Dead Ghosts — Can’t Get No: todas las cosas que me gustan

No sé por qué he tardado tanto en escuchar el nuevo disco de Dead Ghosts. El anterior me gustó muchísimo, tanto o más cómo al final me ha terminado gustando éste, por lo que es incomprensible que no hubiera reparado antes en él. Estaba ahí, en un cajón, y al acudir a sus canciones por primera vez he sentido como si abriera la caja de los truenos. Sólo que esta vez los truenos tenían forma de peta zetas. Dead Ghosts me gustan mucho. Mucho-mucho. Tanto como los cuencos repletos de palomitas, las hamburguesas o los batidos de chocolate. Podría pasarme toda la vida escuchando discos exactamente igual que los suyos. Y de hecho deseo que no dejen de publicar discos así de jóvenes y frescos, tan radiantes como Can’t Get No. Ojalá no se cansen nunca de sí mismos.

Can’t Get No: es religión

A mí me cuesta horrores cansarme de Can’t Get No, del mismo modo que todavía no me he cansado de las canciones de Dead Ghosts (2010, Floridas Dying). Han pasado tres años desde aquella pieza de orfebrería casera donde se juntaba lo mejor de la tradición musical norteamericana y el garage revivalista y eufórico que con tanta devoción adoramos en Hipersónica. El resultado, lejos de ser una idea contraproducente, eran canciones absolutamente perfectas, a las que ni les sobraba ni les faltaba un segundo. Can’t Get No es tan bueno o más como aquel disco, que ofrecía una recta final sencillamente pasmosa que he tratado de escuchar al menos una vez al mes desde que llegué a ella. No bromeo: Dead Ghosts son un grupo muy poco serio que yo me tomo con gran seriedad. Sus canciones no te van a cambiar la vida, porque casi ningún disco debería hacerlo, pero son religión.

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Una religión absolutamente verdadera cimentada sobre pilares sólidos y de honda tradición. Del mismo modo que las religiones monoteístas decidieron crecer sobre las ideas y los mitos de otras religiones repartidas por el resto del mundo, la liturgia jaranera de Dead Ghosts picotea tanto del country como del folk, acude al rock’n roll de los años cincuenta y se asienta sobre todos aquellos grupos que, espoleados por al Invasión Británica, se pasaron horas y horas en el los garajes de sus casas experimentando con ácido y tocando mal sus instrumentos. Bum: Can’t Get No recuerda por momentos a la grandilocuencia severa de The Animals (‘Roky Said’), a Chuck Berry (‘Can’t Get No’) o a los Rolling Stones del Exile Main St. puestos de heroína hasta arriba en modo ven-a-perder-la-cabeza. Si escucháis ‘On Your Own’ un viernes noche y os quedáis en casa yo ya desisto de vosotros.

Los días del calendario arden

Can’t Get No es un resumen de todas las cosas que me gustan en esta vida. No podría disfrutar más paseando entre sus medios tiempos nostálgicos, alcohólicos y encantados de su propia melancolía (‘You Don’t Belong’) como no podría disfrutar más observando cómo se hacen las brasas de una barbacoa con una cerveza en la mano. Podría pasarme la tarde ideando alegorías sobre Dead Ghosts y los pequeños placeres de la vida, que son los mejores, los más vagos, los que menos esfuerzo intelectual requieren y los que permiten vivir durante años. ¿Cuántas veces habéis quedado con vuestros amigos y cuántas veces más podríais hacerlo? A mí me pasa lo mismo con Dead Ghosts. No me importa haber escuchado Can’t Get No durante todo el día. Mañana lo pasaré igual de bien.

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7.85/10

Todavía parece mentira, pero el año se va consumiendo poco a poco. Y la hoguera que aviva el fuego que devora los días de cada mes lo alimentan discos como el de The Growlers o el de Dead Ghosts. Mi calendario arde entre sus canciones, una mezcla de pasión adolescente, exquisito gusto, teen angst y melancolía borrachuza. Mapas sonoros en los que descansar durante toda una vida, inagotables, imperecederos, puestos justo al lado de mi colección mental de granizados de limón. Las canciones de Can’t Get No acaban de empezar a explotar, ya suenan las palomitas dando saltos en la cabeza. Tengo muy claro que este es sólo otro principio más. Otro gran principio más.

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