Nunca se llega tarde a Fito Páez. Su música, siempre atemporal al mismo tiempo que innovadora, posee la habilidad de convertirse en clásica a pesar de buscar la diferenciación. Por eso el electro y el pop de ‘Mariposa Technicolor’ suena tan alegremente rompedor, por eso El amor después del amor cumple tantos años (veinticinco, que se dice pronto) pero ya pertenece al género de los imperecederos.

Todas las mujeres

A pesar de que el rosarino lleve años modificando su temática huyendo de un posible encasillamiento, Páez destaca en escribirle al amor; o más bien, a los amores. Porque, sin miedo a exagerar, ha tenido casi tantas mujeres como discos, o viceversa. En el Fito que nos llega ahora resuenan Spinetta y Cerati, y tienen cabida todas las mujeres que pasaron por la vida de un hombre que ante todo, fue feliz.

Aunque todo ello junto no nos basta (nunca nos basta). El último invento de Fito Páez no se puede considerar del todo certero. Porque dentro de todo el conjunto no basta si no sobresale el animal escénico que siempre ha sido el prolífico genio. No obstante, Yo te amo se aleja de lo que curiosamente le ha alojado entre los históricos de la cultura popular argentina.

Y es que a lo mejor a sus 50 le apetecía hacer un repaso de su vida; entre su actual pareja, sus hijos y su historia musical. Se pone ochentero cuando quiere, beatle cuando lo necesita y autorreferencial en ocasiones (¡faltaría más!).

Aquellas canciones que hablan de amor

El disco en sí no termina de cerrar la cuadratura del círculo que otras veces ha conseguido. En la música todo consiste en un truco de magia, en crear ilusiones para que el espectador se quede embobado escuchando el disco, el concierto. Y Yo te amo pierde fuelle y termina siendo un auténtico suplicio ir terminando el disco. De hecho, existe el mal deseo de que termine para volver a los clásicos. ¿Es culpa de tanto trabajo reciente, tantas sensaciones juntas? Podría ser. O que escribir canciones sobre el amor/desamor y las relaciones fallidas llaman más la atención que componer a los hijos adolescentes.

Pero no nos vayamos por las ramas, ya que también quedan canciones brillantes como ‘Ojalá que sea’, donde por fin aparece la luz del disco. Y Julia (Mengolini). Todas las ilusiones de comenzar un proyecto nuevo condensadas en una canción, incluso recordando que con la sencillez de algunas letras y unos pocos acordes se puede realizar una gran composición.

El disco cierra con ‘La velocidad del tiempo’, un bello homenaje a Gustavo Cerati y a su concierto del 92. Que ojalá todo el mundo recuerde a Cerati, porque seguirá vivo para siempre.

Visto lo ocurrido en su historia reciente, y más tras este disco, deben de quedar tantos fitospáez como el rosarino aguante. En eso nada ha cambiado. Le queda por lo menos otra media vida y algunos sanvalentines rotos.

6.5/10

El autor rosarino es uno de los grandes genios de la música contemporánea argentina y lo será siempre. Pero ser tan prolífico a veces tiene sus consecuencias, y esta vez no llega a alcanzar las cotas de brillantez que en otras ocasiones (tantas) sí lo hizo.

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