Dream Theater — The Astonishing

El lector habitual sabe que a Hipersónica se viene como a las playas nudistas: sin afán comparativo, chismorreos o prejuicios étnicos. Desnudo en cuerpo y alma. Así que no seamos hijos de Pitchfork y apelemos a la argumentación. ¿Hablamos de trve fans? Sí, crecí escuchándolos, han influenciado mi vida más allá del combés musical. Empecé con Awake (East West Records, 1994), aquel de la pegatina amarilla con la exclamación. Me lo pasó el amigo de un amigo y de ahí lo copié a cassette. Para cuando llegó a mi vida A Change Of Season (East West, 1995) decía barrabasadas del tipo «este será el tema que suene durante mi funeral». Seguí a la banda hasta conocer cualquier minucia, asistí a una decena de conciertos, en el perfil de Last.fm ellos barren a la competencia, media discografía firmada, un blog de traducciones y demás basura que el tiempo borrará como lágrimas en la lluvia. Cosas que me convierten, simplemente, en un oyente más.

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DIEGÉTICA Y EXTRADIEGÉTICA

Hay quien dice que The Astonishing (RoadRunner Records, 2016) es puro fanservice para quiceañeros imberbes. Me explico: cuando DT pegó el pelotazo en las radios de EEUU con Images & Words (Atco Records, 1992) y su legado fue creciendo, cientos de bandas de todo el mundo querían ser como ellos. Aún no entendíamos la dimensión de su legado. Pensábamos en tribulaciones quiméricas y Salvador Dalí, en la concepción del tiempo a través de relojes de péndulo, en fugas psicogénicas, lo onírico, un tanto de mitología egipcia y un mucho de espejos, madrigueras de conejo y otras metáforas manidas y masturbatorias. Dali’s Dilemma, Hourglass, Prototype, Kharma, Lemur Voice, Ice Age, Empty Tremor y más tarde Wastefall, Anubis Gate, Outworld, Spheric Universe Experience, Mindflow, Zero Hour; toda una nueva ola metalera nacida bajo palabras comodín como “ojo” o “mente”. Tiempos más horteras. Para entonces, Dream Theater, que dio cuenta de su techo creativo e interpretativo con Liquid Tension Experiment, ya no tenía nada que demostrar. Erigidos padres de un género habían conquistado no sólo un target, sino todo el metal progresivo. Canibalizaron y regurgitaron, de hecho, el uso de la rabiosa palabra. Hasta que llegó Haken. Luego volveremos sobre esto.

Lo Asombroso, como Lo Imposible (J.A. Bayona, 2012), insinúan un mismo pecado. El abrazo a la épica distante, el eco magnánimo, una ansiedad por demostrar y jurar que, esta vez sí, vamos a flipar. Una necesidad por hacerse oír. Lástima que ya existan una sartenada de novelas sci-fi aplastando cualquier intención de un Petrucci letrista ahogado en una quijotería de distopías futuras y ucronías medievales. Recuerdo escuchar a Magnum o Def Leppard y bromear con «qué mal envejecen, qué poco amor propio, qué forma de dilapidar su legado, ¿no se dan cuenta del ridículo, de la autoparodia, que generan al rendirse tributo a ellos mismos, veinte años más viejos?». No imaginaba que éstos iba a rascarse las mismas viruelas. Pero los tiempos cambian. Extreme prácticamente se arruinaron con la producción de III Sides to Every Story (A&M, 1992), el disco más arriesgado y maduro de la carrera de Bettencourt y compañía. A Dream Theater este ‘The Wall’ les está resultando magnífico, en varios aspectos. Hay un público forero dispuesto a escuchar las salvas y argucias de corazón venezolano, a consumir series compulsivamente por mor de un tiempo libre autojustificado. ¿Y en lo musical?

