Anuncios

Dick Diver — Melbourne, Florida

Sucede de tanto en cuanto que un disco define todos y cada uno de los días de tu vida. Melbourne, Florida (Chapter, 2015) ha sido el refugio al que más he acudido esta primavera, mucho antes incluso de que se publicara a principios de marzo, mucho después de que ya hubiera agotado sus canciones en ciclos infinitos de escuchas hasta el amanecer. Cada acorde y cada frase, cada arreglo de viento y capa de sintetizador ha logado introducirse en mi rutina diaria de forma que, empleando la misma metáfora que ellos mismos sugieren en ‘Private Number’, ya no sé si mi vida surge de la pantalla del reproductor donde suenan sus canciones o de ahí fuera. Sí sé que no me importa, porque he llegado a un punto en el que es irrelevante. Conozco cada recoveco de Melbourne, Florida del mismo modo que almaceno en mi memoria todas las calles de mi ciudad: su narrativa sonora se ha conectado de forma permanente a mi narrativa vital. Dick Diver me han explicado. Y en el proceso me han hecho muy feliz.

Dick Diver: espejos que proyectan imágenes distintas

El camino de mis días pasados comienza en Calendar Days (Chapter, 2013) y tiene visos de no terminar nunca. Fue en aquel disco donde Dick Diver sublimaron lo que en su día, poco antes de su lanzamiento, una marea de medios australianios se empeñó en bautizar como la dolewave: grupos de jóvenes en paro que, expulsados de la vida económica del país producto de la dualidad y de una aún por resolver brecha generacional, se echaron en brazos de sus guitarras y comenzaron a aporrearlas con fuerza. Pero de allí no salía Punk, de allí no surgía Metal: de aquella maraña de grupos deslavazados que, al parecer, nacían de la cola del paro, tan sólo salía pop.

Calendar Days ha resultado ser un disco tan redondo que, dos años después, cuando Dick Diver han tenido que enfrentarse a la difícil tarea de encontrarle continuación, han eliminado todas las anteriores pistas

Tan perfecto como los fundamentos clásicos del Jangle Pop de allí — Australia, Nueva Zelanda — . Dick Diver, un grupo de cuatro amigos fuertemente arraigados a la escena local de Melbourne, agarraban cuatro acordes, seis armonías vocales, un ocasional sintetizador y fabricaban canciones que estaban hechas de puro recuerdo. Si aquel primer amanecer en la cama junto a tu pareja era ‘Alice’, por más que la canción hablara de Alice Springs, si aquella ruptura pacífica que luego estallaba en mil pedazos de melancolía era ‘Calendar Days’, era porque Dick Diver se valían de elementos clásicos del mejor pop de siempre — guitarras tintineantes, amateurismo involuntario, hacer de las estrofas los mejores estribillos — para edificar un lenguaje tan suyo, propio, como nuestro, aún más propio.

Calendar Days ha resultado ser un disco tan redondo que, dos años después, cuando Dick Diver han tenido que enfrentarse a la difícil tarea de encontrarle continuación, han eliminado todas las pistas y trampas cognitivas que hacían de su música algo tan simple como la propia vida. Aquella sencillez, aquella sensación de que las canciones se les caían de los bolsillos de los pantalones mientras caminaban por la calle, ha desparecido de forma parcial — que no totalmente — en Melbourne, Florida. Aunque Dick Diver también fueron engañosos en Calendar Days: es cierto que el grueso de las mejores canciones estaba compuesto por piezas casi idénticas, tanto que se amontonaban en la memoria en una feliz, dichosa masa uniforme, pero había más secretos: desde la brillante ‘Amber’, a medio gas, hasta ‘Blue & That’ y ‘Languages of Love’, ideas repletas de sintetizadores y arreglos de viento defectuosas, aún por concretar.

De modo que Dick Diver no han cambiado tanto en estos dos años. No son los mismos, y eso salta a la vista a la segunda canción de Melbourne, Florida, pero la esencia del grupo se mantiene intacta. De otra manera se hace muy difícil explicar la naturalidad pasmosa mediante la que intercalan canciones menores — ‘Boomer Class’, ‘Resist’ — , o el mimetismo sonoro — construido sobre idénticas referencias — al que se someten en ‘Waste The Alphabet’. La primera canción de Melbourne, Florida es otra tormenta jangly más, ahora con estribillos redondos intercalando paisajes melódicos sin mácula, continuación necesaria y natural del discurso sonoro que vertebraba Calendar Days. Melbourne, Florida hubiera sido un disco tan glorioso como aquel de seguir por esta senda, esencialmente idéntico, igual de relevante en mi vida.

