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Girl Band — Holding Hands with Jamie

De pequeño era, en general, bastante tranquilo. La mayoría de trastadas que cuento ahora recordando la infancia en comidas familiares o reuniones de amigos tienen, en realidad, a mi primo como líder del eje del mal, y a mí como actor de reparto, aunque necesario. Crecí, además, en una zona de Galicia con muchas cepas de vino. Todo el mundo elaboraba el suyo propio en casa, más allá del que se comercializaba de forma profesional. Es por eso que, además, cada casa tenía varios barriles guardados en el hogar. Una de esas trastadas que nunca llegué a protagonizar fue la de meterme en un barril y que alguien (mi primo, con certeza) lo empujase desde fuera para que me pudiese precipitar a gusto por alguna cuesta pronunciada. Me mareaba en el coche, y mi prudencia, o mejor dicho, mi miedo, me hacía huir de la posibilidad de que tanto mi estómago como mi cerebro se sintiesen recién salidos de una centrifugadora.

Girl Band: el tambaleo antes de besar la lona

Esa desazón interna, localizada en algún punto de tus entrañas que probablemente no esté descrito, es la que nace y crece mientras escuchamos Holding Hands with Jamie (Rough Trade, 2015), el debut largo de los dublineses Girl Band. Una apisonadora. Una máquina de ruido caótico tan perturbador como irremediablemente atractivo. En realidad lo sabíamos. Ya os lo habíamos contado, y también lo habíamos constatado en directo. Tocaba ser prudente y esperar al resultado en estudio, más allá de los adelantos conocidos hace meses. Toda esa prudencia y tranquilidad que le falta a ellos. Que no tienen tiempo para pararse a contemporizar y darte un minutito, y que te orientes. Girl Band son el primo que empuja el barril en el que te has metido, creyendo que vas colina abajo pero sin estar seguro, desde ese micromundo interno de aroma enólico, de si acabarás cayendo por un precipicio. Girl Band son ese primo, pero en realidad con cuatro primos que se van dando relevos en el empuje para que no tengas un segundo para coger aire.

Abre Holding Hands with Jamie la primera de muchas locuras, llevando por nombre ‘Umbongo’ (una marca de zumos, por lo visto, por aquello de seguir la línea de las bebidas), y en ese momento no sabes dónde coño estás. Si con la taquicardia del subidón previo a la trastada infantil, o con el mareo y náuseas posteriores a dar más vueltas que una montaña rusa. Y así continuaremos, sin descanso, mientras escuchamos la voz de Dara Kiely sin decidir todavía si te irrita sin medida, o si te resulta absolutamente adictiva. Llegando a la conclusión, entre martillos neumáticos y lecciones post-punk de ‘Pears for Lunch’ de que probablemente Girl Band te provoque ambas sensaciones. A la vez. Dentro de su etiqueta, Girl Band parece una de las mejores noticias surgidas en mucho tiempo. De esas cosas sucísimas pero tan disfrutables. Como llegar a casa con una sonrisa de oreja a oreja, pero con la ropa llena de porquería.

Girl Band han conseguido arrastrarnos a su locura atronadora y ganarnos irremediablemente para la causa

Llega un punto donde crees que el desquiciamiento que han alcanzado Girl Band no puede ir mucho más allá, pero nos encontramos cortes tan acatísicos como ‘Baloo’ o el incontenible y creciente delirio de ‘Paul’, una bomba interna. Un derramamiento de sesos contra una impoluta pared blanca. Girl Band han conseguido arrastrarnos a su locura atronadora y ganarnos irremediablemente para la causa. Locura, eso sí, no recomendada en absoluto para todos los públicos. Acercarse con calma a Holding Hands with Jamie puede ser un buen inicio, pero nunca será una actitud que consigamos mantener. Nos pondrá de los nervios, como esas películas en las que descubres que la butaca en la que has estado hora y media sentado amanecerá al día siguiente con las profundas marcas de tus arañazos.

8.5/10

Y es absolutamente secundario el aspecto externo de cada uno de los cortes del disco. Dan igual los 80 segundos de ‘The Last Riddler’ o los casi ocho minutos de ‘Fucking Butter’, el resultado es el mismo: una energía incontrolable. De las que apenas cave entre los surcos del vinilo. Que o lo perfora o lo traspasa, pero nunca puede quedarse quieta. Que ni quiere ser domesticada ni debe hacerlo. Una auténtica locura de disco.

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