El inesperado, intrincado viaje por la Anatolia de King Gizzard & The Lizard Wizard

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Obsesionados y ensimismados en su propia vorágine creativa, no cuesta imaginar a los múltiples y diversos integrantes de King Gizzard & The Lizard Wizard elucubrar sobre mundos ajenos y extraños repartidos por el mundo, quizá encapsulados en un tiempo del ayer donde ningún lugar del mundo, por remoto que fuera, estuviera a golpe de búsqueda en Google. Un mundo aún reinado por los Romanov y por las dinastías centroeuropeas o persas donde pueblos de la más diversa raigambre se esparcieran por las llanuras túrquicas o las montañas anatólicas. Un mundo en desaparición, un mundo antiguo.

De aquel prolífico universo de la imaginación en la que el grupo australiano parece instalado, por más que las poco creativas críticas de presente insistan en presentarlos como un mero ejercicio de Garage Rock revisitado más, ha surgido el viaje hacia Turquía y los mundos orientales de Microtonal Flying Banana (Heavenly, 2017), un disco con el expreso propósito de adecuar la música occidental al rico y a menudo ajeno mundo del microtonalismo, los intervalos musicales menores al semitono y que, a la sazón, son pasto del exotismo anglosajón.

El microtono como tal tiene un amplio recorrido en el universo oriental y en las músicas africanas o arábigas, por lo que su inclusión en el certero Blues Rock acelerado y vitaminado de King Gizzard & The Lizard Wizard puede interpretarse como un ejercicio de estilo, una profundización en las inquietudes internas del grupo o un caso de apropiación cultural con la mera idea de explotar su resultado económicamente. Sea como fuere, para su viaje anatólico e inspirado en la música de tan determinante península euroasiática, King Gizzard han hecho los deberes, y han plagado su trabajo de referencias a oscuros músicos turcos como Erkin Koray, Moğollar, Tolgahan Cogulu o Âşık Veysel (cuyo ‘Kara Toprak’ es la base de ‘Sleep Drifter’).

Como fuera que en Hipersónica aún no estamos familiarizados con el interesante universo de la música vanguardista turca, nos vemos obligados a juzgar el resultado de Microtonal Flying Banana en términos comparados a la propia carrera de King Gizzard & The Lizard Wizard. A priori, la utilización de instrumentos afinados de cara al microtono ofrece un revirado giro sonoro que, lejos de la repetitiva y machacona ‘Rattlesnake’, sí tiene un nuevo punto de innovación en su haber discográfico. Primer punto positivo.

Una excursión visitante al mundo microtonal de la música anatólica y de los vanguardistas turcos de los setenta. ¿Qué podría salir mal? A ratos, algunas cosas, especialmente cuando las canciones no soportan tanta referencia

Sucede que aquí el campo de la experimentación se reduce parcialmente a la novedad instrumental y a determinados aspectos melódicos, influenciados de forma profunda por la música oriental, rica en zurnas y bongos, pero no da el salto a la estructura compositiva de las canciones. Dicho de otro modo, a nivel rítmico, King Gizzard & The Lizard Wizard se han mantenido a sus patrones clásicos, por más que canciones como ‘Doom City’ o u ‘Open Water’ se cuenten entre sus hallazgos más interesantes (y excitantes).

Si pensamos en la clásica definición de Charles Ives del microtono, aquellas notas fantasma entre las teclas de un piano, un análisis de Microtonal Flying Banana lo coloca en el terreno de lo mundano: no cuesta encontrar a lo largo de sus canciones melodías instrumentales que no pudieran ser interpretadas por un piano, por más de la sutil producción lo-fi, bastante por debajo de los niveles de excelencia alcanzados en Nonagon Infinity (Heavenly, 2016). Aún cuando el resultado es fantástico, como ‘Nuclear Fusion’, King Gizzard parecen aquí caminar entre las dos aguas de la experimentación más vanguardista, aquella eminentemente turca, y su psicodelia habitual.

Tanto es así que una escucha obviando las influencias y las inspiraciones anatólicas, tan bella y quebrada península, Microtonal Flying Banana resultaría en otra vuelta de tuerca, si bien no especialmente llamativa, de su trayectoria discográfica. Es decir, que no es un elemento lo suficientemente central al disco como para definirlo por completo, como casi hiciera aquella tibia influencia sudafricana en el debut de Vampire Weekend. Un paseo por la Anatolia que tiene tanto de mirón como de turista, pero no de vernacular.

Con todo, hay que agradecer el órdago de King Gizzard & The Lizard Wizard, a cuyas alocadas ideas cuesta no encontrar un complaciente acomodo. Como poco, los australianos siempre plantean sus excursiones sonoras (y lo son tal, pese a que su sonido jamás se impregne del todo: Japón está muy presente en Nonagon Infinity al fin y al cabo) sin demasiadas pretensiones estéticas o intelectuales. El carácter juguetón de Microtonal Flying Banana y la honestidad conceptual de King Gizzard, más interesados en el matiz impresionista que en las grandes ideas teóricas, consiguen que el disco, pese a sus dejes (y sus cimas brillantes) se asiente en el recuerdo.

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