El año de mi bautismo electrónico

Encorsetado vitalmente por las cuatro paredes del Indie Pop y del Garage Rock, 2013 ha sido el año de mi bautismo electrónico. Nunca antes había disfrutado tan plenamente un género que, hasta hace escasos días, lo observaba fundido entre una espesa niebla. Nada sabía de él ni nada sabía él de mí: permanecíamos esquivos el uno al otro como eternos desconocidos. La situación a día de hoy es diferente, pero la relación tampoco es demasiado profunda. Apenas unos cuantos brochazos me han permitido desvanecer la bruma en la que aún permanezco. Sin embargo, un puñado de discos han logrado cautivarme hasta la médula este año como ningún otro antes. No pretendo aquí repasar lo más destacado de la Electrónica en el año que ya termina, dado que me declaro incompetente para tamaña tarea, sino expresar qué he sentido y por qué he logrado conectar con la Electrónica cuando he acudido a este número arbitrario de trabajos.

James Holden — The Inheritors

“James Holden es Dios”, aseveró un amigo mío, también fundido entre la niebla, aunque en esta ocasión la que cubría aquella madrugada en algún bar aleatorio de Zaragoza, cuando le hablé de The Inheritors. Descubrí entonces que Holden era mucho más que un pequeño reducto destinado a paladares específicos: su proyección era algo más transversal, aunque tampoco demasiado, y eso me alegró. Hacía escasos días que los infinitos detalles y quiebros de The Inheritors cruzaban mi mente. Me hallaba(hallo) fascinado: el juego de puzzles a completar que Holden propone aquí es de largo lo más cautivador que he encontrado este año. Una sinfonía de colores sintéticos que a ratos da gusto vivirla y a ratos invita al suicidio. No sólo se trata de que Holden coquetee con el impresionismo sonoro, sino de que su juego conecta profundamente con las emociones.

Zomby — With Love

Desde la portada hasta la pretendida proyección mística de su figura, todo en Zomby y en With Love me resultó seductor desde que comencé a escuchar su nombre. “Con amor: firmado, Zomby”, y una carta culminada con rosas de plástico, rosas moradas, rosas muertas que en el fondo estaban muy vivas. Resulta maravilloso que Zomby nos hable del amor en un disco pensado para olvidarse del amor. O quizá no tanto: su rave del cementerio, fantasmagórica, en la que hallo a múltiples espectros bailando hasta el amanecer y más allá en cualquier camposanto, también habla del amor, del amor de verdad, del amor sucio y turbio que obnubila el alma humana y, en el peor de los casos, la oscurece de por vida. El segundo disco de With Love es un conjunto de ideas incompletas que, juntas, completan los mejores minutos musicales del año.

Jon Hopkins — Immunity

Acudí a los brazos de Jon Hopkins rebotado y aún en plena cresta de la ola tras descubrir de forma exhuberante a James Holden. Necesitaba dotar de sentido a la búsqueda electrónica que comenzaba a emprender, de estructurar una narración lineal que me ayudara a caminar entre los bosques de oscuridad en los que tanto tiempo había hibernado. Tarde o temprano hubiera llegado a él, supongo: el suyo es uno de los discos más aclamados del año, tanto a nivel general como en los círculos especializados. Sin embargo yo aparecí en Immunity guiado por mi propio orden, y me quedé en él encantado con el suyo. Jon Hopkins ha dibujado un disco donde todo está en su sitio. La propia historia lineal y nocturna que guía su producción es la apología del orden. Y allá donde ningún alfiler está fuera de su sitio, soy capaz de encontrar acomodo. Immunity es uno de esos lugares.

Tim Hecker — Virgins

Hubo otros tiempos, no estos, en los que trataba de quitarme otras vendas de los ojos. La Electrónica — en su rango más amplio y general, o sea, en su definición más vaga e inútil — se ha sumado al proceso más recientemente, pero espero que no sea la última en hacer fila. En aquellos otros tiempos me sumergía en los fértiles terrenos del Drone y la oscuridad en su más amplia gama — desde el Dark Folk hasta el Martial Industrial — . Fue entonces cuando descubrí Ravedeath, 1972 y es ahora cuando comprendo por qué juzgando aquel como un disco estupendo nunca logré conectar con él como sí lo he hecho con Virgins: le faltaba todo lo que Tim Hecker ha decidido contar este año. Virgins hipnotiza desde el Ambient que nunca lo es, porque en sus texturas cristalinas, en sus campanas disonantes, entre su sensible mural de ruido, Hecker transporta a galaxias que en su anterior trabajo sólo intuía.

Oneohtrix Point Never — R Plus Seven

Me maravilla el fenómeno fan que rodea al último disco de Oneohtrix Point Never. De entre todos los citados en este artículo, en ningún otro disco he apreciado la defensa acérrima y la glorificación constante de R Plus Seven por parte de un número no despreciable de personas de mi entorno digital cercano. Todo ello dado que Oneohtrix Point Never es, posiblemente hasta lo aquí expuesto, el artista que menos me emociona/transmite de todos los nombrados. Resulta extraño que me halle coqueteando con R Plus Seven cuando se acerca peligrosamente al terreno del sinfonismo eléctrico, de la exageración elegíaca consciente, al reverso tenebroso y electrónico del Rock Progresivo. Sin embargo, todo lo accesorio, desde sus aduladores hasta su intrigante portada, me obliga a rendirme a Daniel Lopatin. R Plus Seven es mucho más disco del que yo me puedo permitir despreciar.

The Field — Cupid’s Head

El título del trabajo invitaba a ello: ningún flechazo ha sido tan momentáneo, tan inspirador y tan cautivador desde el primer momento como el que he disfrutado con The Field. El trance de más de diez minutos que compone la mayor parte de las canciones de este disco transporta a terrenos donde lo terrenal se confunde con lo onírico. Cupid’s Head no es un disco demasiado regular y se desinfla en los últimos compases. Pero hay suficiente oro escondido entre los largos desarrollos de ‘They Won’t See Me’ y ‘Black Sea’ como para no caer rendido a sus pies. Si en Zomby son los fantasmas quienes bailan como humanos, en The Field deberían ser los humanos quienes bailásemos como fantasmas, desperdigados a lo largo y ancho de una nave industrial triste y decaída, tan decaída como la civilización, tan enigmática como Cupid’s Head, porque este es un disco para bailar y nada más.

Forest Swords — Engravings

Del folclore de lo local al folclore internacional: Forest Swords se embarca en los suntuosos terrenos de la multiculturalidad, la electrónica y la psicodelia. El resultado, lejos de un pastiche difícilmente conjugable, es un disco en el que ningún segundo está de más. Engravings es uno de los discos a los que más tarde he llegado este año, y también uno al que más vueltas le he dado. Hay algo de enigmático en la propuesta de Matthew Barnes que va más allá de la electrónica, que logra que las canciones escondidas en Engravings, porque muchas de ellas están tan escondidas que hay que buscarlas tres veces para saborearlas, crucen en mi mente una amalgama incoherente e irregular de géneros e ideas. Es exactamente las ramas doradas que envuelven la identidad de su portada, los ardides, tan bellos, que me despistan y me impiden señalar sus defectos y no sus virtudes.

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