Por Eduardo Lázaro

Otros tiempos y cierto olor a naftalina. Hasta cierto punto, sería comprensible que esas sean las primeras sensaciones que despierte en el común de los mortales mentar un evento tan de actualidad, por las fechas en las que nos encontramos, como antediluviano como es Eurovisión. Ese festival ideado por Marcel Bezençon, que arrancó en la primavera de 1956 y cuyo leitmotiv era el hermanamiento de los pueblos a través de la música. Eso y, cómo no, reivindicar, divulgar y acercar a los ciudadanos, en una época carente de la red de redes, lo que se cocía, cultural y musicalmente en cada país.

Mención aparte merece recordar que el nombre de Festival de la Canción de Eurovisión hace referencia a la organización matriz del concurso, la UER (Unión Europea de Radiodifusión). En ningún caso alude a algún tipo de obligatoriedad geográfica por parte de los participantes dado que se han dado inclusiones tan variopintas como Marruecos en 1980, Israel participa desde 1973, Chipre desde 1981 y este año se producirá el sorprendente debut de Australia.

Eurovisión antaño: de ABBA a Jean Jacques

Hablar de Eurovisión es hablar de las grandes orquestas y puestas en escena. Del alarde que supone la música en vivo. Del esplendor de los cantantes melódicos y las apuestas por las grandes voces. De la dulzura arrebatadora de una jovencísima Gigliola Cinquetti dándole a Italia su primer triunfo.

Hablar de Eurovisión es hablar de France Gall interpretando a Gainsbourg. O del emocionante empate entre España, Reino Unido, Francia y Países Bajos en la edición de 1969, la única celebrada en nuestro país. Hablar de Eurovisión nos lleva, inevitablemente, a ahondar en nombres como Cliff Richard, Bonnie Tyler, Nana Mouskouri, ABBA, Al Bano y Romina, los otrora buques insignia de nuestro cancionero nacional Julio Iglesias y Raphael, Sandie Shaw, Lulú, Jean Jacques y una lista que resultaría tan extensa, que no viene al caso, como reveladora: cualquier tiempo pasado fue mejor.

En un intento fallido de modernizar la puesta en escena y las propias canciones concurrentes al evento se tomó la decisión de eliminar el uso de la música en directo

Me parece mejor. Así lo creo. Con total convicción. Si algo tienen en común todos los integrantes de esta breve lista de celebridades es que ninguno de ellos vivió su eclosión más allá del fin de la década de los 80. Si algo tiene que ver en todo ello, a buen seguro, es el cambio en la normativa del festival surgido a partir de 1997.

En un intento fallido de modernizar la puesta en escena y las propias canciones concurrentes al evento, se tomó la decisión de eliminar el uso de la música en directo. 1998 marcó el canto de cisne de las orquestas en vivo en Eurovisión. Si antes el requisito fundamental era que cualquier canción susceptible de ser presentada al festival debía ser compuesta para ser interpretada por músicos en vivo, a partir de entonces, cualquier instrumento en el escenario se convierte en mero atrezzo. Vana decoración.

De un plumazo, en un concurso eminentemente musical, se saca de la ecuación un componente fundamental: esa cuadrilla de tíos talentosos que crean con delicadeza y maestría, en ese rabioso instante, la melodía que acompaña y viste a la voz. Se frivoliza con la música y se convierte en un asunto baladí. Se abre la puerta de par en par para que el concurso se convierta en una extravagante discomóvil y se abona el terreno para que mentecatos patrios y foráneos se pongan en ridículo ante millones de espectadores y ridiculicen al país al que representan.

España en Eurovisión: de Serrat a D’nash

Y en ésas estamos en España, debatiéndonos desde hace años entre el operacióntriunfismo y la imbecilidad. Entre la apuesta que supone explotar hasta límites estomagantes aquel concurso o la befa de Chikilicuatre. En el olvido queda ya que algún día España fue algo más que el ‘La la la’ de Serrat-Massiel o el ‘Vivo cantando’ de Salomé. Que tanto nuestro país como el resto trataban al concurso con el respeto que merece ser tratada la música como expresión cultural. Pasaron los tiempos en los que se enviaba a un siempre digno Peret a defender, con su guitarra española, el ‘Canta y sé feliz’. O a un Raphael, en plenitud, con el inolvidable ‘Yo soy aquél’.

Cuando Julio Iglesias se aupaba al cuarto puesto con la tierna ‘Gwendolyne’ o Mocedades pasaba a la historia con el archiconocido ‘Eres tú’. A ese mismo segundo puesto que alcanzó Mocedades en 1973 se había aupado en el ’71 Karina con ‘En un mundo nuevo’. 1977 y 1978 vieron a Londres y París como anfitrionas, respectivamente, con el siempre sorprendente Micky poniendo voz al ‘Enséñame a bailar’ de Fernando Árbex en la edición a orillas del Sena y a José Vélez entonando en la ciudad del Támesis el famoso ‘Bailemos un vals’ compuesto por los Dúo Dinámico.

Podríamos seguir enumerando apuestas meritorias como las de Betty Misiego en el ’79 o la de Bravo con su ‘Lady, lady’ en 1983. También se dieron apuestas fallidas durante las décadas de los 60, 70 y 80, pero si podemos hablar de un apagón definitivo sería a partir de 1995. Atrás quedaban ya los meritorios resultados de Sergio Dalma y Azúcar Moreno, cuarto y quinto respectivamente, con ‘Bailar pegados’ y ‘Bandido’. Anabel Alonso registró un segundo puesto en ese año 95 con ‘Vuelve conmigo’ y, a partir de ahí, la nada más absoluta.

Veinte años de ausencia total de apuestas innovadoras y talentosas. Ningún atisbo de atención por parte del público patrio o extranjero. Veinte años jalonados por nombres vacíos de intérpretes que a nadie dicen nada como Antonio Carbonell, Lydia Rodríguez, Beth, Rosa, Ramón — y otros triunfitos del montón — , Son de sol, Lucía Pérez o D’nash. Veinte años de intérpretes que más bien dicen poco como Mikel Herzog, Serafín Zubiri, El Sueño de Morfeo, David Civera, Daniel Diges, Las Kétchup o la propia intérprete de la edición pasada, Ruth Lorenzo. Y, cómo no, la calzoncillada aberrante que supuso aquél subproducto televisivo llamado Rodolfo Chikilicuatre al cual le pagamos la juerga con el único objetivo de hacer el imbécil, sin paliativos.

Mañana sábado, día 23, tendrán en sus pantallas un espectáculo que si bien un día fue cúlmen y una de las pocas maneras de llegar a las canciones que se hacían más allá de las fronteras, hoy torna en un espacio agostado y trivial, abrumado por esa red que sirve en bandeja y con suma inmediatez la cultura y la música de cualquier rincón del mundo. Un espacio en el que, más allá de la frialdad de los números de una tabla clasificatoria, cuesta encontrar una propuesta que pueda trascender, que pueda divulgarse y significar algo una vez bajado el telón de la edición de turno.

Eurovisión es ahora un espacio en el que, más allá de la frialdad de los números de una tabla clasificatoria, cuesta encontrar una propuesta que pueda trascender

Y, aun así, del mismo modo que a veces pasa una estrella fugaz, a veces surgen lugares para la esperanza, actuaciones como la de Holanda en la pasada edición.

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