Hay gente a la que pillarle la aguja de marear roza lo imposible. Intentas leer entre líneas, buscar un gesto, examinar el lenguaje no verbal, pero nunca consigues saber lo que piensa, lo que siente, si habla medio en serio o medio en broma. Entonces creas teorías sobre lo que quería decir cuando dijo Diego. Como si llevasen una máscara, un disfraz eterno. Como si su vida fuese todos los días una fiesta de Halloween, un rollo oscuro lleno de calabazas. Y le das vueltas a si el concepto de esa oscuridad que los envuelve puede llegar a tener algo que ver con la calabaza. Con cualquier planta cucurbitácea, en realidad. Y, al final, acabas perdiendo cualquier amago de conexión con la realidad que en su día existió. Simplemente, no le pillas la aguja de marear, y te empuja con él a la pérdida de cordura.

Saint-Malo, Fernando Alfaro, las calabazas y otras historias

Las letras de Fernando Alfaro llevan asumiendo un rol distintivo desde sus primeros tiempos en Surfin’ Bichos. Nadie cantaba lo que él cantaba, ni como él lo cantaba. Ahora, en el segundo tema de Saint-Malo (I*M, 2015) te habla de que, sin tener ni puñetera idea de por qué, se le viene a la cabeza la palabra “cucurbitácea”. Entonces tu cabeza juega a intentar adivinar lo que a él se le pasaba por la suya cuando repetía una y otra vez esa palabra. Como si el universo de Alfaro no pudiese, simplemente, dejarse llevar por un azar sin significado secundario. Como si supiésemos alguna vez qué quiere decir. Como si pudieses adivinar el sentido de lo que fabrica ese cerebro.

Tras una gira recordando su debut con Surfin’ Bichos, del que el año pasado se cumplía un cuarto de siglo, y de recuperar para los nostálgicos a Chucho en un buen puñado de conciertos por la geografía española, a Fernando Alfaro le tocaba sacar disco en solitario. Se trataba de su primer material tras el genial La vida es extraña y rara. Alfaro había dado un paso hacia el rock de autor más maduro y pausado, alejado de estridencias pasadas, y lo cierto es que el rendimiento había sido mayúsculo, por lo que cabría esperar un paso continuista. Pero si hay gente a la que pillarle la aguja de marear es difícil, a Fernando Alfaro ni te imaginas. Saint-Malo es un paso nuevo. Como si negro y blanco quedasen atrás, y ahora sólo existiese el gris. Da la impresión (nada corroborada, y seguramente incierta), de que el albaceteño tenía unas cuantas canciones preparadas, en la línea de su disco anterior, pero que recordar a Surfin’ y Chucho recientemente prendió una mecha de crudeza que parecía olvidada.

Saint-Malo: un pasito p’alante, un pasito p’atrás

Con todo, y conteniendo este Saint-Malo lo mismo de siempre cuando firma Alfaro: grandes historias con forma de canción, sitúo a su último disco un par de escalones por debajo del anterior. Empieza con su adelanto, ‘Velero’, que cumple correctamente su función, abrazando una electrónica poco habitual en Alfaro, pero dejando hueco en el estribillo para las guitarras de siempre. Un inicio que deja lugar a esa faceta del rock de autor que últimamente era más marca de la casa, y el asalto de las cucurbitáceas y paseos fineses de ‘Saariselkä Stroll’ o a cómo se nos escurre la vida entre los dedos con ‘Tempus Fugit’. Esa pausa es la que predomina en Saint-Malo, vals bizarro incluido, ‘Bonita festa, ¿verdad?’.

7.1/10

Sin embargo no escapamos de la rabia de antaño. Esa por la que creemos que algo de los inicios de Surfin’ Bichos y Chucho se ha colado en Saint-Malo. Desde la efervescencia lo-fi de ‘Arrancando las vías’, con esa fascinación de siempre por lo subterráneo, por la muerte, la sangre y la suciedad, acabamos llegando a un sendero de pop más desenfadado en ‘Pijama de fantasma’ o de demoledora pujanza en ‘Se aniquila piso’ y sobre todo de ‘La luna aplastada’, que te transporta veinte años atrás de un plumazo. En total, el sumatorio de Saint-Malo es el de siempre: muy bueno. No hay canción de Alfaro que no contenga una letra fantástica. Nunca escuchar una canción suya puede ser un acto protagonizado por la pasividad. Y sí, tras decenas de escuchas me sigue faltando un punto que me acerque a ese enamoramiento que todavía me une a La vida es extraña y rara. Pero acabo abandonando Saint-Malo convencido de que no tardaré en volver a él. Que, con los tiempos que corren, es algo que pienso de muy pocos discos.

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