No llevo muy bien lo de que los conciertos terminen cuando la cosa está empezando a calentarse. Y eso fue lo que pasó en el concierto de Dorian ayer en Oviedo, cuarenta y cinco minutos más un bis es un balance bastante rácano para lo que estamos acostumbrados. Y menos que menos mal que hasta incluso la intro discotequera mereció la pena.

Los de Barcelona no llenaron la sala Tribeca pero sí hubo la suficiente gente que pasó por taquilla para que los organizadores no perdieran dinero, algo que muchas veces sucede y provoca que los promotores privados dejen de organizar actuaciones, porque al menos aquí las pocas salas que hay no programan. Buen ambiente por tanto y Dorian, en su primera visita a Oviedo y creo que a la región, se sintieron arropados casi como en casa, algo que Marc Gili, bastante pijo con su polo Fred Perry, se encargó de repetir en varias ocasiones.

Comenzó floja la cosa, con Más problemas, primer tema de su segundo disco, El futuro no es de nadie, en el que vimos a un grupo de pop del montón, una sensación que enseguida se enmendó con La noche espiral y su estribillo arrebatador. Se esperaba algún tema nuevo de los que irán en su próximo álbum que precisamente están terminando de grabar, pero a la postre no cayó ninguno.

La cosa cambió totalmente cuando el cantante dejó la guitarra para coger el micrófono y transformarse Dorian en un grupo de electro-pop muy muy bailable, con bases programadas que me recordaron en algunos momentos a una imposible mezcla entre Placebo y los mejores OBK.

Escuchamos entonces El futuro no es de nadie, tema que da título a su segundo disco, y La playa bajo el asfalto, dos temazos con mayúsculas del indie estatal que sitúa al cuarteto en la división superior al lado de otros supuestos valores aupados por medios especializados. A este último corte le unieron Te echamos de menos, una corte más bisoño de su debut 10.000 metrópolis, que se recibió como un clásico.

Sin unas luces que subrayaran la intensidad del recital éste se quedó en un quiero y no puedo, al haber una luz fija en el escenario que empobreció el contundente y altísimo sonido que el cuarteto ofreció. Cualquier otra parte, el esperado single y sin duda su mejor canción, marcó la vuelta de Marc a la guitarra pero no bajaron los bpms y fue el principio del fin del concierto, que remataron con Al final de la escapada y 10.000 metrópolis, en un final verdaderamente incandescente. La propina no se hizo esperar: Solar, del primer disco, nos devolvió a unos Dorian muy alejados del festival Sónar, y con Corta el aire rubricaron un recital impagable.

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