenaje velado a Algora y El Niño Gusano cada nueve de julio: de El Efecto Lupa (1996, Grabaciones en el Mar) a El Escarabajo Más Grande de Europa (1998, Grabaciones en el Mar, RCA), y de ahí a Fantástico Entre los Pinos (2000, Grabaciones en el Mar), aquel extrañísimo recopilatorio de extrañísimas canciones. Esa era mi ruta hasta que me desvié del camino.

Aterricé sin querer en el primer disco de los zaragozanos, Circo Luso (1995, Grabaciones en el Mar), al que siempre había tenido en un segundo escalón. Me descubrí indefenso ante semejante demostración de talento puro. Circo Luso, aquel trabajo a la sombra de los otros dos, que apenas despachaba con un notable medio por pura rutina e inercia, se encontraba en aquel momento tomando todos los rincones de mi mente. En un puñado de segundos me pareció lo más grande que había llegado a mi cerebro jamás.

No cambian ellas: cambiamos nosotros

¿Por qué? Las respuestas, como siempre que hablamos de música y de cómo nos relacionamos con ella, son complejas. Por un lado se puede decir que ya no soy la misma persona que solía cuando hace ya muchos años descubrí las canciones de El Niño Gusano. Circo Luso es su disco más puro y oscuro: pura experimentación Pop sin cortar, letras de lisergia total e incluso escarceos con el Folk aragonés por aquí y por allá. Un disco simple desde la complejidad.

Y ante todo difícil: Algora escribía letras de diversas interpretación, pero siempre tristes. Los coros que tan bien recuperaría Vinadé más tarde en Tachenko y los instrumentos tocaban boca abajo: las notas siempre terminaban sonando tristes. Quizá por eso huía de él.

Cuando llegué a El Efecto Lupa me maravilló su luminosidad. Unido a la necesidad de airear mi mente, me alejé de forma consciente o inconsciente de Circo Luso. Años más tarde, muchos años más tarde, quizá soy una persona más equilibrada, aburrida y previsible. Y por eso me rindo ante Circo Luso: porque en su enajenada dificultad, en sus caminos repletos de obstáculos y nunca claros, se encuentra la excitación salvaje que en mi feliz rutina ya no hallo. ¿Significa eso que Circo Luso o El Niño Gusano crecen con las escuchas? Claro que no, las canciones siempre fueron las mismas. El único que ha cambiado he sido yo.

Pero cambiar no es un acto que nos afecte sólo a nosotros: la forma en la que contactamos con los demás, también con la música, se modifica. Lo que hace cinco años parece un acierto se convierte en un error y viceversa. Por eso hay algo de trágico en quienes se atrincheran en una postura firme desde el primer día: transformarse es importante, necesario, y que nuestras canciones lo hagan con nosotros también. Es la única forma de seguir vivos.

Por supuesto nada de esto impide que haya discos que requieren de más y menos digestión. Es un debate al margen, en mi opinión. No podemos medir por el mismo rasero el enésimo proyecto de la banda de rock progresivo más ornamentada de la galaxia que aquel legendario EP de Larsen, ¡No!, donde si no entendías todo a la primera no hacía falta que siguieras intentándolo. Hablar de esto nos llevaría horas y, al igual que en el resto debates, nos dejaría sin saliva y argumentos. Implica introducirse en los géneros y, seguramente, en cuestiones filosóficas sobre el bien y el mal absoluto, la relatividad y la teoría musical. Yo hablo de algo mucho más simple.

Hablo de imaginar. No hagáis caso a quienes os dicen que los discos siempre serán los mismos, que nada cambia, que sólo os convencéis a vosotros mismos de que en realidad el disco no es tan mal o que en realidad no estáis tan sordos. Lo que un día es cara al día siguiente puede ser cruz. A mí me ha pasado hace poco con Sharon Van Etten y con Vampire Weekend. De oportunidades perdidas y ocasiones falladas está repleta la vida, tan sólo se trata de adaptarse a ellas. Todo lo demás es vivir sin imaginación y no hay nada más triste que eso.

Anuncios