Discos que escuchar antes del fin del mundo (IV): Mumford & Sons — Sigh No More

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Mumford & Sons debutaron en octubre de 2009 con Sigh No More, después de haberse formado en 2007 y haberse dedicado a patear la escena de un Londres que en aquellos meses se regodeaba con un pequeño número de bandas cuyo sonido se acercaba al folk. Entre los embates del pop salía un pequeño colectivo que coqueteaba con un estilo menos superpoblado, y como en la mayoría de los casos de éxito, Mumford & Sons supo estar donde tenía que estar, haciendo lo que tenía que hacer, cuando tenía que hacerlo.

Antes de su primer disco de larga duración, los británicos lanzaron en noviembre de 2008 un EP, titulado Love Your Ground, en una estrategia completamente coherente con lo que venían haciendo desde su reunión apenas un año antes. Poco a poco, concierto a concierto y canción a canción, lograron hacerse con un público fiel y nada despreciable que garantizaría su posibilidad de lanzar un LP. Lo que pasara después, ya era cosa suya.

Cuando el folk no es un impedimento, sino una ventaja

En un primer momento, hablar de un género como el folk intentando acercarse a una audiencia generalista puede suponer un problema, más aún si tratamos de hablar de cualquier tipo de éxito en el apartado comercial. Sin embargo, Mumford & Sons lograron hacer en Sigh No More una especie de acercamiento al estilo digerible, fácil, potente, hasta hermoso por momentos.

El tracklist abre con ‘Sigh No More‘, perfectamente, con suavidad, sin presiones, sin apabullar, sin pretensiones ridículas. Dejan entrever desde el primer momento por dónde van a ir los tiros, no engañan, sino que colocan un tema que hace las funciones de amuse bouche, de aperitivo de lo que está por venir. Con todos los ingredientes que más adelante desarrollarán en profundidad, esta canción extrae su nombre de una de las frases que más se repite en la obra de Shakespeare, ‘Mucho ruido y pocas nueces’.

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Nada en Sigh No More es un despropósito. Tenemos ante nosotros un tracklist sólidamente construido, sabiendo alternar las canciones que impulsan hacia arriba la tónica del disco con las que componen bellos momentos de reflexión y simple deleite. Tras una apertura de este tipo, llega ‘The Cave‘, que pertenece indudablemente al primer conjunto. En ella podemos ver una tendencia que se irá repitiendo casi como una firma característica del grupo, el crescendo progresivo a lo largo de toda la canción, y que convierte a todas las que así están construidas en verdaderas explosiones en directo.

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Mumford & Sons han dejado de lado la mayoría de instrumentos tradicionales — guitarra y bajo eléctricos -, salvo quizá el teclado, y se han centrado en explotar al máximo el banjo, presente en prácticamente todos los cortes, acompañado de la guitarra y del contrabajo. La mayoría de los temas funcionan con la única base rítmica de un bombo, y a pesar de todo esto, es espectacular la fuerza que alcanzan en todas las canciones en las que así se lo proponen.

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Una amargamente deliciosa parte central

Cuando llegas a la crítica parte media de un disco, es decisivo que los temas que en ella aparecen precipiten la entrada a la segunda mitad. De no ser así, de flaquear en este lugar estratégico, la última parte se terminará abordando con desgana y será complicado que remonten.

No sé si los británicos siguieron este hilo de pensamiento, o simplemente sonó la flauta, pero hay tres canciones absolutamente sensacionales en lo que podríamos llamar el clímax del disco. ‘White Blank Page‘ fue la primera canción que Mumford & Sons escribieron juntos, con lo cual es comprensible que la incluyeran en la parte más importante de su trabajo, pero por sí misma merece, sin dudarlo un segundo, ese lugar de honor. Con una progresión emocionante, una letra que lo es aún más y una resolución brutal, es uno de sus mejores temas.

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La segunda de este trío memorable es ‘I Gave You All‘, que sigue la estela dejada por su predecesora, aunque de manera algo más discreta. Comienzo similar, temática paralela, mezclada con un toque ligeramente más amargo, pero con un desarrollo completamente diferente.

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Finalmente, el trío se completa con uno de sus temas más reconocibles y quizá el que más fama les ha dado. ‘Little Lion Man‘ es el ejemplo perfecto del estilo de la banda, de la potencia que gastan en directo y de todos los ingredientes propios e influencias de bluegrass y country que incorporan a su trabajo.

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El directo, su mejor baza

La edición deluxe, de las que ya sabéis que soy tan poco fan como de los recopilatorios y demás sacacuartos, en este caso está perfectamente justificada y amortizada. Porque Mumford & Sons son uno de esos grupos que para brillar en el disco, necesitas haberlos escuchado antes en directo. Puede que la primera vez que escuches temas como ‘Dust Bowl Dance‘, nada te venga a la mente. Pero una vez que la hayas disfrutado en directo, cambia totalmente la percepción que puedas tener sobre ella.

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Mumford & Sons firmaron un debut envidiable con Sigh No More que han consolidado a base de conciertos sensacionales sin pinchazos y donde verdaderamente demuestran, fecha tras fecha, que su lugar está sobre las tablas del escenario más que detrás del estudio de grabación. Quedarse con una canción de este disco es casi imposible si supone excluir a las demás, y aunque quizá algunos temas queden ligeramente descolgados en lo que a pegada se refiere respecto a sus compañeros, ninguno es relleno, ninguno está descuidado, ninguno es gratuito. De muy pocos discos se puede decir eso, me temo.

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