Decía Kendrick Lamar en una entrevista que «la experiencia habla siempre por sí misma». Lamar no canta de él en sus versos, de lo mucho que mola su flow y cómo podría derribar paredes empuñando el micro como la espiga de una espada. Lamar acude a una plasmación, casi biográfica, de vivencias pasadas para destilar un conocimiento, una emoción y una veracidad reconocida por necesidad documental, nunca por placer.

En ‘Sing About Me, I’m Dying Of Thirst’, la dilatada pieza dividida en dos actos de Good Kid, M.A.A.d City (Interscope Records, 2012), no hay otra cosa que realidad vivida. Este álbum, considerado en parte un debut formal — fue de hecho con Section.80, una colección de mixtapes lanzadas el año anterior — , contiene esa pureza que tantos añoran, ese vacío dejado por Tupac donde se dan la mano las memorias truculentas de una adolescencia azotada por la violencia con los conmovedores y abandonados valores familiares. Lamar traza un arco narrando de principio a fin uno de los episodios más oscuros de su vida. Con la calidad de un storyteller, se nos desgrana durante doce minutos pormenores de memorias tributarias, un in memoriam prometido. Porque Lamar es al hip hop de la Costa Oeste lo que Skip James al delta blues: un predicador auténtico que de nacer en otra patria podría estar cantando son cubano o country folk.

La primera parte, Sing About Me, se divide en tres bloques. La primera sección, dedicada a uno de sus mejores amigos, relata desde su propio punto de vista sus últimos minutos, poco antes de recibir tres disparos y hacerle prometer a Kendrick que su historia no quede en el olvido. Este narrador invisible escupe su desprecio al ambiente que le ha tocado vivir (this orphanage we call a ghetto is quite a routine). La segunda sección es una continuación conceptual del tema de su anterior trabajo Keisha’s Song (Her Pain), una canción donde retrataba el miedo a que una tal Keisha, antigua novia, se convirtiera en prostituta, en lo peligroso de la profesión y en cómo podría destruir su identidad. Ella, que fue violada y tratada como basura durante años, entiende que quizá esa sea la única vía para sobrevivir y prosperar. En este caso, quien habla es la hermana pequeña de Keisha, poniendo los puntos sobre las íes en una suerte de réplica ácida y ofendida. Fade out.

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A partir de los cuatro minutos y medio quien declama es Kendrick. Lamar contesta al agravio y entonces nos damos cuenta de que estamos ante un drama familiar: el homie, la ex y la chavala son hermanos, literalmente. Lo que parecía reproche banal se convierte en un enconado debate sobre valores, argumentos acerca de la valentía, el honor y el sentido de la supervivencia. El estribillo entonces se diluye, mientras una llamada telefónica de auxilio sirve de inserto. Entonces entra ‘I’m Dying of Thirst’. Lamar recapitula sobre el dolor: está cansado de correr, de luchar, de alimentar a una bestia insaciable, de la mierda de subsistir nada más que para fumar hierba, comer coños y alentar caprichos efímeros.

Sing About Me/I’m Dying es a la adolescencia lo que era Runaway a la edad adulta. En el magnum opus de Kanye West, éste batalla contra el ego en aras de derrocar el falso ídolo que supone su propia imagen. Lamar, en cambio, añora simplemente una vida mejor, a dejar de lado esa rutina peligrosa de drogas y amenazas y vivir siempre con el cañón de la pistola helándote los riñones por miedo a que acabe por helarte el cerebro. Estoy muriendo de sed sirve tanto de eje — esa dualidad presente desde el propio título del álbum donde se enfrenta el buen chico con la ciudad perversa — sobre lo relatado como sobre lo sugerido. Esa sensación de sed ansiosa cuando alguien se desangra, frente a los estertores de la muerte comulga con el deseo de recibir a Dios, de ser ungido y saciado por el agua bendita. Lamar recita, con versos suplicantes, su necesidad de salvación, de recibir al Señor y poner en sus manos el control de una existencia errática. Volviendo a Runaway: donde Kanye West hacía del Ave Fénix un Ícaro incomprendido, Lamar simplemente piensa en positivo, evocando el recuerdo más benigno, hacia lo místico. West huye y destruye, pero al final ha de rendir cuentas a sí mismo, su propio dios y juez; Lamar enfrenta, pero no se ve capaz de ser organismo redentor, no cree que le corresponda a él. Fíjense cómo en el dilatado tema de My Beautiful Dark Twisted Fantasy (Rock-A-Fella Records, 2010) Kanye celebra una boda de sangre, transformada en rito sacrificial, mientras que Lamar apela, por contra, al bautismo.

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Al final de la segunda parte, sobre el minuto 10, nos encontramos con un outro, clásica dramatización donde se recoge lo anterior a modo de sermón religioso y donde vuelve el leitmotiv. Estos jóvenes están cansados de esta forma de vida, de la esclavitud por la codicia, económica, sexual o de poder en general, cansados de correr y caer, de luchar y perder. Una canción difícil, donde conviven dos producciones — la primera parte corre a cargo de Like, del Pac Divy, mientras la segunda es obra de Skhye Hutch, de Sounwav — , dos formas distintas de entender el rap y el mismo mensaje: ellos son chicos buenos nacidos en barrios malos. Pero NO quieren ser chicos malos. Una lectura que entronca directamente con el badass de turno que, contra lo que pudiera insinuar, tiene una visión bastante deformada de la vida en las calles. Ain’t nothing fancy here.

Playlist | El tamaño sí importa

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