Eddie Cochran: vivir muy rápido, morir muy joven y dejar un muy bonito cadáver

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El 17 de abril de 1960 era domingo de Pascua. Eddie Cochran venía de completar en el Hippodrome Theatre de Bristol una triunfal gira de casi tres meses por el Reino Unido: por aquel entonces los británicos no solían tener a menudo en su territorio a estrellas yanquis del rock’n’roll, así que en esta ocasión se habían volcado y el viaje había resultado un rotundo éxito. Cumplido el expediente, Cochran se dirigía en taxi al aeropuerto para regresar a casa en compañía de su amigo Gene Vincent (que había tocado con él en varios conciertos), su agente Pat Thompkins y su novia Sharon Sheeley, quien luego escribiría algunas canciones de éxito para artistas de la época. Al pasar por Chippenham, una de las ruedas delanteras pinchó y provocó que el coche se estrellara contra una farola. Cochran salió disparado atravesando el parabrisas: todavía estaba vivo cuando llegó la ambulancia, pero, a diferencia del resto de ocupantes del vehículo, fallecería apenas unas horas después. Tenía sólo 21 años.

Aquel día murió unos de los pioneros del rock’n’roll, de todos ellos quizá el que ha llegado menos reivindicado hasta nuestros días, al menos si lo comparamos con otras figuras de la época como Ricky Nelson o su amigo Buddy Holly, que también había muerto (en este caso, a causa de un accidente de avión) un año antes. Probablemente su corta vida y, por tanto, su escaso legado discográfico (apenas llegó a publicar un larga duración) tienen mucho que ver en ello, como también el moderado éxito que conoció: lo más alto que llegó en las listas de éxitos fue el número 8. Era famoso, era incluso una estrella, pero siempre estuvo un escalón por debajo de las leyendas. No tuvo tiempo para más.

Como a cualquier músico de su talla, a Cochran no le faltan los apodos (no falta, por ejemplo, quien se refiere a él como “el Chuck Berry blanco”), pero si hay una figura a la que inevitablemente siempre se le asocia, ésa es la de James Dean. Ambos eran jóvenes, guapos, alcanzaron pronto el estrellato y la excelencia en sus campos con un currículum evidentemente escueto y, no hace falta decirlo, los dos fallecieron trágicamente en sendos accidentes de coche con cuatro años de diferencia, adquiriendo automáticamente la categoría de mitos. La comparación es demasiado golosa como para resistirse a ella.

Circunstancias vitales al margen, si algo unía a Eddie Cochran con el protagonista de Al este del edén era la imagen de perpetua rebeldía adolescente que ambos habían cultivado. En el caso del músico, eso sí, no siempre fue ése el enfoque. Cuando fichó por Liberty en 1956 (hasta entonces tocaba en The Cochran Brothers, nombre con trampa, pues su compañero Hank Cochran no era pariente suyo), la discográfica quiso venderlo como crooner y de hecho el único disco que publicó en vida, Singin’ To My Baby (1957), es una colección de melosas baladas que probablemente no ofrecen su mejor faceta. Enseguida giró hacia el lado más rocanrolero y con esa piel firmó su gran éxito, ‘Summertime Blues’, que han versionado desde The Beach Boys hasta The Who y que supone un perfecto resumen de su música y de su actitud:

Voy a montar un escándalo, voy a liarla bien
Todo el verano trabajando para ganar algo de dinero
Cada vez que llamo a mi chica para pedirle una cita
mi jefe me dice “De eso nada, chaval, hoy trabajas hasta tarde”
A veces me pregunto qué voy a hacer
Porque no hay cura para la tristeza en verano

Papá y mamá me dijeron “Tienes que ganar algo de dinero
si quieres que te dejemos el coche el domingo”
No fui a trabajar, le dije al jefe que estaba enfermo.
“No te dejo el coche porque no has dado un palo al agua”
A veces me pregunto qué voy a hacer
Porque no hay cura para la tristeza en verano

Me voy a coger dos semanas, me voy a ir de vacaciones
Voy a llevar mi problema a Naciones Unidas
Llamé a mi congresista y me dijo:
“Me gustaría ayudarte, chaval, pero eres muy joven para votar”
A veces me pregunto qué voy a hacer
Porque no hay cura para la tristeza en verano

