Fisherman’s Horizon — Worlds That Never Were

Decía el poeta Giacomo Leopardi “la paciencia es la más heroica de las virtudes, precisamente porque carece de toda apariencia de heroísmo”. Y abro con el viejo recurso de la cita popular porque, cuanto más escucho el disco Worlds That Never Were (2015, autoeditado) de los patrios Fisherman’s Horizon, más claro tengo que estoy ante un ejercicio de enorme paciencia y virtud. Paciencia porque a ver cómo dices hacer música basada en bandas sonoras de videojuegos sin caer en el esperpento, en el ridículo del pajero encerrado en su cuarto llevando su amor nerd hasta tasas insanas. Paciencia también porque es prácticamente inabordable desarrollar un proyecto de tamaña característica y no tropezar y quedarse en el anecdotario, el juguete in media res. Y virtud por la consecuencia, porque aunque todo lo anterior parezca hábitat común, este ejercicio es un ejemplo de amor a dos disciplinas nunca opuestas: música y videojuegos. O dicho de otra manera, el disco de estos cuatro zumbados — Álex, Matas, Iván y Pablo — se eleva muy por encima de cualquier prejuicio, con método y rigor creativo.

‘Worlds That Never Were’ es un disco meta

Worlds That Never Were (WtNW en adelante) es un disco meta, plagado de referencias conscientes en su genealogía. Igual te cuelan un guiño al Immigrant Song de Led Zeppelin en Psynergy, esa introducción que sirve de sinergía entre decenas de melodías del clásico de Camelot Software Golden Sun — y secuelas — , que se atreven a imitar el Take a Look Around de Limp Bizkit, partiendo a su vez de la melodía central de Misión Imposible II, que a su vez compuso el argentino Lalo Schiffrin. Y esto, atentos, en un tema basado en las armonías centrales de ‘The Decisive Battle’ (de Final Fantasy VI) y Fighting! (de Final Fantasy VIII). Cuando WtNW se pone agresivo suena a la mejor etapa de Symphony X y, cuando vuelven a la contrapartida más experimental, a rock progresivo de alta factura, a los años dorados de Spock’s Beard y The Flower Kings. Lástima que la producción no vaya en consecuencia.

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Las canciones de Fisherman’s Horizon en realidad utilizan el videojuego como andamiaje, como zona común donde sacar a pasear diferentes apetencias y mucho cachondeo. Su verdadero músculo está detrás, o justo delante si me preguntan, en unos arreglos elegantes y plagados de buenas ideas, y en una mentalidad compositiva propia de verdaderos artistas y no imitadores, bandas tributo o cualquier eufemismo que separa al grupo que empiezan tocando temas ajenos de los que optan por obras propias. Diría, de hecho, que los once temas que componen WtNW deben muy poco a los originales y pueden ser consideradas de facto canciones propias y únicas.

Merry-go-rain, por ejemplo, apela al Jem Godfrey de Frost* más esquizoide, emulando en parte la estética transmedia y vistiéndose de un humor autoparódico bastante habitual. Aquí el asombroso dominio de la síntesis digital de Álex Garcigregor fagocita en parte el sentido de la banda: sirviéndose de ‘Storm and Lost Woods’, tema del Legend Of Zelda: Ocarina Of Time, los teclados viajan a terrenos inhóspitos, cercanos a la banda rusa The Gourishankar o a la experimentación con samples típica en The Residents. Una locura a veces incómoda pero siempre interesante en un sentido estrictamente musical.

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Recuerdo como, hace quince años, un fan pureta de Genesis me dijo que la música que estaba escuchando — la OST de Final Fantasy VIII y el tema The Extreme para ser precisos — era eminentemente sinfónica y progresiva, y con la sonoridad adecuada esos MIDIs cobrarían una dimensión veraz, fuera del cachivache de acompañamiento. Fisherman’s Horizon se sabe conocedor de esta retroalimentación — y pocas veces aquello que suena de fondo es sólo ambiente y no parte activa de la experiencia — , recombinándolas con la arquitectura espacial de Ayreon y la grandilociencia de Dream Theater. Hacen realidad una ficción: que todo ese rock japonés que el propio Nobuo Uematsu llevó del estudio al estadio por medio de su banda The Black Mages sea, como mínimo, un rock de calidad; y que toda esa música de videojuegos es, ante todo, música de calidad.

Toda esta música de videojuegos es, ante todo, música de calidad

El ejemplo más notorio se da en Madness in Dreamland: algunas de las melodías más reconocibles de Kirby’s Dream Land teñidas de una capa black metal, pullas intencionadas a las vuvucelas de Inception, ritmos dubstep sobre armonías Castlevania, pianos lánguidos precediendo interludios punkies, escalas armenias arropadas con líneas de bajo propias del klezmer… para resolverse en estallidos eurotrance y gamberradas chiptune. Este constante riesgo donde ellos se lo pasan mejor que tú los posiciona en la vanguardia mano a mano con los franceses Pin-Up Went Down o los canadienses UneXpect. Pero el logro aquí es adicional: los madrileños saben cómo fundir este paroxismo de ideas, este viaje catártico, en algo verdaderamente eficaz y no mero chascarrillo. Varios miembros de bandas hermanas — a saber: Obsidian Kingdom, Cheeto’s Magazine o Moongardening — no han querido perderse a la fiesta y se han unido a ella.

https://www.youtube.com/embed/KpbuejNJfKg

Es fácil adivinar que detrás de Worlds That Never Were hay cientos de horas de poner y quitar, de mezclar y producir con herramientas remotas y limitadas, de sacrificar y exceder y, sobre todo, de divertir y divertirse sin ridiculizar a las obras que emulan. Y esta es una de las formas de amor más puras. No es la calidad instrumental o la aptitud técnica aquello que justifica o dignifica este superávit convulso de músicas, sino el evidente poso afectivo subyacente en cada ritmo y cada nota. En Cosmic Memories, por ejemplo, — basada en Red XIII Theme, Cosmo Canyon y Great Warrior, ambas de Final Fantasy VII — la devoción con la que las notas originales se ejecutan alcanzan una nueva dimensión, superando a la original en cometido e intención. Un trabajo envidiable, endemoniado, que aglutina algunas de las más bellas sinfonías del videojuego japonés — especialmente el tema Last of the Cetra, una lección de cómo llevar el ‘Aeris Theme’ tan lejos como una floydiana imaginación deje — y las regurgita de la mejor manera posible: renovando, reconstruyendo, actualizando.

8,1/10

La clientela que escucha con asiduidad BSO’s de videojuegos tiende a ser un grupúsculo pequeñito, más aún el nicho endogámico y pestilente de ciertos estratos de rock progresivo, pero de alguna forma Fisherman’s Horizon han logrado desprenderse de este hándicap aunándolos en un paradigma de buena salud, comedia incidental y libre de horteradas. Y, qué queréis que os diga, yo celebro esta osadía.