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La música extradiegética es aquella que suena mientras suceden los acontecimientos de la película, off stage. De ahí su lenguaje en bandas sonoras. Solo la escuchan los espectadores, no los personajes de la acción. Es una pieza para enmarcar y conceptualizar las situaciones. La diegética, en cambio, sí la escuchan los personajes. En este segundo caso, por tanto, hay un trasvase de información en tiempo real entre la obra y sus espectadores/oyentes. En ‘The Astonishing’ conviven efectos sonoros como gorjeos de pájaros, pasos, gritos o los curiosos aplausos al abrir ‘When Your Time Has Come’ con la música propiamente dicha. Y dentro de la música se da una hibridación entre lo verbalizado por los personajes — cantado siempre por James LaBrie, poniendo voz a nueve personajes donde, pese a sus esfuerzos, no puedo dejar de pensar en este gag — y lo que leemos entre líneas y en el libreto. Diríase, por tanto, que The Astonishing es una epopeya donde combinan las dos especies por medio de la adición.

ÉTICA Y ESTÉTICA

Dije, medio en broma medio en serio a nuestro commander-in-chief del progresivo Cronopio, que hacia primeros de noviembre YA HABÍA empezado con la crítica del disco. The Astonishing no es sólo una ópera rock dividida en dos actos, es también una ociosa parafernalia, esa sensación de provinciano comiendo en la capital: no era gran cosa pero servían mucha cantidad. Empacho y satisfacción por el exceso, ebrio de garrafón. ¿Qué hace la Orquesta Filarmónica de Ciudad de Praga — bajo una producción discutible — que no puedan hacer un puñado de samples? Vender ilusión. The Astonishing es un juego de espejos diseñado para convencer y arrastrar a miles de fans entumecidos, entregados a la rutina y el rayo de esperanza, dubitativos y, peor, engañados más veces de las que podemos contar. Pero ya saben lo que dicen: la primera es culpa suya, las demás, nuestra.

Un goteo constante de hype, un riego de información fue descubriéndose desde que dos facciones invitaran a inscribirse en una newsletter y recibir así sus correos donde los respectivos líderes exponían razones de alistamiento y pontificaban con onerosas promesas y grandilocuentes expresiones pasadísimas de moda. Esto encaja con los clanes en e-sports, con la fácil asimilación y asunción de colores o emblemas de equipo. El Gran Imperio del Norte, los buenos, los azules, versus La Milicia Rebelde Ravenskill, los malos, los rojos. Rutinas de arquetipo más propias de los hijos de los integrantes. El diseño artístico y la exposición conceptual de la obra insinuaba, como mínimo, una seriedad, ese despliegue de recursos y confianza de quien se sabe con algo poderoso entre manos. Aunque el grafismo deje tanto que desear y el esforzado trabajo de Jie Ma se proyecte como un maniquí inconexo, haciendo un flaco favor a su huxliano y ceniciento estilo pictórico.

Mapa Y Territorio

Que el modelado de los personajes recuerde a Gothic II (Piranha Bytes, 2002) tampoco implica tortura: sirven de fondo para proyecciones en directo y poco más. Esto es una banda sonora, un musical, una representación teatral con coro y orquesta. El problema deviene cuando articulas tu discurso sobre ellas, cuando las usas como apoyaturas para camuflar una confusión de ideas, un batiburrillo difuso de «vamos a darle a los fans todo eso que les mola, esas series modernas que ven» cuando en realidad parecen no haber entendido que son músicos. Hablamos de progreso, no de improvisación. Hablamos del antaño considerado Nº 3 en la élite guitarrística comportándose como modelo de atrezzo al servicio de un collage duchampiano, de extractos concretos en temas emulando los escarceos libertinos de LaBrie — declamaciones robadas de Human Equation (InsideOut Music, 2004) en A Tempting Offer, arrebatos clónicos del Trent Garder compositor de Leonardo: The Absolute Man (Magna Carta, 2001) en A Better Life y un largo etcétera de autoelogios recalcitrantes — .

