El FIB 2011 llegó a su fin. Una semana de actividades y cuatro días de festival oficial cerraban con un cartel en el que las coincidencias volvían a hacer imposible disfrutar de todo lo que hubiéramos querido. Portishead frente a Hidrogenesse, Arcade Fire a la vez que Tinie Tempah… Un cúmulo de despropósitos que te dejan con ganas de más y preguntándote si has elegido bien.

Porque éste ha sido el FIB de las elecciones y de las carreras de un escenario a otro para llegar a tiempo al foso de fotógrafos, o simplemente para atisbar desde la lejanía a ese grupo que estabas deseando ver y del que sólo has podido escuchar el final del concierto. En cualquier caso, el último día se hizo especialmente complicado, aunque todo mereció la pena cuando llegó la armada americana lista para poner el broche al festival.

The Coronas from Ireland

Foto | Fiberfib

The Coronas from Ireland abrieron el escenario Maravillas con una de las propuestas más interesantes que se han dado en el festival en el horario de tarde. Pocos grupos de los que podemos englobar en la categoría de rock indie han sonado con tanta fuerza y entereza como estos chicos de Terenure.

A pesar de los problemillas que surgieron debido a la coincidencia del nombre de la banda con la de Los Coronas y que imposibilitaron en gran parte la parte de promoción y publicidad, el público que se dio cita para disfrutar de su rock directo, inmediato y tremendamente atractivo no fue escaso, y pudieron disfrutar de los temas de sus dos discos, Heroes or Ghosts y Tony Was An Ex-Con. Otro de los grandes descubrimientos del festival.

Antònia Font

Mi personal prueba de fuego la pasé con Antònia Font. Como bien sabréis quienes seguís este blog, rara vez me adentro en este tipo de música, que suelo dejar muy a gusto a Koala y compañía. Sin embargo, cual intrépida reportera Gustavo, me decidí a lanzarme a la piscina y echar un ojo a lo que se cocía en el escenario Fiberfib.com.

¿Y qué me encontré? Muchos auténticos incondicionales de la banda — muy reconocibles por el atuendo — y un montón de gente pasándoselo teta al ritmo de la banda de Pau Debon. Su concierto fue un no parar de pop entretenido y socarrón, con unas tablas envidiables, fruto de la cantidad de años que esta gente lleva pateando escenarios arriba y abajo.

Catpeople

Y con Catpeople regresé al escenario Maravillas para no volver a moverme. De esta decisión salieron perdiendo Tinie Tempah, San León e Hidrogenesse, los tres grupos que coincidían en distintos escenarios con los que actuaban en el grande. No sé si me equivoqué, pero como ya os he dicho, aquello estaba impracticable, sobre todo a partir de las 10, para ir de un lado a otro e intentar probarlo todo.

Pero a lo que íbamos. Catpeople llegaban con su nuevo disco, Love Battle, debajo del brazo para hacer vibrar a su gente. No sólo éste, sino que también sus anteriores trabajos, más intrincados y oscuros, tuvieron su espacio en las tablas. Es increíble cómo el sonido de estos vigueses se ha ido haciendo cada vez más propio, íntimo y distintivo en una escena en la que lo complicado es llegar a ser único y genuino. Después de escucharlos en directo, está claro que se encuentran en el camino a seguir.

Noah & The Whale

Foto | Fiberfib

Noah & The Whale supusieron un contraste bastante notable con respecto a sus predecesores gallegos. Y es que esta banda lleva el optimismo y el buen rollo por bandera, con un sonido tremendamente alegre… y para mí, tremendamente cargante. No es que sea Beth Gibbons, pero a mí tanta felicidad me terminó saturando y haciéndome desear que llegaran de una vez Portishead para desengrasar un poco.

Su concierto, además, fue especialmente breve, y teniendo en cuenta lo que venía después, no entiendo su colocación en ese escenario y precisamente en esa hora. Aunque tampoco entiendo cómo pusieron a Portishead en ese escenario y precisamente a esa hora. En fin, Noah & The Whale propusieron uno de los conciertos más sosos del festival, con diferencia.

