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Frankie Cosmos — Zentropy

Hay momentos en los que escuchando las canciones Zentropy (2014, Double Double Whammy) tengo la sensación de enfrentarme a un poderoso y sobrenatural ejercicio de confesión. La tranquilidad mediante la que Greta Kline desliza diez canciones de apenas dos minutos de duración cada una torna en grandilocuencia Pop en el escandaloso reverb de ‘Fireman’, el laconismo lírico de ‘Buses Slpash With Rain’ o los coros soterrados de ‘Dancing In The Public Eye’.

Se trata de la música planificada en torno a instantes: breves lapsos de genialidad fulgurante, del corazón bombeando sangre a diez mil latidos por segundo, del cerebro en un estallido de conexiones nerviosas. De todo ello y mucho más se vale el escueto, brillante y memorable debut en estudio de Frankie Cosmos, el proyecto liderado por la neoyorquina y ya citada Greta Kline.

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Breve resumen de cómo hemos llegado hasta aquí: Greta Kline no debuta exactamente con Zentropy. Sólo se trata de su primer disco profesional. Antes de él hay millones de grabaciones caseras colgadas en Bandcamp. La primera data de 2009. Pese al cliché y a lo habitualmente afirmado sobre los proyectos caseros y el Lo-fi, Frankie Cosmos ha mejorado mucho, muchísimo gracias a las técnicas de grabación profesionales.

Allí donde había poco más que ejercicios Pop de habitación, intimismo expuesto en público y detalles aquí y allá de algo que-podía-llegar-a-más hay ahora, simple y llanamente, magia. Surge de cada rincón de Zentropy y resume y mejora toda la obra anterior de Kline. Zentropy es un ejercicio de prestidigitación: tan pronto lo ves como no. Vuela y se evapora y tras su estela sólo queda la nostalgia y la necesidad de recuperar, de nuevo, canciones ya imperecederas.

Un imperio en el salón

De un modo muy parecido a Ginnels o a Coma Cinema, Frankie Cosmos se vale de referencias más o menos manoseadas — Beat Happening, el Dunedin Sound, el pop independiente británico de finales de los ochenta — para edificar su propio imperio. ¿La primera piedra de algo grande? No lo sé, pero desde luego tengo ganas de proclamarlo a los cuatro vientos cada vez que el estribillo encendido y electrificado de ‘Owen’ hace acto de presencia.

Se debe todo ello, los instantes, los recuerdos, la atmósfera irresistible de Zentropy, a la fugacidad de sus canciones. Kline parece entender mejor que nadie que vive en un tiempo prestado y sus canciones no se extienden más allá de lo necesario: vuelan entre ambientes minimalistas y cuatro retales traídos de aquí y allá. Nada está hecho para permanecer más tiempo del necesario. Lo paradójico es que gracias a ello perviven. Por pura inercia.

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Inercia: dícese, en el caso de Frankie Cosmos y otros talentos superdotado, de la incapacidad humana de detener la reproducción sin solución de continuidad de un disco. O en el caso de Zentropy: de un universo privado y personal que por arte de puro talento se convierte en el nuestro, abierto y universal. Kline, al igual que sus mentores, hace de sus propias emociones y sentimientos juveniles un lugar donde el resto del mundo pueda sentirse identificado.

8.2/10

No es frívolo y tampoco kitsch: funciona a las mil maravillas. Y no es un mérito menor, dada, por ejemplo, la deriva errónea de Hospitality. Amber Papini y Kline comparten mucho, pero sólo la segunda, a día de hoy, ha tocado la tecla exacta. Fiel a una idea de minuto y medio de duración y tan simple como un abrir y cerrar de ojos. La belleza de lo cotidiano concentrado en este disco del que sólo deberíais enamoraros y nada más.

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