El pueblo quiere el funk y Kendrick Lamar se lo va a dar

Pasan los años y sigo sin comprender todas esas caprichosas conexiones que realiza mi cerebro para que a lo que un día dice No al siguiente me haga soltar un Sí rotundo. Cada uno vive como puede en su particular mar de contradicciones, yo hoy vengo a relatar una de las mías. Yo, que siempre intento mantener un cierto nivel de coherencia con mis opiniones, termino cayendo irremediablemente ante los caprichos de mi cerebro, que de un día para otro decide que Kendrick Lamar no es algo para mí y, sin embargo, se termina rindiendo a los encantos de To Pimp a Butterfly (TDE, 2015), disco con el que pasan los meses y sigue siendo uno de mis preferidos del año.

No sabría explicar de manera racional por qué no despierta nada en mi interior cuando suena Good Kid, M.A.A.D City (TDA, 2012) y con este disco no puedo parar quieto en mi silla. Por qué antes me mantenía al margen de su música y hoy Lamar me parece una de las figuras más fascinantes y relevantes de nuestros días. Está claro que no sólo es cosa mía, su reivindicación de la cultura negra ha conseguido calar hondo, hasta lo colectivo llegando al punto que la gente coree su ‘Alright’ para protestar ante la policía. Quizá por ahí anden los tiros, Lamar sabe darle al pueblo lo que quiere, lo que necesita oír. Él, un chaval salido de Compton, tiene interiorizado mejor que nadie el espíritu popular, respira como ellos y sufre como ellos.

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Y si el pueblo pide funk, Kendrick Lamar se lo dará. ‘King Kunta’ despliega ritmos espasmódicos, de pura energía y rabia con los que mover el esqueleto sin remedio. El rapero se erige como si fuera James Brown, despliega su alegato de manera incontestable, exhibiendo un enorme flow y también una garra no tan propia de un MC, sino de un maestro de ceremonias en un show funkie. No es sólo que muestre más claramente la influencia de dicho género en su música. La estampa contra tu cara. “We want the funk!”.

Él, un chaval salido de Compton, tiene interiorizado mejor que nadie el espíritu popular, respira como ellos y sufre como ellos

Los pegadizos ritmos, la manera de rapear de Lamar, su impresionante letra. Todo combinado da forma una de las canciones del año, una que no debería tener dificultades para romper la barrera del género y convencer. La capacidad del californiano para dar rienda suelta a todo su catálogo de influencias, principalmente música tradicionalmente negra, y la manera que tiene para moverse entre ellas como pez en el agua hacen de él un músico imprescindible. Por lo menos la manera en la que fluye junto al bajo de Thundercat en ‘Whesley’s Theory’ ya hace que me rinda a sus pies y deje a mi cuerpo moverse libre al ritmo que marca.

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Me encantaría profundizar más en mi mente para terminar de entender todo lo que se estimula en la misma cuando se reproduce To Pimp a Butterfly y, sin embargo, no sucede con el trabajo previo de este artista. Tal vez nunca lo consiga explicar. El trabajo de Kendrick Lamar en este disco no obedece a lo racional, sólo a lo puramente pasional, lo totalmente emocional. Todo lo que necesito está en las canciones anteriormente mencionadas, está en ‘For Free’, está en ‘Allright’, está en ‘Hood Politics’, está en ‘The Blacker the Berry’ y, por supuesto, también está en ‘i’. Da igual el momento, es un álbum que entra al instante y anima hasta a un muerto. ¿Necesita algo más un disco para convertirse en top?