Melbourne, Florida hubiera sido un disco tan glorioso como aquel de seguir por esta senda, esencialmente idéntico, igual de relevante en mi vida. Pero no lo hace: y en el proceso sale mejor parado, mejor que todos los demás

Pero no lo hace. Dick Diver, recluidos en una cabaña a las afueras de la gran ciudad, componiendo progresivamente de forma colectiva, deciden cambiar de aires acto seguido, en ‘Year in Pictures’. Y es entonces cuando un buen disco se convierte en el mejor disco del año. En un trabajo esencial.

Melbourne, Florida: todo lo que podría estar peor

Melbourne, Florida es un disco inaudito. Sorprende que un grupo aferrado a una fórmula tan sencilla y exitosa como la de Calendar Days haya decidido lanzarse a territorios ignotos en búsqueda de nuevas sonoridades que tiñan de diferente sensibilidad a su arte. No porque no deba ser lo habitual, sino al contrario: el pop, como idea tendente al reduccionismo, abusa de la misma idea por defecto. Esto, lejos de ser un defecto achacable al género — sería no haberlo entendido en absoluto — , es su virtud. Dick Diver, al contrario, creyeron conveniente arrasar con las nociones básicas de su pop redondo y trufarlo de las referencias más peligrosas a las que podían acudir: la peor faceta de los ochenta, arreglos de viento, un pulso emocional adulto, pianos, un arsenal de sintetizadores. A priori, es terreno resbaladizo.

Cuestionados por esta idea, Robert Edwards, Steph Hughes, Al Monfort y Alistair McKay responden con sinceridad:

You know that Simpsons episode where Krusty is trying to get a part in the Radioactive Man movie? He shows the director a photo where he is pulling different types of faces (happy, sad, angry etc). The director isn’t impressed. ‘But look at my range!’ Krusty implores. Melbourne, Florida is like that. Look at our range!

El rango de Dick Diver, de forma sorprendente, no es la psicodelia, tampoco el Shoegaze: su rango ha resultado ser un extraño y perverso amor por las formas sonoras de los años ochenta mainstream, de, atención, referencias como Tears for Fears o Crowded House. ‘Year in Pictures’ es lo que Wild Nothing intentó componer en Nocturne (Captured Tracks, 2012) sin éxito alguno. Atmósferas oscuras, austeridad instrumental y sintetizadores. ¿Por qué allí donde toda una pléyade de grupos fracasa de forma miserable ellos salen mejor de lo que eran? Primero, porque Dick Diver es un proyecto muy colectivo: son numerosas las ocasiones, también en ‘Year in Pictures’, en las que dos o tres miembros del grupo cantan a la vez. Segundo, por la sección de vientos, que cruza de raíz el disco con arreglos deliciosos. Y tercero, por las letras.

Al contrario que otros, yo no creo que lo más relevante de los discos de Dick Diver esté en las letras. Este disco, acaso, viene a confirmar lo contrario: el alto componente emocional que hace de sus trabajos algo tan especial bebe tanto de las referencias líricas como de las sonoras. Es incomprensible percibir el golpe emocional que suponen las tres últimas líneas de ‘Year in Pictures’ dejando a un lado la entrada triunfal del corno francés. Lo mismo se puede decir de ‘Percentage Points’, donde esto…

And you wake up, in the wet of the night
Your dreams run with rivers of anything but that
And now you’re all backlit
Stood in front of the sun
You glow at your edge
Your negative image
Perfect bruise
But in another orange street
But in a parallel afternoon
Somewhere anywhere you don’t care
You don’t care you don’t care you don’t care
You don’t wanna know you don’t care
You don’t wanna know you don’t care
You don’t wanna know you don’t care

…sólo tiene sentido si al mismo tiempo Steph Hughes eleva el tono de la canción, cantando mano a mano con Edwards, hasta su clímax sonoro. Son elementos que se entrelazan y cobran vida de forma conjunta, del mismo modo que los cuatro miembros de Dick Diver no funcionarían, o al menos eso creemos, de igual forma por separado. Todo en Melbourne, Florida depende de la fuerza colectiva de la formación: su amistad, las ideas generadas individualmente que sólo toman forma definitiva cuando se ponen en común, la natural armonía de todas sus canciones.

La elegancia, la sobriedad y la tristeza de la que se impregnan aquí Dick Diver no tiene precedentes en su discografía: ‘Private Number’, quizá la mejor canción del año, les convierte en palabras mayores

Acaso el epítome de todo lo expuesto hasta ahora — el don pop de Calendar Days, las sorprendentes referencias de los ochenta, la riqueza instrumental, su rango, la armonía melódica, la fuerza colectiva, el irremediable pulso emocional de todas sus canciones — es ‘Private Number’, ¿la mejor canción que nadie, jamás, va a publicar este año? Es una pregunta que no tiene respuesta, tan sólo la que cada uno quiera darle. En mi caso, dudo que ninguna otra logre capturar mi estado emocional de forma tan precisa, cruel y bella. Edwards articula, alrededor de una balada construida sobre un ritmo de piano, la historia de un amor perdido, muerto literal o metafóricamente, resumido en imágenes de hace diez años y correos sin abrir. La elegancia, la sobriedad y la tristeza de la que se impregnan aquí Dick Diver no tiene precedentes en su discografía: ‘Private Number’ les convierte en palabras mayores.