Incluso se produce un curioso juego de espejos: Gerald Peter, teclista austrio y confeso fan de Jordan Rudess, le da servidas un puñado de líneas para este The Astonishing a través de su debut conceptual Jeremias: Foreshadow of Forgotten Realms (Generation Prog Records, 2013), un disco a todas luces más coherente y limitado en presupuesto. Quedarse con lo anecdótico de «ey, en Three Days suena swing-metal y en Lord Nafaryus, tango» es quedarse a vivir en la cueva del fan que mira de espaldas. ¿De dónde sale esa perversión militante del coro Brother(s), Can You Hear Me?? Fácil: de imitar vagamente la Hammer March y tropezar con la pretensión de querer sublimarla. Porque, recordemos, Dream Theater no se sienten menos que nadie. Petrucci y cía han sido siempre de ir con las corrientes dominantes: desde el acercamiento al nu metal con Awake, pasando por el AOR radiofórmula de Falling Into Infinity hasta los escarceos musianos de Octavarium o la producción empacada y mecánica de Systematic Chaos, deuda con Roadrunner, Dream Theater también son una banda consciente del tiempo que les ha tocado vivir, entendiendo las codas à la Rush o Kansas como meros guiños de guion.

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MADUREZ Y VEJEZ

Una de las ofrendas más elogiosas en torno a The Astonishing es que estamos ante una obra de madurez: consciente, agresiva pero segura, necesaria incluso en esta etapa de sus carreras. Estoy de acuerdo. No en vano Jordan Rudess, el miembro de mayor edad de la banda, ha tomado las riendas. The Astonishing no es peor disco que Octavarium (Atlantic Records, 2005), por ejemplo. ¿Es el mejor de su última década, digno del top five e incluso objeto del debate que dedican sus fans a crear playlist a conveniencia? Esas jerarquías comparativas, en todo caso, corresponden a sus fans. Porque DT siempre han sido eso, una banda de excesos que alimenta a su comunidad — el segundo apartado más grande de su web está dedicado a tatuajes de seguidores — , que coge aquello apetecible a conveniencia, un autor caprichoso que rehúsa de citar fuentes y que ahora se ve con treinta años en la carretera y una docena de grabaciones como testigo. Este disco apela más a una necesidad consciente que a un deseo creativo. Este disco es más un peaje comercial — quién lo diría en los tiempos donde Elektra Records prohibió un doble CD — de 130 minutos vendidos a la manera de Peter Jackson y no un fortuito arrebato de inventiva desbordada.

Quizá este sea el disco más importante de Dream Theater no de la última década, sino de toda su carrera, en tanto se da una transformación de la intención artística como entidad abstracta, donde la música es mero ejercicio natural de difusión. Nunca lo fue del todo: recuerden las palabras a la disputa del cándido Mike Portnoy por provocar un stand by en 2010, recuerden ese «somos empresarios, nuestra fábrica no puede detenerse en este punto». En The Astonishing se salta al vacío de la autoconciencia, porque los años no pasan en balde; hay un exceso de intenciones no por ambición sino por prejuicio. Como fan, este disco me gusta bastante. Con cada escucha, como es habitual, crece y adquiere dimensión, significación y veracidad. El doble filo de la referencia material se posiciona a favor en mi cabeza, del pastiche traicionero a la sana imitación adolescente. De ahí la contradicción: ¿tienen edad para seguir por ese camino? Las emociones son así de irreverentes, tan difíciles de asir en el lenguaje. Como fan me reconozco deudor y cliente satisfecho; como reseñista me siento abochornado. Como cronista solo puedo dar fe de mi realidad. Cada oyente tendrá la suya propia.

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6,9/10

La conclusión de todo esto es que no hay conclusión. Que en The Walt Disney Co. están llorando con The Walking Shadow. ¿Estamos ante el nuevo Scenes From A Memory, la tercera Metropolis que el propio Portnoy habría anhelado firmar? Pueden estar seguros que sí. Un pequeño matiz: no existen segundas partes. Valorada como entidad independiente, The Astonishing aguanta el tipo, con sus rellenos acolchados y sus dobles lecturas. Conscientes del bagaje anterior, invita a tirarlo a la basura. Y, ante estos casos, me suelo quedar con el ejemplo de Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015): el único camino válido para el autor honesto es terraformar lo andado en cada nuevo paso. Que sintamos la autoría a través de un reconocimiento de familiaridad, no un razonamiento de evocaciones y déjà vus. Cada uno intelectualice sus propias emociones como convenga. Eso sí: que alguien le diga a Mike Mangini que relaje los putos músculos, nadie le apunta con un revólver. ¿O si?

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