Cuando afrontas la escucha de un disco, mejor dicho, cuando ya llevas un rato escuchándolo, te vas haciendo un esquema mental de los pros y los contras. Como a menudo estás pensando en diseccionarlo, en reducirlo todo a una puntuación tras unas palabras condenadas al scroll, dibujas un número en tu mente. A menudo no esperas ni al final para pensar que tienes la sentencia casi dictada. Y, aunque pocas veces, entonces surge algo que lo cambia todo. Un riff, un alarido, una base que te revienta la cabeza. Algo que cambia lo que pensabas hasta ese momento, y que lo hace de forma devastadora. No es que mude tu opinión sobre lo previo. Es que lo previo casi ha desaparecido.

Muchacho (Dead Oceans, 2013) es un disco excepcional. Una maravilla de principio a fin. En ese trabajo Matthew Houck, a.k.a. Phosphorescent consigue que todo cuadre. El discurso, la coherencia interna, el conjunto de canciones que también por separado son formidables… uno de esos trabajos que te pone de golpe entre los artistas más destacados de tu tiempo. Y Muchacho ya era un disco muy notable antes de la llegada de ‘The Quotidian Beats’, su antepenúltimo corte. Lo único que cambió ese tema fue convertir lo notable en inolvidable, en algo que pasa a formar parte de tu vida de forma perenne.

Creo sinceramente que aquel disco mereció un lugar mucho más destacado entre los mejores de 2013 según esta página (ocupó el lugar 37). Lo creí entonces y, con el paso del tiempo, lo creo con mayor firmeza. La guitarra de Houck, su voz quebrada, los oscurísimos coros de fondo. Cómo todo se va construyendo desde el terror hasta desgarrarte el corazón. Como los aullidos son los que se apoderan de tu alma y tu voluntad. Como cada uno de los versos te arrastra a un mundo paralelo a medio camino entre el caos, el desastre y la desinhibición sexual.

Yeah the beast came upon me, I guess it wasn’t so bad

‘The Quotidian Beasts’ es una de esas canciones que te vacía, te deja exhausto. Que debería ser el último corte de cualquier disco al que perteneciese (como si hubiese tantos que estuviesen a esa altura) porque después de ella tan solo puede venir el silencio y el recogimiento. Unos minutos de descanso, de recolocación de ideas, sentimientos, de recuperación de aliento, de parar para organizarte. Como si algo te hubiese tambaleado. Arrasado, más bien. Como si acabases de estar presente en un combate cuerpo a cuerpo del que has salido claramente derrotado. Y, sin embargo, necesitas volver a él. A la rutina. Como si se tratase de una bestia cotidiana.

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