¿Es Whiplash una película de hostias?

Whiplash no es una película de jazz. Conviene dejar esto claro porque luego vienen las confusiones. Sería como sentenciar que el Club de la Comedia es un concerto porque tienen banda en vivo. Y, tal vez, su lenguaje utilice las cadencias justas para resultar verosímil, pero se desarrolla en otros términos bastante más convenientes. Los principales argumentos esgrimidos en contra de la cinta de Damien Chazelle, batería frustrado y director del film, redundan en lo ficticio que resulta todo, la crueldad gratuita, el poco amor por los entornos creativos en academias de primera línea.

“Prefiero morir borracho y arruinado a los 34 […] que vivir rico y sobrio hasta los 90 y que nadie me recuerde”. Una frase de las tantas que esputa Andrew Neiman (Miles Teller), el típico idealista influenciable de clase media-alta. Una frase perfecta en su contexto que resume de manera prístina esas ganas de cambiar el mundo que siente cualquier hijo de vecino cuando se le rompe la tripa del despecho. Andrew es Ralph Macchio secándose los mocos, Rocky Balboa escalando el Everest del triunfo: si se casa con alguien será por amor verdadero, y su amor no es tanto la música como la transcendencia. Whiplash se mantiene dentro del corpus clásico hollywoodiense de héroes superando entrenamientos más crueles que la vida misma, pero esta vez desnudo de motivaciones, quitándose la zanahoria del palo, convirtiendo la música en deporte olímpico. En escalas bajas, la música suele ser un elemento conciliador; cuando se trata del éxito pocas cosas hay más rupturistas, y si no que le pregunten a las miles de bandas partiendo peras en cuanto los billetes entran por la puerta.

Andrew es Ralph Macchio secándose los mocos, Rocky Balboa escalando el Everest del triunfo

Bird (Clint Eastwood, 1988) también era una farsa en sentido documental, una deformación consciente del mito, llevando la figura de Charlie Parker al terreno más histrión y lacrimógeno. En esta Baqueta Metálica se prioriza la fisicidad del acto de tocar sobre lo que se toca, la plasticidad de primeros planos efervescentes donde la sangre se licua con el sudor, y no tanto un greatest hits de standards para vender como objeto de culto en iTunes a neófitos y despistados. No en vano la pieza troncal se llama Whiplash (latigazo, aunque en otro contexto): algo hay de “la letra con sangre entra”. En Whiplash hay mentira, bullying, suicidio, manipulación implícita… todo lo que podría decirse de un buen thriller. Los excesos inherentes del free jazz aquí se traducen en rolls interminable de caja y cada frase de Terence Fletcher es un tagline para imprimir en camisetas: el ficticio conservatorio Shaffer es el nuevo Club de la Lucha para blandengues. La virtud a través de la repetición. La disciplina como núcleo redentor.

Vayamos con la cacareada anécdota que la película cita hasta tres veces: En el ’36, un Charlie Parker de 16 añitos más puesto que Nacho Cano en aquel Homenaje a Miguel Ángel Blanco — llevaba un año esnifando heroína — estaba en un local frente al gran Jo Jones, baterista de la recién fundada Count Basie Orchestra, tocando en una suerte de jam session/concurso de talentos. Cuando se acabó su sección de improvisación, Jones tocó la campana del charles pero Parker lo ignoró; el público, mientras tanto, confundía el tintineo con el maullido de un gato. “Saquen a ese gato de aquí”, decía Stanley Crouch, no sin cierta ironía, en la exhaustiva biografía ‘Kansas City Lightning’. Ya harto, Jones tiró el charles al suelo y, entonces sí, el pájaro se dio por enterado y en la sala estallaron carcajadas. Se reían en la cara del joven poseído, pero nadie había intentado decapitar al genio que, esta vez sí, se convertiría en leyenda un año después.

De idéntica manera, el protagonista de la cinta antepone su salud y su cordura mediante un tour de force jodido que acaba en otro solo espectacular, otro de esos hit moments para recordar. Suena ‘Caravan’ de fondo, el portento de Juan Tizol popularizado por Duke Ellington. El recién oscarizado JK Simmons esboza una sonrisa y entiende que la bestia ha sido desatada, mientras pinta lienzos abstractos con los aspavientos de esos brazos de gimnasta acrobático. El exorcismo llega, como en el capítulo de los Simpsons ‘Last Tap Dance in Springfield’ — que a su vez homenajeaba a Las Zapatillas Rojas — cuando el público rompe a aplaudir, quedando la deuda saldada. El alumno ha vencido al maestro por su método; es más, a la manera nietzscheana, el alumno le ha roto el culo al maestro. Y eso le gusta.

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