En 1989 ya era troll (o por qué necesitamos a un tipo como Ryan Adams)

Por si cabía algún tipo de duda, lo ha hecho: tal y como anunció hace unas semanas y ha ido contando casi minuto a minuto en su cuenta de Twitter, Ryan Adams ha reinterpretado al completo el 1989 de Taylor Swift y lo ha lanzado inmediatamente. No parece el formato crítica el más adecuado para acercarse a un título como éste (¿darle una nota? ¿En función de qué? ¿Con qué baremo?), pero una evaluación prematura (tan apresurada como su gestación) confirma lo que cabía imaginar en cuanto supimos del proyecto: es un genialidad, una trolleada, un hallazgo y una absoluta estupidez, todo al mismo tiempo. Es, en definitiva, puro Ryan Adams.

Y es, en todo caso, un ejercicio a la altura del personaje. Los que andabais por aquí en 2001 supongo que lo recordaréis: poca gente ha tenido el momentum que tuvo este tipo y poca gente lo ha tirado por la borda como lo hizo él. Después de firmar un buen debut como Heartbreaker, entregaba Gold, un título de aroma clásico y vocación comercial. En un momento en el que empezaban a aparecer brotes negros como Napster pero todavía existía una estructura de industria musical, surge una especie de Springsteen-Tom Petty de veintitantos años, capaz de ganarse el respeto de los fans de éstos y a la vez acercar a nuevos oyentes a unos sonidos cuyos primeros espadas eran los mismos desde hacía dos décadas, capaz de vender y mantener una cierta productividad. ¡Si hasta incluía una canción de homenaje a Nueva York en un disco publicado apenas un par de semanas después del 11 de septiembre! No había multi en su sano juicio que no le firmara un cheque en blanco a alguien así. El mundo era suyo.

Poca gente ha tenido el momentum que tuvo este tipo en 2001 y poca gente lo ha tirado por la borda como lo hizo él

O debía serlo, claro, porque para desgracia de Ryan Adams, siempre ha habido un tipo llamado Ryan Adams dispuesto a destruir su carrera. No le había dado tiempo aún de disfrutar de su nuevo estatus de estrella incipiente ni de los resultados del que a día de hoy sigue siendo su disco más vendido cuando ya estaba peleándose en público con Lost Highway Records por dejar en disco sencillo lo que él quería que fuera doble (16 cortes ya le parecían poco de aquella). El año siguiente lanza el prescindible Demolition (formado por descartes de discos no editados y cosas que tenía por ahí, en la encimera) y en 2003 consuma su suicidio comercial con la opereta de Love Is Hell y Rock n Roll: el sello se niega a editarle el primero, porque lo considera invendible, así que en dos semanas compone el segundo con temas que puedan sonar en la radio (como la abominable, y sin embargo tan disfrutable, ‘So Alive’) y a cambio consigue ver su proyecto inicial editado en dos EPs unas semanas más tarde.

A partir de ahí nadie logra tomárselo realmente en serio y las reacciones a sus constantes lanzamientos (con o sin The Cardinals) van desde las muecas de incredulidad hasta la más absoluta indiferencia: como siempre, lanza cortes magníficos junto a material de relleno o directamente infumable sin ningún tipo de criterio y su pose de enfant terrible que está contando varios chistes (alargados) a la vez acaba por cansar al personal, haciendo que incluso el más proclive a reírle las gracias ya no tenga ni siquiera ganas de separar el grano de la paja. Para cuando edita “su disco metal sci-fi conceptual” Orion en 2010 nadie tiene ganas ni de comentar el despropósito. Y sin embargo, nunca acabamos de librarnos del tipo porque su talento acaba empeñado en salir a la luz, especialmente cuando se está quietecito una temporada y lanza algo normal de forma normal: en esos casos se le recibe siempre como un alcohólico que cumple un mes limpio (sean álbumes más redondos, como Ashes & Fire, o pura irregularidad, como su último homónimo), aunque sepamos que siempre, siempre, va a acabar volviendo a las andadas, y vamos a acabar (otra vez) hasta los huevos de él.

Y éste, claro, es el individuo que decide publicar una “reinterpretación” de uno de los discos más relevantes de la música popular de esta década, principalmente porque le apetece y porque se lo pasa bien. ¿Que también lo hace porque no le viene mal agarrarse al nombre de Taylor Swift y ganar un poco de publicidad extra y recuperar las portadas perdidas? Bah, no creo ni que algo así se le pase por la cabeza y si es así, tranquilos, que él mismo se encargará cinco minutos después de lanzar un disco con una caricatura de Mahoma en la portada o algo así para arruinar todo lo que pueda haber ganado con esto. Su 1989, ya digo, puede parecer una genialidad o una soplapollez (o ambas), pero como ejercicio musical y como estudio casi psicológico del personaje es fascinante: porque va del espíritu troll, la boutade y el jijijaja al respeto reverencial a algo que parece descubrir sobre la marcha que admira. Pasando estas canciones por los distintos moldes-de-canciones-Ryan-Adams va probando cosas (a veces demasiadas, como en ‘Style’, a veces clavándolo, como en ‘Bad Blood’) y va haciendo partícipe al oyente de lo que se encuentra: igual que ha retransmitido la producción del disco en tiempo real, los propios temas parecen ir describiendo el pasatiempo: el fulano realmente se lo está pasando bien haciendo esto y, contra todo pronóstico, hasta parece estar sacando algo en claro.

El resultado, en fin, vale mucho la pena, no sólo por conseguir hacer un álbum de rock americano con semejante material de partida (prueba superada), sino por hacer partícipe al oyente de lo que era en principio una broma muy privada. Han pasado quince años y seguimos hablando de Ryan Adams, intentando descifrarlo y saber cuándo está hablando en serio y cuándo no: qué más pruebas necesitamos de que este tipo, si no existiera, habría que inventarlo, de que lo necesitamos aunque sea como concepto, de que todo esto es más divertido cuando está él. Vale, Ryan, ahora ya puedes sacar otros diez EPs de mierda. Ya sabemos cómo va esto.

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