A la milésima vez de repetir el “Get up, get up, get up. Get on up. Stay on the scene” el disco tiene probabilidades de rayarse. Cinco años más tarde de convertirse en la jukebox negra más sexual, de haber ayudado a procrear como pocos métodos de fertilidad, James Brown se encontraba ante el filete de su vida. Mantel de cuadros vichy, rojo y blanco, plato enorme de porcelana blanca. Todo en una tasca de mala muerte, lejos de esos éxitos de discos de oro, asientos vendidos nada más ponerse a la venta. Ese filete estaba crudo y sangraba. La sierra del cuchillo se deslizaba entre mantequilla. Era 1975 y se avecinaban curvas.

La apertura hacia la jam libre

A esas alturas James Brown sabía muy bien lo que era la montaña rusa del éxito. Un lustro desde el impulso de ‘Papa’s Got a Brand New Bag — Pt. 1' al primer Fun. El género ya se había ido moldeando en pequeñas canciones Pop donde la fórmula acababa siendo similar a la del Soul. El Funk vivía encorsetado, quemado ante la respuesta fácil e instantánea. Incluso los singles se tenían que cortar en dos partes para evitar sobrepasar tantos minutos (‘Papa’s Got a Brand New Bag Part I’, ‘Ain’t That a Groove’, ‘Cold Sweat’…).

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