Al principio todo era calma. Se sabía que ese estado era momentáneo, que antes o después llegaría un vendaval que desataría el desastre sin mayor miramiento. Pero al principio todo era calma. Se buscaba un momento de recogimiento, de introspección. Lejano al alegre jolgorio que llegó tiempo después. Aquello ni se adivinaba.

En 1999 el nombre de Sigur Rós ni nos sonaba. Por entonces yo de Islandia conocía a Björk, y ya menos a sus anteriores Sugarcubes. Sobre esa música de elfos, sobre el bucolismo entendido según aquella isla tan al norte, pocas pistas tenía todavía. Pero entonces llegaron ellos. Llegó este Ágætis byrjun (Fat Cat, 1999) lleno de magia. De calma y melodías tan diferentes a lo que yo había conocido previamente.

A Sigur Rós, porque convenía, dado el año en el que aparecieron (sí, ya habían grabado Von, pero seamos serios, ¿quién coño lo sabía entonces?) los colocamos en el cajón del post-rock. Por lo tortuosos de muchas de sus composiciones. Por esa combinación de calma, de capas de tranquilidad, vestidas de guitarras tocadas con arcos de violines, y combinadas con momentos de tormentas sonoras. De descargas de decibelios de rasgaban con violencia algo en tu interior. Esa etiqueta, junto con la shoegaze, se les queda corta. Tiempo después demostraron que a ellos, el simple y hedonista pop también se les daba de maravilla.

Para cuando llegaba el corte del que hablamos hoy, Ágætis byrjun ya me había enamorado. ‘Svefn-g-englar’ o ‘Starálfur’ eran ejemplos fantásticos de la sutileza con la que Sigur Rós parecían decidos a manejar nuestras almas en adelante. Ya para siempre. Obviamente, los islandeses (cantando en islandés, y consiguiendo una repercusión mediática imponente a pesar de ello) cuentan con docenas de piezas que podrían protagonizar este espacio hoy, pero nos hemos quedado con esta:

Porque ‘Ný batterí’ me parece el momento definitivo del disco. Ese que te va captando con calma en un principio en el que te imaginas tirado al sol, jugando a buscarle formas a las nubes o, simplemente, disfrutando de una jornada de la que a menudo careces. Para que después sobrevenga el aguacero sin previo aviso. Para que Sigur Rós desate un caudal, una riada de devastanción sonora que te sobrecoge, que te conduce a su merced sin que valga de nada intentar buscar un punto en el que apoyarse y librarse de la corriente. El momento que le faltaba a Ágætis byrjun para pasar del sobresaliente a la leyenda. Para dejar de ser un disco enorme, y convertirse en un disco del que hablaríamos dos décadas después.

Mención aparte merece la versión grabada en directo, presente en Inni, que confirmaba las nada meritorias sospechas que decían que ‘Ný batterí’ era un tema especialmente espectacular en vivo. Un escenario en el que Jónsi y compañía se sentirían lo suficientemente poderosos como para liderar nuestras voluntades a su antojo. El principio de un mito.

Playlist | El tamaño sí importa

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