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Gavin Harrison — Cheating The Polygraph

Para cuando entró en Porcupine Tree allá por el año 2002, Gavin Harrison ya era uno de los mejores sesionistas de las últimas décadas. A la manera de Simon Phillips — con The Corrs, por ejemplo — , Harrison venía de trabajar con Franco Battiato, Kevin Ayers, BJ Cole, Iggy Pop, Eros Ramazzotti o Manolo García. Su versatilidad técnica, su talante sobrio y poco entregado a enfrentamientos dialécticos — aquello que provocó el despido de Chris Maitland, anterior baterista de PT — propiciaron el favor de todas las miradas: arrebató el podio de Modern Drummer a Mike Portnoy, el eterno favorito, sus libros de método empezaron a vender fuera del círculo erudito y, mientras cabeceras como Rolling Stone lo coronaba entre la élite, él se codeaba en festivales con Omar Hakim o Dennis Chambers.

El actual periodo de receso de Porcupine Tree ha servido para expandir la mente de sus integrantes y, aunque el hogar madre vive un suspenso eternizado, hemos visto a Richard Barbieri explorar el dark electro, Colin Edwin navegar en océanos art-rockeros con Henry Fool y a Steven Wilson alcanzar el cénit de su carrera con Hand.Cannot.Erase. Es evidente que, fuera del círculo experimental y puramente melómano que desarrolló junto al bajista 05Ric, Gavin tenía aún bastante que decir. Cheating The Polygraph (2015, Kscope Records) se compone de ocho piezas instrumentales que rediseñan ocho favoritas de Porcupine Tree desde un prisma totalmente nuevo, arrimándose al jazz orquestal de los años 40. Y hay algo que otorga un valor adicional a esta obra como entidad independiente: sus armonizaciones desafiantes y ricas en matices, con arreglos propios de Stan Kenton, Don Ellis o Hank Levy, en ningún momento apelan a las originales, al cover tributario, sino que trazan una línea paralela e independiente.

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El germen de este disco nació desde las tripas del excelente Fear Of A Blank Planet (Roadrunner Records, 2007), de sus sesiones de grabación para ser exactos. De aquellas se lanzó un EP de treinta minutos, Nil Recurring, agrupando algunas de las piezas descartadas para el noveno álbum pero considerado por muchos fans un disco apócrifo a la altura de los mejores. De él extrae Harrison ‘What Happens Now?’ y ‘Cheating the Polygraph’, de la que reformula su discurso a conveniencia.

Aunque la premisa es boba y desanima por su concepción simplista, el resultado está a años luz de cualquier prejuicio.

Precisamente ‘What Happens Now?’ se encarga de abrir el disco con un arpegio de oboe al que se solapan los saxos y, de alguna forma, sospechamos que estamos ante una obra mimada, diferente. El segundo corte es una hibridación brillante y densa de ‘Sound of Muzak’ más ‘So Called Friend’, la primera del disco ‘In Absentia’ (Lava Records, 2002) y la segunda parte del single ‘Lazarus’ (Atlantic Records, 2005). Con ‘The Start Of Something Beautiful’, Harrison nos trae a primera plana una canción menor de Deadwing, desarrollando un jazz fusión más pausado — aunque sin ignorar frenéticos arranques de clarinete y encuentros cinemáticos con el mejor sonido Columbia — . Hacia el cuarto corte ‘Heart Attack In A Layby’, también de In Absentia, ese aroma noire y eminentemente urbano se potencia, recordando al gran Ornette Coleman, donde incluso se permiten enlazar con ‘The Creator Had A Mastertape’ y ‘Surfer’, herencia de ‘On the Sunday of Life…’ (Delirium, 1991).

The Pills I’m Taking’, abre el segundo bloque de canciones, volviendo al ‘Anesthetize’ de Fear Of A Blank Planet. Una de las mejores y más tooleras canciones de su catálogo parece arreglada por Lalo Schifrin, llevando el motivo inicial a un slalom de disonancias, estallidos de trompetas y rudimentos rítmicos del mejor Harrison. El corte ‘Hatesong/Halo’, en cambio, opta en un primer acto por un mimbre más experimental, contoneándose incluso con el serialismo, para a continuación irrumpir con una amalgama de unísonos de saxo y tempos imposibles. Hacia el final ‘Cheating The Polygraph’ despliega la mejor artillería y con ‘Futile’, que parte de un riff jungle, nos mandan de vuelta al punto de inicio, al colapso de arpegios de oboe, timbales, campanas de orquesta y esos pequeños elementos similares a la abundancia armónica de Robert Fripp.

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Algunos de estos arreglos encajan como un standard, como si siempre hubiesen estado ahí, en la posición clásica de la canción. Hay jazz discreto, de club nocturno y humeante, hay pompa seductora sin ápice de respiro, incluso hay suficiente virtuosismo para ignorar las iteraciones originales. En manos, baquetas y pies del maestro británico, las composiciones de Steven Wilson se antojan alternativas pero no únicas, un mérito nada desdeñable. Mediante recursos percusivos como marimbas o gongs para añadir colores y texturas al espacio sonoro dibujan un mapa idóneo donde Harrison se encuentra más cómodo de que nunca.

8.5/10

La big band de Gav suena afinada, elegante, sólida y arraigada a la escuela más cool, en el swing ágil de tempos sincopados y acelerones rítmicos herederos de los instrumentistas más solventes, convergiendo con esa ola de talentos nacidos al abrigo de Snarky Puppy. Un álbum de regusto festivalero, donde la sección de maderas se entrega a cualquier exceso sin huir del groove mágico del drumkit. Y, de alguna forma, logra sortear la imitación patética de formalismos sinfónicos, ilustrando con mirada contemporánea, cercana a The Mothers of Invention o incluso a The Headhunters. Durante cinco años esta reimaginación ambiciosa fue tomando forma y gracias a dos leyendas modernas como el saxofonista Nigel Hitchcock y el bajista Laurence Cottle el sueño es una realidad efervescente. Una de las más lúcidas de sus carreras.

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