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Destroyer — Kaputt: exquisita orfebrería pop

Kaputt, el noveno álbum en solitario de Destroyer (alter ego del músico canadiense Dan Bejar) no es ningún sacrilegio ni guilty pleasure, por mucho que recuerde a estilos que, desde la distancia, ahora consideramos viejunos. Lo digo ya a estas alturas, para que nadie al escuchar algún saxo piense, por defecto, en Kenny G. O al percibir cadencias de disco-funk piense en Prince. O que la new wave le traslade otra vez a los 80 para pensar en Roxy Music. Quizá todos ellos géneros volátiles y diametralmente opuestos a lo que hoy asociamos como “cool”. Este soft rock no es un homenaje a Brian Ferry; es simplemente un vehículo cargado de elegancia para unas composiciones que fluyen libremente, como el vino en una agradable velada.

Porque esto tiene mucho de tópico, de escena romántica de película de Hollywood que corta el plano cuando bajo las sábanas están, por ejemplo, Kim Basinger y Mickey Rourke. Se trata más de crear ambiente, de ser un sugerente hilo musical y de evocar texturas agradables, y si para ello hay que inspirarse en ese pop pleno de sintetizadores, teclados y retales de jazz, se hace, pero siempre manteniendo la sutileza, la sobriedad y el ritmo adecuado para que, sin darte cuenta, estés atrapado bailando entre espirales de melodías que se aflojan la corbata del cuello de su camisa y discurren liberadas de nudos y ataduras, resultando magnéticas y adictivas, accesibles y delicadas, armónicas y efectivas.

https://www.youtube.com/embed/Pf-ONpLXzGs

Son 9 canciones, (8 si descontamos la final ‘Bay of pigs’, repescada de un EP anterior), y en ellas Dan demuestra todo su catálogo de recursos sofisticados, de resultados impecables y maneja en todo momento el tempo de las canciones, tanto si las dinamiza (‘Savage Night at the Opera’, ‘Kaputt’) como si las congela en el tiempo (‘Poor in love’, ‘Blue eyes’) y aprovecha el tono susurrante de su voz (y la magnífica compañía de Sibel Thrasher) para deleitar y trascender, aunque su contexto parezca inevitablemente el hall de algún motel en decadencia, el ascensor de cualquier bloque de oficinas, o el dormitorio de cualquier pareja de cuarentones que, por un día, han aparcado los discos de Sade o Seal tras una cena con velas. Es lo de menos: manteniendo la discreción y la contención, aporta calidez, luminosidad y ternura a la habitación donde te encuentres, y relaja el ambiente, como un buen champán a la temperatura adecuada.

7.5/10

Está claro que la primera escucha sorprende. En la segunda, dudas. En la tercera, le empiezas a pillar la gracia. Y desde entonces, lo vas disfrutando poco a poco, y te acaba poco a poco (“tú que llegaste por casualidad”). Claro está, debes tener un oído bien abierto (y el otro, preferentemente, también), disfrutar habitualmente con el pop (en su concepto más amplio), saber a lo que te enfrentas y no dejarte llevar por los prejuicios. Y que debes disfrutar con la variedad en los arreglos y la producción cuidada. Sí puede resultar algo homogéneo y uniforme, pero lo que para unos resulta coherencia, otros dirán que es aburrido. Y sí, suena añejo y retro, pero no necesariamente hortera o kitsch.

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