Especialmente cuando Edwards, de nuevo mano a mano con Hughes, canta: “I think I’ve never been better / I’m at the top of my game”. Y sí, amigo, tienes que desmontar todas esas cosas, en especial los cajones de tu cerebro que no dejan de abrirse y que vuelan por los aires cualquier conato de estabilidad racional. Después, elevada la canción hasta el firmamento, vuelve a aparecer la sección de vientos y, al igual que en ‘Percentage Points’, el grupo la baja al mundano suelo recuperando una estrofa anticlimática. La estructura es idéntica en ambas canciones, y semejante, aunque con matices muy marcados, a la de ‘Competition’: aquí, rizando el rizo de su propio género, Dick Diver construyen cuatro minutos y medio de sintetizadores inspirados en la New Wave y en el Krautrock, pero ante todo deudores del ritmo orgánico de Yo La Tengo.

Y sin embargo, los trucos de siempre

De forma bastante sorprendente, algunas críticas han resumido Melbourne, Florida a un mero ejercicio continuista. En fin, los caminos del tímpano son inescrutables. Ni este disco es una revolución total del sonido del grupo — porque su espíritu no varía — , ni Dick Diver se han quedado quietos mirando las mismas fotografías de hace dos años. Hemos pasado a otro álbum encuadernado con los mismos elementos. Por eso, Melbourne, Florida también recurre al largo listado de trucos de siempre con los que tanto ellos como decenas de grupos antes que ellos han logrado encandilarnos a lo largo de la historia. Y en ese arsenal de secretos bien conocidos y mejor preservados, brilla como ningún otro tema ‘Tearing The Posters Down’.

Parece increíble que un grupo sea capaz de encadenar de forma consecutiva cuatro canciones como ‘Percentage Points’, ‘Competition’, ‘Private Number’ y ‘Tearing The Posters Down’, pero así es, Dick Diver lo han hecho, y si llevo escritas casi 2000 palabras es porque a lo inexplicable, por defecto, le otorgo horas y horas de reflexión. En especial cuando ese fenómeno paranormal, como es el caso de ‘Tearing The Posters Down’, es tan bello: el reverso melancólico de ‘Waste The Alphabet’, cuatro estrofas opacas y casi miméticas, la última de ellas gritada a los cuatro vientos, y un permanente juego de guitarras que traspasa los conceptos elementales del Jangle Pop y se marcha al Marquee Moon de Television. No sólo eso: frases sueltas, notas aleatorias que pueblan mi mente, que han pintado otra vez, mis días de ayer, los peores y los mejores. Recuerdos que estaban hechos de esto: Dick Diver logran imaginar mi memoria como nadie.

Frases sueltas, notas aleatorias que pueblan mi mente, que han pintado otra vez, mis días de ayer, los peores y los mejores. Recuerdos que estaban hechos de esto: Dick Diver logran imaginar mi memoria como nadie

Hay más: ‘Leftovers’ es la consagración total de Steph Hughes como la mejor vocalista — y quizá compositora — del grupo. En solitario borda canciones ligeras y frágiles, junto a Edwards o McKay lo mejora todo. Su presencia en un tema es sinónimo de éxito, y participa en todos, ya sea al micrófono o a la batería. Su naturalidad, comparable a la de Georgia Hubley, es clave para la facilidad con la que el resto del grupo edifica el resto de las canciones. ‘Competition’, por ejemplo, depende en su totalidad de la riqueza que ella proporciona en el apartado rítmico. De lo contrario los sintetizadores se vendrían abajo — o demasiado arriba — . También es obra suya, en exclusividad, ‘View From a Shaky Ladder’, contrapunto idóneo, breve y austero, al disco.

9.6/10

Los cuatro minutos y medio de ‘Blue Time’, acústicos, con un leve sintetizador ambiental, sin batería alguna, cierran de facto un disco maravilloso. Una joya atemporal: por derecho propio, uno de los mejores trabajos pop, si no el mejor, que se ha publicado en esta década. “Waiting at the lights, I’m laughing in my head / You can go your own way, they never did / Why this part, why this part, why this part”. Inquirida sobre la obvia tristeza que domina el disco, sobre por qué están, estamos, siempre tan tristes, Hughes respondió: “No lo sé”. Simplemente lo estamos, en un tiempo de melancolía, azul, permanente. Y en ese estadio, dure lo que dure, siempre estará Melbourne, Florida. Es el resumen de una vida, preguntas al aire que encuentran respuestas en la lógica interna del disco, en mi propia lógica interna. Lo es todo.

Anuncios