Soy consciente de que lo que voy a decir a continuación puede resultar impopular, pero allá va: hay días en los que creo firmemente que el mejor disco de Belle and Sebastian es The Boy with The Arab Strap (Jeepster, 1998). Fue en aquel año finisecular cuando Stuart Murdoch acertó a componer la que sería, quizás, su última gran colección de canciones. En función de a quién se pregunte, lo que vino después oscila entre lo aceptable, lo brillante y lo decepcionante. La verdad, nunca he estado demasiado interesado en los Belle and Sebastian del siglo XXI, quizás porque aquellos que se inmortalizaron en los noventa me resultaban tan dolorosos como necesarios, tan universales como míos, propiedad privada absoluta.

¿Tigermilk (Electric Honey, 1996)? Tenía las canciones. ¿If You’re Feeling Sinister (Jeespster, 1998)? A priori, lo tenía, lo tiene todo. Sobre las trampas que esconde su laberinto emocional escribí aquí. The Boy with The Arab Strap puede ser el hermano pequeño de su primera trilogía, es posible, pero si hay un grupo donde el momento y el lugar importan, donde los condicionantes personales de cada uno son claves, ese grupo es Belle and Sebastian. A mí me han servido y me han parecido más definitivos que nunca en las canciones más reseñables de The Boy with The Arab Strap, empezando por ese relato dramático de lo cotidiano dibujado en su canción homónima y terminando por ‘The Rollercoaster Ride’, la pieza de escasos seis minutos que cierra un disco.

A esas alturas, Belle and Sebastian deberían haber llegado vacíos. ¿Qué queda por explicar tras ‘Sleep The Clock Around’, ‘A Summer Wasting’ o ‘Dirty Dream Number 2’? No mucho, la verdad. Y sin embargo, ‘The Rollercoaster Ride’.

Hey people, looking out the window at the city below
Hey people, looking out the window, full of fun and sorrow
Hey people, looking out the window at the city below
Hey people, looking out the window, you’ll be gone tomorrow

The Boy with The Arab Strap, como el resto de los mejores Belle and Sebastian, se maneja en la delicada y frágil línea que divide la tristeza de la alegría, en un estado de bajón consciente del que se hace apología sin disimulo. Estoy triste porque escucho música pop y viceversa: “Hey people, looking out the window, full of fun and sorrow”. El tempo es lento, los acordes de guitarra se deslizan con parsimonia repetitiva, la voz de Murdoch se entrelaza con la de Isobel Campbell, “you’re happy cause your cosy and the rain comes rattling in”, eres feliz porque no lo eres. La depresión se lidia mucho mejor, mucho peor con música pop. Contradicción rutinaria.

the-rollercoaster-ride

En esa rutina Belle and Sebastian se manejaban como nadie, aunque ahora se ahoguen en las tinieblas de su lado oscuro. A cada estrofa, intermitente, se entrelaza el mismo estribillo:

The rollercoaster ride
The rollercoaster ride
Of all the trouble kept her inside
Of all the trouble kept her inside

Belle and Sebastian continúan dibujando los mismos paisajes de siempre. Un paseo en autobús por lo alto de la colina, observando cómo se marchita la ciudad, una cafetería en la que resguardarse de la lluvia, una tarde sentados en el parque, bibliotecas, colegios, iglesias, edificios públicos. Geografía de tus días, sólo interrumpidos por un susurro de fondo: “The rollercoaster ride”. Subir y bajar, el ciclo patronímico de la existencia emocional que aparece y desaparece sin previo aviso en ‘The Rollercoaster Ride’. Justo ahí, al final de un disco fantástico, en el punto exacto en el que Belle and Sebastian y Yo La Tengo estuvieron más cerca que nunca. Hablando de lo único que siempre ha importado: lo incomprensible de la existencia en un mundo eminentemente absurdo que nos angustia, nos sacude y, claro, nos deprime.

La canción, que siempre navega entre lo upbeat y lo downbeat, se deja llevar al final. Para entonces, preñada de capas de instrumentos, pervive una amarga sonrisa y la sensación de sólo encajar aquí y ahora, en esta canción, en este disco y en este grupo. Solo. Sólo.

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