Me sorprende y mucho la división de opiniones que ha generado un disco como Sonic Highways (RCA, 2014), un álbum considerado por todos como el típico disco de Foo Fighters pero sobre el que unos y otros han venido mostrando opiniones contrapuestas, opiniones que no hablan desde el extremo pero que sí anteponen sentimientos opuestos como diversión y aburrimiento y otros matizables como coherencia y displicencia.

Y digo me sorprende pues siendo yo poco sospechoso de seguir fervorosamente a la banda de Dave Grohl, he de reconocer que he disfrutado de Sonic Highways estas dos últimas semanas, lo mismo que lo hice con Wasting Light (RCA, 2011) o con Echoes, Silence, Patience & Grace (RCA, 2007). ¿Me coloca esto en tierra de nadie frente a la recepción de uno de los discos más esperados de este 2014? Permitidme el atrevimiento pero creo que no, me coloca precisamente en el lugar en el que Foo Fighters han pretendido colocarlos a todos frente a su octavo álbum, frente al disco con el que celebran sus 20 años de carrera. Sonic Highways es una especie de autohomenaje en el que aparece todo lo que es, ha sido y será la banda comandada por Grohl, es un alegato de amor al Rock proviniente de un país como Estados Unidos, es el regalo sincero de un artista que ha convertido en suya la guerra por defender la salud del Rock en sus años más difíciles. ¿Está el resultado a la altura de sus promesas? Eso creo que es otra cuestión.

Sonic Highways: autopistas sonoras que dibujan un mapa subjetivo de la música norteamericana

Compuesto por ocho canciones grabadas en ocho ciudades distintas y en ocho estudios distintos, Sonic Highways es un ejercicio interdisciplinar que opera como paso lógico después del estreno de Dave Grohl tras las cámaras con su fantástico documental de homenaje a los Sound City Studios, el lugar donde se grabaron alguno de los discos más importantes del final del siglo pasado.

Es un disco que continúa con el alegato en defensa del Rock moderno en el que se ha convertido la carrera reciente de Dave Grohl, la defensa de la fórmula frente a la alquimia comercial que se ha venido imponiendo recientemente por culpa de esa innovación que no lo es tal y que ha acabado convirtiendo a toda banda de reciente éxito en una especie de Depeche Mode con muchas ganas de chiste pero sin ninguna gracia. Loable en la intención, como todo lo que pone en marcha el que fue batería de Nirvana, pero que cae en un error bastante recurrente en este tipo de ejercicios, el de intentar abarcar más de lo que está a su alcance.

Foo Fighters son esclavos de su propia fórmula, para mal y para bien

Chicago, Austin, Nasville, Los Angeles, Seattle, New Orleans, Washington DC y New York son las ciudades visitadas por Foo Fighters para documentar la historia reciente del Rock Norteamericano y de paso grabar su álbum codeándose con lo más granado de cada una de las ciudades, viejas estrellas o nuevas promesas. La parte documental funciona (a la espera de que la serie acabe y podamos valorarla en su conjunto) a pesar de cierta parcialidad en lo mostrado y algunas caídas de ritmo en el formato, pero en lo que respecta a las canciones Foo Fighters han acabado perdidos por momentos en su intención de enlazar su sonido actual con el tradicional de alguna de esas ciudades, dejando muestras en las que es bastante complicado defender el nexo supuestamente existente entre la canción y la ciudad a la que se referencia.

Los casos de Austin o Nasville parecen bastante sangrantes a tenor de lo que cualquiera puede conocer previamente de las ciudades, la primera ciudad fundamental, junto a San Francisco, para conocer la psicodelia hippie y la aparición del Country Outlaw y la segunda la ciudad conocida por la eclosión comercial del Country y la transformación de su vertiente comercial en un sonido domesticado al servicio de la radiofórmula y los tiburones que a bases de maletines y muestra de dientes ensangrentados han modulado la industria discográfica los últimos 40 años.

Un plano fallido que en cualquier caso nos acaba llevando a buen puerto

Es bastante lógica la crítica anterior si nos atenemos al lanzamiento y todo lo que lo ha rodeado, pero pocas han sido las voces que se han hecho eco de todo esto y muchas las que han hablado de rutina, pilotos automáticos y zonas de confort, argumentos todos que ejemplifican precisamente todo eso a lo que critican.

Alejándonos de la parafernalia, la promoción y todo lo que no tiene que ver con lo que expresamente es Sonic Highways, es imposible no reconocer que el octavo álbum de Foo Fighters es un disco divertido, quizás no tan efectivo en los estribillos ni tan “arriesgado” en la composición como Wasting Light pero que funciona en lo todo aquello a lo que deberíamos dar prioridad a la hora de enfrentarnos a un álbum de Rock de corte comercial: es pegadizo, invita a corear la mayoría de sus canciones y se pasa volando.

Sonic Highways es un disco al que no podemos sobredimensionar. Divierte, y eso al fin y al cabo es lo más importante

¿Es eso suficiente para una banda como Foo Fighters frente a su octavo disco? Por supuesto, lo contrario significaría sobredimensionar a la banda, error en el que, todo sea dicho, ha caído el propio Dave Grohl. Sonic Highways ofrece riffs afilados, tempos cercanos al Punk y lineas vocales cantadas sin virtuosismo pero con la efectividad que siempre ha caracterizado a Dave Grohl, justo lo que como banda Foo Fighters vienen ofreciendo desde que debutaron de forma homónima en 1995.

Evidentemente esto nos vuelve a dejar frente al cansino debate de las expectativas y de la posible indulgencia de algunos y la excesiva exigencia de otros frente a determinadas bandas. Permitidme me escabulla del mismo en esta ocasión pues a mi las expectativas y las indulgencias y exigencias me parecen bastante fuera de lugar cuando nos referimos a una banda como Foo Fighters, un grupo que nunca ha estado de moda pero que lleva 20 años resistiendo mejor que nadie una crisis que se ha llevado por delante a mil bandas mejores que ellos, mil bandas que no han sabido entender que el que hace equilibrios es el primero en despeñarse cuando el viento cambia de dirección.

7/10

Foo Fighters llevan 20 años haciendo lo mismo sin hacerlo mejor que el resto pero obteniendo a largo plazo más éxito que nadie. A eso se le llama constancia, humildad y trabajo, mucho trabajo. Esa hiperactividad de Dave Grohl ha acabado generando el principal defecto de Sonic Highways, pero centrarse en ella cuando su octavo álbum es, a pesar de todo, un disco bastante divertido, es quejarse de que un mapa no lleva a la salida sin darte cuenta de que estás sobre la casilla de llegada. Es imposible no perderse en un laberinto, quizás el error es haberte metido voluntariamente en él.

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