Visto en perspectiva, cuesta comprender por qué Los Planetas decidieron abrir Pop (RCA, 1996) con una canción de nueve minutos. No porque el grupo haya sido ajeno a lo largo de su carrera a las composiciones de larga duración, sino por el acto de dar la bienvenida al oyente en un formato tan antinatural para ellos. Super 8 (RCA, 1994) terminaba con ‘La caja del diablo’, un largo ejercicio de melancolía ahogada en ruido, claro deudor de Spacemen 3. El disco que culminaría la primera trilogía de discos del grupo, la mejor, ponía punto y final a un largo ejercicio de volcado emocional con ‘La Copa de Europa’, aún hoy redentora. Ambas rozaban los diez minutos. Pop, sin embargo, moría en las orillas alborotadas de ‘Punk’, una de sus canciones más cortas. Y, al contrario que los otros dos LP, decidía abrir su camino de forma tortuosa, lejos del himno generacional ‘De Viaje’ y de la rotundidad de ‘Segundo Premio’.

Para terminar de complicar el asunto, Pop es el disco de Los Planetas que más hits contiene. Pop es, básicamente, una fábrica de pop luminoso e imperecedero, un conjunto de cortes directos al cerebro. Y como símbolo de todas las contradicciones que aún hoy alberga el disco, de sus sentimientos encontrados, una canción poco esquemática, densa y al ralentí, entre poderosos cambios dinámicos y estallidos de épica. ‘DB’ es aún hoy una pieza fascinante que, pese a todo, representa como ninguna otra el espíritu casi fallido, errático, de Pop. Los Planetas venían de firmar un debut impresionante, perfecto, y en su segundo trabajo se pusieron en las manos del mismo productor que, dos años después, les llevaría al lugar que siempre habían soñado. Y conociendo el desenlace final de la historia sorprende aún más que Pop, dadas las canciones que contiene, pasara y pase por una tremenda decepción.

‘DB’ es parte de esa decepción relativa. Ahogada en una producción deficiente, impropia de un grupo que había sonado tan bien en su debut, una reconocible línea de bajo da paso al progresivo crecimiento de la guitarra de Florent y de la voz siempre esquiva de J, en un crescendo que se pretende eléctrico y que casi siempre resulta insuficiente.

Piensas que me entiendes
y no sabes nada sobre mí.
Piensas que me entiendes
pero no sabes nada sobre mí.

Y cuántas veces has sentido esto,
cuántas veces lo has sentido.
Y sigue todavía en tu cabeza,
sigue y no sabes cuando va a parar.

En ‘DB’, al igual que en el resto de Pop, las virtudes son defectos y los defectos son virtudes. ‘DB’ requería de un abrigo sonoro a la altura de las intenciones de la canción, posiblemente más grande, por idea y por resultado intuido, que ‘La caja del diablo’. Y para pasmo del respetable, la canción navega desnuda, a la intemperie, tan sólo equipada del armazón más básico y con miles de agujeros en el cascarón. Lo más inaudito de todo esto es que ahí está la gracia de ‘DB’: en la fragilidad de su pretendida grandeza, la misma que representan los versos de J. ‘DB’ somos todos queriendo ser impenetrables en la adversidad, duros en la debilidad, dolida impostación, mucho ruido y pocas nueces.

Esta involuntaria declaración emocional de Los Planetas encuentra continuación a lo largo de Pop pero no en el resto de su carrera, y eso hace de este disco algo tan especial como frustrante. Por un lado le coloca en un rincón muy especial de su discografía, no en el más alto pero sí en uno de los más necesarios. Por otro, y sospecho que este contra tiene más peso en la mayoría de los análisis que se vierten sobre él, le convierte en un blanco muy sencillo de la siempre necesitada imaginación del fan. No cuesta hacerse una idea de cómo sonarían canciones como ‘Aeropuerto’ o ‘8’ si la producción hubiera estado a la altura. Aún más alto, aún más importante. Puede ser. Pero quizá no tan esenciales.

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