En un extraño giro de los acontecimientos, Matt Mondanile ha logrado salir del oscuro agujero en el que encerró hace dos años por la vía de la elegancia y la comedida ornamentación barroca, todo ello sin perder el pulso ligeramente pop, ligeramente psicodélico que tanto en Real Estate como en Ducktails ha marcado sus creaciones. Digo extraño porque The Flower Lane (Domino, 2013) auguraba pocas alegrías en el futuro de la carrera de Ducktails, su proyecto en solitario que había comenzado con excelente pie, numerosas notorias referencias en el palmarés. The Flower Lane cortó de raíz la magia: se arrastró de forma voluntaria al espantoso terreno de aquellos Captured Tracks y se inundó de referencias de los ochenta, de las peores.

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Dos años después y tras la notable decepción que Atlas (Domino, 2014) nos supuso a la mayor parte de redactores de esta casa, Mondanile regresa a escena con St. Catherine (Domino, 2015), que desde su portada hasta su título evoca nuevas maneras. Todo aquello que Ducktails había tratado de condensar en The Flower Lane y que funcionaba mal porque, en el camino, arrasaba con su elocuente personalidad, fluye aquí con naturalidad. Antes de disparar todas las alarmas del entusiasmo, conviene aclararlo: pasadas las escuchas, pasados los días, St. Catherine sólo me emociona en un puñado muy concreto de canciones. Ducktails continúa siendo un proyecto agradable a ratos, pero en ningún caso alcanza la brillantez de los Real Estate que aún no se conformaban con la mediocridad. Es un disco correcto, no es un disco notable.

Mondanile ha preferido optar por las americanas blancas y los sombreros de Panamá, por darse un paseo por la costa amalfitana con algún descapotable de alquiler

Aclarado esto, huelga decir que es un disco muy disfrutable si consideras que aún es posible rascar en la variante mitad hortera mitad pura clase del pop de los años ochenta. Nic Hessler, en ese terreno, se ha empeñado en demostrar que sí, que aún es posible y que hay esperanza. Hablaremos de él en otro momento. Mondanile ha preferido optar por las americanas blancas y los sombreros de Panamá, por darse un paseo por la costa amalfitana con algún descapotable de alquiler fabricado en el norte de Italia. St. Catherine podría ser un velero surcando las playas de Sicilia durante dos semanas o una versión blanda y burda de La Gran Belleza, y ahí, en ese segundo plano sin demasiadas pretensiones, encuentra acomodo la imaginación suave de Mondanile. Estilosas, tranquilas canciones veraniegas para disfrutar desde la distancia.

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Hablamos del ralentí conformista pero delicado de ‘Headbanging in the Mirror’, del ligero toque amargo de ‘Into the Sky’ o de, claro, el agua cristalina que domina ‘Surreal Exposure’, sin duda la mejor canción y la que mejor representa lo que ha intentado Mondanile aquí no siempre con el mismo éxito: un ritmo sencillo comandado por guitarras jangle, ¡un clavicordio!, un excelente puente hacia el estribillo y ritmo, alegría, sin perder por un sólo segundo la elegancia. St. Catherine no logra estar a igual nivel durante el resto del disco. En algún momento, la pose de Mondanile, tocando con la camisa de franela arremangado, mirando al atardecer tras algún esquivo acantilado, se derrumba. Pierde el vuelo. Y la constancia. Y por ahí se pierden más joyas.

6.8/10

Pero da igual, porque las cuatro o cinco que regalan merecen la pena y el viaje hasta este lugar. Sobre todo habida cuenta de dónde veníamos, tanto en Real Estate como en Ducktails, y hacía dónde parecía que se dirigía el barco, quizá hacia aguas más frías al norte, quizá hacia aguas más cálidas hacia el interior de la tierra. St. Catherine ejerce de este modo como bálsamo idóneo a una carrera que, ya podemos quitarnos el sudor de la frente, parecía caminar hacia la deriva.

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