Ahí está todo: los dramones juveniles, las chicas, los padres… ‘Summertime Blues’ resume perfectamente esa especie de costumbrismo adolescente que abunda en las letras de Cochran y que explica su conexión con la juventud de la época. Sus letras hablan de montar una fiesta en casa cuando tus padres se van el fin de semana (‘C’Mon Everybody’), de perseguir coches y mujeres que están fuera de tu alcance (‘Something Else’) o de ir al cine sólo para sentarse en la última fila y tratar de pillar cacho (‘Sittin’ in the Balcony’, otro de sus grandes éxitos, que alcanzó el número 18 en listas). Es, de hecho, un auténtico ni-ni: “Want a house with a pool, shorter hours in school / And a room with my own private phone (…) Yeah, I want my own Coupe de Ville / Make my dad pay the bill, yeah man, that’s heaven to me”, canta en ‘Teenage Heaven’. Él lo que quiere son chavalas, coches, que le dejen en paz y, si es posible, conseguir todo esto con el menor esfuerzo posible.

Pero Cochran fue mucho más que un chico-anuncio para jovenzuelos de la época que hoy puede resultar curioso observar con una cierta condescendencia. Fue un artista total que, a diferencia de muchos de los ídolos de su tiempo, componía (solo o acompañado) la mayoría de sus temas y acabó por resultar una gran influencia en multitud de artistas rockabilly posteriores (aunque probablemente más a este lado del Atlántico que en su país). Sabía tocar el piano, el bajo y la batería y la experiencia que en tan poco tiempo logró como ayudante de producción y músico de sesión le llevó a cuidar al máximo el trabajo en el estudio e innovar grabando en varias pistas y experimentando con el overdub. Su técnica, mirada con recelo por los productores de la época por poco ortodoxa, fue imitada hasta la saciedad en los años siguientes.

Como todos los mitos del rock que han muerto jóvenes (y en esto él se lleva la palma, muy por delante del famoso Club de los 27), Cochran cuenta con la inseparable ventaja de haber muerto joven, de que su público (el que lo disfrutó en su momento y el que lo ha ido descubriendo generación tras generación) nunca haya tenido que ser testigo de su declive, de que jamás hayamos tenido que conocerlo en plena decadencia o víctima del alcoholismo, como (sin ir más lejos) ocurrió con el propio Gene Vincent. Y, por supuesto, ha vendido como nunca después de muerto, aunque quizá su legado haya sido menos saqueado que el de otros contemporáneos. Nos quedan tres películas, un LP y un puñado de singles memorables, un legado irreprochable que aguanta cualquier escucha más de 50 años después.

Resulta curioso que David Harman, el primer policía que se presentó en el lugar del accidente aquel domingo de Pascua de 1960, el mismo que se encargó de escribir el atestado, se convirtiese en músico profesional apenas un año después e incluso acabara alcanzando un cierto éxito durante la década de los 60 como líder del grupo Dave Dee, Dozy, Beaky, Mick & Tich. Se ve que en esto del rock’n’roll no hay tiempo que perder. Y eso Eddie Cochran lo sabía muy bien.

Discografía básica de Eddie Cochran

Singles
Two Blue Singin’ Stars (1955), como The Cochran Brothers
Your Tomorrows Never Come (1955), como The Cochran Brothers
Walkin’ Stick Boogie (1956), como Jerry Capehart featuring Cochran Brothers
Tired and Sleepy (1956), como The Cochran Brothers
Skinny Jim (1956)
Sittin’ in the Balcony (1957)
One Kiss (1957)
Drive In Show (1957)
Twenty Flight Rock (1957)
Jeannie Jeannie Jeannie (1958)
Teresa (1958)
Summertime Blues (1958)
C’mon Everybody (1958)
Teenage Heaven (1959)
Somethin’ Else (1959)
Hallelujah I Love Her So(1959)
Cut Across Shorty (1960)
Lonely (1960)

Álbumes
Singin’ to My Baby (1957)

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