En rigor, sería un tanto erróneo referirnos únicamente a la segunda canción de la trilogía final de Ashes Against the Grain (The End, 2006), la maravillosa pieza de orfebrería creada por Agalloch hace ya casi diez años. Erróneo, decíamos, en tanto que ‘Our Fortress Is Burning… II — Bloodbirds’ sólo tiene sentido narrativo acompañada a su vez de la introducción instrumental ‘Our Fortress Is Burning… I’ — ese redoble de la batería introduciendo la transición entre un tema y otro — y el cierre ambiental ‘Our Fortress Is Burning… III — The Grain’ — colofón definitivo, puro ruido blanco, a un disco tan gigantesco como silencioso en su espíritu — . Juntas se alargan más de 18 minutos, pero tan sólo tienen sentido hiladas por la maravillosa energía que impulsa a ‘Bloodbirds’. Es este el momento culminante no sólo de este disco sino de Agalloch, y por extensión de una miriada de grupos empeñados en imitarles. Nadie lo ha conseguido aún.

https://www.youtube.com/embed/bjZu0bektGA

En la cima de su talento, Ashes Against the Grain podría ser definido como un disco de Metal, aunque tal apelativo se le quedaría indudablemente pequeño. ¿Sobre qué rama de tan amplio espectro recaerían Agalloch aquí? Tanto antes como después etiquetarles resultaría más sencillo, pero, ¿en Ashes Against the Grain, en un compendio un tanto heterodoxo de canciones pensadas para emocionar saliéndose de los márgenes del convencionalismo Metal? Es cierto, quizá Agalloch entraron en un terreno un poco menos habitual dentro de su género para adentrarse en otro algo parco de recursos lejos del mismo. La cuestión es si esto tiene importancia alguna. Tomemos el arrebatador ejemplo de ‘Bloodbirds’: la emoción que impulsa a este disco es tan poderosa que arrasa con cualquier pero imaginable. El de los puristas y el de los recién llegados.

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Porque es en ‘Bloodbirds’ y no en otro momento del disco cuando John Haughm lo borda. La canción se inicia al ralentí, con un suave y lento punteo de guitarra que gana intensidad, matices y riqueza de forma progresiva. El tema, en su sección rítmica, se encamina hacia la catarsis en varias ocasiones, pero Agalloch se frenan con cautela en cada una de ellas. De un modo sencillo pero poderoso, ‘Bloodbirds’ crece, se amolda al tono irremediablemente épico del canto de cisne de un disco heroico, toma un cuerpo cada vez más enorme y musculado, se arrastra de forma melancólica hacia un laberinto de sangre y llamas, y sale indemne de él, más grande que nunca, para enfilar el acantilado final. O lo que es lo mismo: para dar paso a la sección lírica.

Es en ese segundo exacto, en el 3:46, cuando sucede esto:

The god of man is a failure
Our fortress is burning against the grain of the shattered sky
Charred birds escape from the ruins and return as cascading blood
Dying bloodbirds pooling, feeding the flood
The god of man is a failure
And all of our shadows are ashes against the grain

Y Agalloch pasan de ser un gran grupo a ser un grupo esencial, indescriptible, puro nervio, pura memoria y retrato de la tristeza. Desconozco cuántas veces he acudido a este instante, al momento en el que John Haughm irrumpe con la fuerza de mil demonios en ‘Bloodbirds’ para expiar los suyos propios y, de paso, los míos. Cien, doscientas, quinientas, mil. Y las que restan. Porque tal es el poder, la fuerza de ‘Bloodbirds’, que sus escuchas parecen caer en un infinito banco de niebla instalado en mi memoria, un ente nebuloso cuya existencia reconozco pero cuyas sensaciones elementales, siempre a flor de piel, se repiten cada vez que paso por su vera.

https://www.youtube.com/embed/f-0vqhH1taY

Y así, la narrativa poderosa que vertebra Ashes Against the Grain encuentra su culmen total en un estallido de singular poderío, de incomparable evocación. Nuestro dios es un fracaso porque nosotros somos un fracaso, arden las guaridas, y no hay un sólo lugar en el mundo en el que puedas esconderte de este bellísimo, cruel fin del mundo.

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