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Dominique A, Canadá y la nostalgia como arma arrojadiza

Lo viejo que se niega a morir, lo nuevo que se resiste a nacer, o, con otras palabras, la definición de la nostalgia en boca de Antonio Gramsci. Desde que el ser humano ha tenido consciencia de su condición y de su historia a lo largo de los tiempos, la nostalgia ha sido un arma creativa de incalculable potencia. En la música, tal condición se ha reflejado en algunas de las canciones más sensibles y exquisitas de todos los tiempos, pero también en tendencias recicladas, una mirada constante e improductiva al pasado y la sensación de que el futuro nada tiene que ofrecer. Concepciones erróneas motivadas seguramente por el influjo perverso de la memoria, tan bella en su seducción, tan traicionera y letal en las consecuencias derivadas de su pulsión.

Hace ya cierto tiempo que conozco a Dominique A, y siempre he encontrado en sus mejores canciones una leve película de color sepia que me transporta de forma irremediable a tiempos pretéritos, vividos o no, literales o figurados. El pasado, al contrario de lo que tendemos a creer, no es un estadio físico ni un lugar concreto: también puede ser un estado de ánimo, una abstracción poética, una forma de mirar hacia el futuro y una serie de valores asociados a nuestra propia personalidad. Al igual que cualquier otra actitud ante la vida, el pasado es maleable y no permanente, viene y va, se esconde, azaroso, en algunos rincones en forma de sinfonías, de melodías, de párrafos y de encuadres, de olores y de ojos que se cruzan furtivamente en una calle.

Dominique A juega con las mejores armas del ayer, de la nostalgia, para dibujar, en la mejor tradición de la chanson francesa, pedacitos que me devuelven al ayer

De todo ello suele hablar Dominique A, aunque ni él ni yo lo sepamos con certeza. En su último disco, Éléor (Cinq 7, 2015), vuelve a relatar historias del ayer, sonidos encapsulados en elegantes composiciones recitadas con delicadeza y pasión. No he podido evitar caer enamorado de ‘Par le Canada’, de su ritmo en constante crecimiento, de la distorsionada línea de bajo, de los arreglos de viento, de la emoción contenida y nunca explotada del todo — porque hacerlo sería demasiado vulgar — en cada estrofa. Dominique A juega con las mejores armas del ayer, de la nostalgia, para dibujar, en la mejor tradición de la chanson francesa, pedacitos que me devuelven a días cuya existencia pasada tanto lamento. Es irremediable e involuntario: soy nostalgia en sus manos.

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Y en este proceso, tramposo en cuanto Dominique A engaña a mi cerebro y le hace creer que debería vivir en un tiempo inexistente, mitificado, no vivido, jamás siento la tentación de oponerme. Paseo por mi TL de Facebook y cualquier foto de cualquier amigo remoto tomada hace unos pocos días toma un cariz dramático. Salgo a la calle a comprar el pan y todos mis pasos parecen ejecutarse en blanco y negro, con una cámara de Truffaut filmando al fondo de la esquina. Conduzco un automóvil del siglo XXI y me imagino a mí mismo llevando sobrero y gabardina. Cierro los ojos y la imagino a ella, como aquel día de verano en que su pelo se dejaba mecer por el viento, distorsionada por la melancolía y la desesperanza de un futuro incierto.

Nada de esto es real. ‘Par le Canada’ sólo son trocitos de mi imaginación en forma de reliquia histórica. Una épica tamizada por la mundanidad del filtro sepia

Nada de esto es real. ‘Par le Canada’ sólo son trocitos de mi imaginación en forma de reliquia histórica. Una épica tamizada por la mundanidad del filtro sepia. Cada vez que acaba la canción me descubro en este lugar y este momento y pienso que, en realidad, el lugar que me ofrece Dominique A siempre será más atractivo. Porque es inigualable en tanto que es inexistente. Si de algo solía tratar la música era sobre esta terrible ingenuidad.

Citaba E. H. Carr en ‘La revolución rusa: de Lenin a Stalin, 1917–1929’ un viejo dicho ruso cuya literalidad ahora no soy capaz de recordar, pero cuyo mensaje venía a decir así: “La nostalgia en Rusia solía ser considerada una enfermedad en los viejos, buenos tiempos”. Esa frase esconde los misterios mortales pero irresistibles de la nostalgia, y su auténtica condición. No es más que un arma arrojadiza contra uno mismo, pero no se puede escapar de ella.

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