1980 fue un gran año para la historia de la música británica. En sólo 12 meses hubo al menos tres discos de debutantes que quitan el aliento, todos ellos marcados por una característica común: la búsqueda de una nueva psicodélica de guitarras influida por igual por la oscuridad post-punk y por el garage setentero. A priori, agua y aceite, pero en manos de gente como Teardrop Explodes o Echo & The Bunnymen confluencia natural de dos modos de ver la música.

Crocodiles, primer disco del grupo británico encabezado por Ian McCulloch, es junto a Heaven Up Here el disco elegido por Echo & The Bunnymen para tocar en el próximo Primavera Sound 2011. Es curioso que el grupo haya preferido estos dos antes que Ocean Rain, su disco incontestable y el más conocido. Si los pecados de joven son aquellos que nos avergüenzan de viejos, parece claro que Echo & The Bunnymen tienen poco de lo que arrepentirse.

Crocodiles: un debut crudo para un grupo emocional

En Crocodiles, primer paso de una carrera intensa y algo infravalorada, cristalizan ya los motores de la música de Echo & The Bunnymen. Están las guitarras angulosas, cambiantes según el tema, con cierto aire sombrío a lo Joy Division, pero con bastante más querencia por lo que gente como David Bowie o Television habían hecho antes que ellos.

También está en Crocodiles la característica puntera del grupo: Ian McCulloch y su manera de afrontar las voces de las canciones, ese fraseo desafiante, chulesco como el personaje que interpretó durante años en las revistas musicales y a la vez frágil e introspectivo como las letras del grupo. En su debut aún arrastra un deje a lo Jim Morrison que irá desapareciendo con el paso de los años pero que casa con la visceralidad de bastantes de las canciones del disco, como esa ‘Crocodiles’ titular.

Siendo un disco de una banda que aún está aprendiendo, el debut de Echo & The Bunnymen ya destaca por lo rocoso del conjunto (hay poco que descartar) y por la brillantez de las canciones vistas individualmente. Por supuesto, en lo más alto de todo está ‘Rescue’, single del disco, himno desde entonces y primer avance de esa épica hiriente en lo instrumental que dará lugar después a maravillas como ‘The Killing Moon’.

Frente a posteriores discos del grupo, Crocodiles suena a medio cocinar en la producción, lejos de lo que luego mostrarán en Ocean Rain. No importa, porque esa crudeza es lo que beneficia y da más brillo a las diferencias entre canciones como ‘Stars are Stars’ (con McCulloch jugando a ser dos cantantes en uno), ‘Villiars Terrace’ (donde ese piano ya deja un adelanto del futuro) o ‘Read It In The Books’ y su ritmo entrecortado.

En las letras, Echo & The Bunnymen no se distinguen por ser contadores de historias sino por capturar frases afortunadas en un envoltorio musical preciso. Estrofas de un romanticismo exagerado como “I caught a falling star / it cut my hands to pieces” llegan vestidas de los únicos ropajes que podrían encajarles bien para no empalagar, para decir algo sobre tu vida.

‘Happy Dead Men’ pone un broche catártico, apocalíptico a la vez que juguetón (esas trompetas), que debería ser muy del gusto de los seguidores de Nick Cave. Después, Echo & The Bunnymen transitarían otras carreteras y han sido influencia imprescindible para entender a Coldplay o British Sea Power. Nunca llegaron a ser masivos, quizás porque como demuestra este debut sus canciones siempre fueron más cortantes y punzantes que las que de, por ejemplo, U2, que en 1980 también debutaron con un disco muy inferior, Boy, y que hoy aún siguen en lo más alto de la carrera comercial.

En el fondo, que Ian McCulloch, Will Sergeant, Les Pattinson y Peter De Freitas no hayan sido carne del stadium rock debería alegrarnos. ¿Que el mundo hubiese sido más justo dándoles un éxito masivo? Puede, pero entonces ahora estaría complicado que alguien pudiese descubrir Crocodiles con los oídos limpios y sin prejuicios. Y os aseguro que ésa es una sensación que no se puede desdeñar.

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