Portishead

El primer plato llegó con Portishead, de la mano de una magnífica Beth Gibbons, poseedora de una sensibilidad descomunal que transmite a cada segundo y con una voz que llega hasta los huesos. Independientemente de que fuera un concierto para uso y disfrute de sus iniciados — conozco más de una persona que fue a ciegas y terminó deseando un desorden estomacal para salir del asunto -, es innegabale que Beth Gibbons es una maravilla de cantante.

Su estilo interpretativo, de una estaticidad corporal exacerbada que sólo modificaba para dar la espalda al público en las partes instrumentales, estuvo lleno de matices emocionales, hasta el punto de dar la sensación de estar haciendo las estaciones del via crucis con cada canción.

Una atmósfera brutal se fue creando poco a poco con cada tema del setlist, apoyada enormemente en la parte instrumental que contó con un gran soporte electrónico en directo. El público parecía en trance, y es que era imposible bailar o disfrutar físicamente de alguna manera que no fuera quietos, admirando a la particular divinidad que se había subido al escenario y que, cual Euterpre rediviva, cautivó a cuantos estábamos allí reunidos.

Arcade Fire

Y llegó la apoteosis. Ingenuamente, muchos creímos que por ser el último día del festival, y por haber tocado ya The Strokes y Arctic Monkeys, a quienes creíamos con más tirón que la cita del domingo, el escenario Maravillas estaría más liberado de lo que venía siendo habitual. Menuda estupidez.

El público ya se había acomodado en Portishead, pero tras su concierto y durante la posterior espera de cuarenta y cinco eternos minutos, la gente se aglomeró como en pasadas ocasiones, si no más. La parafernalia que Arcade Fire necesitaba en el escenario para sus ocho miembros simultáneos en escena requería una preparación meticulosa. Poco a poco, la escena fue cobrando vida, con un cartel de luces de cine tipo años setenta en el que aparecía el nombre de la banda y el de su último disco, The Suburbs. Y cuando los canadienses salieron ante su público y sonaron las primeras notas de ‘Ready To Start‘, se desató la locura.

Arcade Fire cuentan, a día de hoy, con uno de los mejores directos del rock a nivel mundial. Y la responsabilidad de esto recae directamente en la fuerza descomunal que tienen sus integrantes. La primera fila contó con Butler rodeado de otros cinco de los integrantes de la banda, que fueron quienes realmente pusieron toda la carne en el asador. No nos vamos a engañar, a estas alturas está demostrado que Butler no es el showman que necesita todo grupo como cara visible, pero al menos lo sabe y se rodea de quienes verdaderamente sacan al grupo adelante en directo.

La fuerza que destila Arcade Fire en un escenario es una auténtica oleada energética que se contagia a cuantos estén viéndolos. No se alcanzó la vorágine desatada con The Strokes, quizá tampoco con los más moderados Arctic Monkeys, pero no dudo que los que estuvimos allí disfrutamos incluso más que con estos otros dos conciertos. Porque Arcade Fire se tiraron un órdago empezando con el tema más potente de The Suburbs, para reducir las marchas durante la parte central del concierto y volver a subir en el último tercio. Allí vimos temas de Neon Bible, como el indispensable ‘No Cars Go‘, que encendió al personal como quien tira una cerilla a un barril de gasolina.

Sensacional Règine Chassange, que se marcó unos cuantos temas en solitario, como ‘Haiti’, donde brilló como una majorette capaz de meterse a la gente en el bolsillo con su originalidad y su espontaneidad. Es el contrapunto divertido y fresco de Butler, a pesar de que intentó conectar con el público anunciando que con este concierto cerraban su gira. Y vaya si lo consiguió.

El concierto de Arcade Fire, a pesar de no ser el último, fue el broche perfecto que necesitaba el FIB 2011. Saltamos, cantamos, gritamos, bailamos… Nos desatamos y nos divertimos como debe hacerse en un concierto, sin pensar en absolutamente nada más que en disfrutar. Pocos, a día de hoy, logran algo que parece tan fácil pero que en realidad es todo un reto, y que debería ser el desafío de cuantas bandas se suben a un escenario.

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