Elbow — Build a Rocket, Boys!: alcanzando la paz interior

Ya sabemos que el disco ha salido hace unos meses, pero no por que no sea estrictamente novedad musical vamos a dejar de hablar de él. Es más, si ya hemos comprobado cómo se las gastan en directo (Kaoru nos contaba que en el FIB le habían encantado), y antes de que lleguen otra vez con el Primavera Club, nos encargaremos de analizar del sucesor del Mercury Prize de 2008, el clímax, tanto para la crítica como para el público, de su carrera: The Seldom Seen Kid.

La verdad, estos meses en los que hemos dejado reposar el álbum han venido bien. Porque reconozco que las primeras impresiones se resumían en: “Menudo disco más aburrido” [esto es lo que pensaba tras la primera y segunda escuchas]. Creo que nadie esperaba bailar sus canciones, pero quizá se ha notado demasiado que se han pasado de frenada, y que, del tirón, les ha quedado un disco como un postre: ideal para tomar en pequeñas raciones, para guardar en frío, y para degustar en varios días consecutivos, pero tomado tras una sola comida empacha y empalaga. Es el reverso negativo de cuando llevas (todavía más) a un primer plano tu minunciosidad y tu delicadeza compositiva, cuando enfocas tu virtuosismo a elaborar atmósferas cálidas y evocadoras y prescindes de los arrebatos de rabia o intensidad.

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Sin llegar al barroquismo, es inevitable reconocer que es un disco que exige escuchas para apreciar su complejidad. La cantidad de detalles y arreglos por canción es exigente con el oyente, pero reconfortante cuando los conviertes en tuyos. La orquestación épica de ‘Open arms’ sería la más evidente, pero la precisión con la que despega el disco, con una ‘The Birds’ que se va a los 8 minutos, o los coros y la mandolina de ‘With love’, o los chasquidos de dedos de ‘High ideals’ serían otros buenos ejemplos.

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Son picos evidentes en el disco, relativamente bien acompañadas, y que nos recuerdan su enorme habilidad para, sin casi llamar la atención ni caer en la pomposidad o la vacuidad, su habilidad para construir canciones aparentemente sencillas, pero en la que las melodías nunca pierden su esencia, la elocuencia nunca queda en evidencia, y que maravilla sin llamar la atención, sólo con disfrutar con alma del álbum. Y, sin por ello, perder atractivo ni para críticos ni para público. Tenemos motivos para seguir confiando en ellos, aunque sea una entrega peor que la anterior. Guy Garvey oposita a voz más cálidad del “rock maduro” británico, y que lo convierten, (sé que es muy subjetivo), en la cara amable, tranquila y campechana de Ricky Gervais.

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