Garbage, o tocar un walkman con la punta de los dedos

Hay discos que quizá no sean los mejores, pero son un documento insuperable de la época en que se publicaron, del sonido, la ética y la estética de la época que los tocó vivir, de sus formas formas de hacer y vender las cosas, de lo que se llevaba, lo que había que hacer y lo que consideraba musical(y social)mente aceptable. Discos capaces de transportarte inmediatamente a su momento de una manera casi tangible, incluso aunque ni siquiera la llegaras a vivir nunca en persona. Esta semana cumple nada menos que 20 años (ese tipo de datos que no quieres oír) el que para mí es claramente uno de esos álbumes cuando hablamos de los 90: el debut homónimo de Garbage (Almo Sounds, 1995).

Supongo que es fácil llevarse las manos a la cabeza hoy en dia al escuchar elogios hacia un grupo tan desprestigiado. Y tiene su lógica, claro: la cantidad de basura (quitémonos el chiste de encima ya) que han editado Garbage y su muy desubicada vocalista desde 1998 puede llegar a ser realmente abrumadora y la montaña de lanzamientos prescindibles (en el mejor de los casos) llegar a tapar por completo lo que fue su notabilísimo debut y su muy efectiva continuación. Pensar en Garbage es como pensar en la serie CSI: cuesta creerlo, pero en su momento fue algo muy fresco y, sí, muy importante.

Cuesta incluso pensar en la idea inicial de la banda, que fue en sus comienzos prácticamente un supergrupo de productores, algo así como unos Shellac preocupados por el pop. Butch Vig había producido en cinco años Nevermind, Siamese Dream y Dirty entre otros (asusta sólo leerlo), mientras que Steve Marker y Duke Erikson habían fundado con él Smart Studios en Madison (Wisconsin) y los tres llevaban años trabajando juntos en diversos proyectos hasta que llegó el momento del siguiente paso lógico: el montemos-una-banda. Buscaban un sonido cerebral pero chatarrero y lo-fi, coger una canción pop con guitarras, llenarla de ruido y hacerla sonar lo peor posible. Buscaban montar algo que sonara parecido a unos Nine Inch Nails con melodías.

Querían, eso sí, evitar la idea de grupo de virtuosos y, en busca del contrapunto total, se lanzaron a buscar una vocalista femenina y sin conocimientos de producción. No tuvieron demasiado éxito hasta que un domingo por la noche Steve Marker estaba viendo la MTV y allí pincharon por primera y única vez el vídeo de ‘Suffocate Me’, obra de una remota banda escocesa llamada Angelfish, que se movía entre el rock underground y reflejos de gotiqueo superficial. La pelirroja que cantaba les llamó la atención y fueron a por ella. La verdad es que Shirley Manson parecía tal cual lo que necesitaban: una vocalista carismática, atractiva y con la proporción exacta de rockera y de siniestrilla que la banda pedía. Pero lo suyo no fue amor a primera vista: la invitaron a hacer una prueba, pero resultó un desastre (cuentan que incluso les costaba entenderse por el fuerte acento de ella) y Manson volvió a Escocia con las manos vacías. Después de una breve gira Angelfish se separaron definitivamente y ella, al comprobar que el puesto todavía seguía vacante, pidió una segunda oportunidad. Esta vez sí ocurrió.

Lo de Shirley Manson y la banda no fue amor a primera vista: la invitaron a hacer una prueba, pero resultó un desastre y se volvió a Escocia

Manson fue una auténtica bomba y no es exagerado decir que fue probablemente la razón que puso a Garbage en el mapa. Icono sexual para cualquier chaval mínimamente metido en la música en aquella época y a la postre una de las figuras femeninas del rock de su década (como Skin, Kim Gordon, D’arcy Wretzky o PJ Harvey), ella cambió por completo los planes de la banda, redirigiéndola hacia algo mucho más concreta, palpable y exitosa de lo que probablemente habría sido si los tres hombres hubiesen sido los únicos que manejaran el cotarro. Lejos de figurar para hacer bonito, está acreditada como coautora y coproductora del álbum junto al resto de sus compañeros y fue un elemento clave en la creación del álbum.

Nunca fue, eso sí, una relación de iguales. “Sigo siendo una forastera en esta banda, siempre lo he sido”, cuenta la cantante en una reciente entrevista con Spin. “Soy la única chica, soy más joven que ellos, ellos se conocen desde hace 40 años o algo así… Siempre me he sentido como desplazada del centro de las cosas. [En la época del lanzamiento del primer disco] me sentía increíblemente afortunada, lo cual es normal, pero también increíblemente destructiva respecto a mi ya limitada autoestima. En el fondo no creía que tuviese ningún talento. No había escrito una canción en mi vida y estaba literalmente temblando. Me llevó como 20 años sentir de verdad que merecía estar donde estaba”. Pero fue quizá esa combinación la que funcionó, la que hizo de Garbage una banda especial, pese a ser en el fondo algo en principio tan meticulosamente prediseñado.

Sorprende también visto con perspectiva que fuese ‘Vow’ el primer single que saliera de un disco cuya grabación se vio retrasada una y otra vez por los compromisos profesionales del grupo (Vig estaba ocupado, por ejemplo, facturando megaéxitos de otro producto tan genuinamente noventas como Soul Asylum). No es absoluto una de las canciones más recordadas del grupo hoy en día, casi diría que ni siquiera del disco, pero fue en su momento la que le abrió las primeras puertas consiguiendo difusión en emisoras universitarias primero y en algunas comerciales más tarde. No es tampoco el corte cuya producción haya resistido mejor el paso del tiempo en un disco que sí se mantiene perfectamente vigente hoy en día: el arrollador comienzo de ‘Supervixen’, el ensimismamiento intensito con estribillos tan de su época de ‘Only Happy When It Rains’, el perfecto cierre con la elegante ‘Milk’ que se usaba en campañas promocionales que querían ser cool y ‘Stupid Girl’ en general, quizá su single más redondo hasta la fecha, acreditada también a Joe Strummer y Mick Jones por ese comienzo tomado de ‘Train In Vain’.

Garbage fue el disco que debía ser la respuesta a algo. El grunge había muerto (en el colmo del simbolismo, Manson conoció a la banda el día que apareció el cadáver de Kurt Cobain) y, en una época en la que el relato musical todavía tenía una estructura lineal y los acontecimientos por lo general se sucedían unos a otros, la gente se preguntaba qué vendría después, porque después tenía que venir algo en concreto. Sin necesidad de recurrir a la nostalgia de yo-fui-a-EGB, es un álbum que define como pocos su época y el momento en que salió, un álbum que con sólo escucharlo casi parece que puedes tocar el walkman en el que lo escuchaste, o en el que lo habrías escuchado de haber estado allí. Y es, todavía a día de hoy, un buen disco.

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