Quién nos lo iba a decir, en Suecia hay vida más allá del post-punk. Goat han llegado para borrar de un plumazo cualquier rastro de multiculturalidad mal entendida. Decid adiós a los palestinos, olvidaos de la batucada. Abrid bien los oídos porque un grupo de misteriosos enmascarados ha decidido reivindicar la world music desde una perspectiva imposible: krautrock, psicodelia, afrobeat y música disco. No hay apriorismos ni prejuicios que valgan ante un disco tan solvente, divertido y arriesgado. Venid aquí ya.

¿Quiénes son Goat y de dónde vienen?

Todo lo que rodea a Goat es de un admirable trabajo de márketing. Es un grupo inteligente más allá de su propia música y, repentinamente, se ha hecho un hueco en el panorama británico gracias a unas señas de identidad tan marcadas como premeditadas. No hay nada dejado al azar, ni siquiera la historia de su población natal, Korpilombolo (medio millar de personas), pedanía de Pajala, un municipio fronterizo entre Suecia y Finlandia. Goat provienen del norte del norte, de los confines de Laponia, de los bosques infinitos totalmente despoblados.

La circunstancia es aprovechada convenientemente: Goat utilizan el nombre de Korpilombolo como un reclamo natural. El exotismo de su música, los aires tropicales, las máscaras y las percusiones tribales. Korpilombolo es un nombre proveniente del suomi, lengua de la principal etnia del norte de Escandinavia, pero tiene reflejos más que evidentes con, pongamos, el Congo. Plenamente conscientes de ellos, Goat, de quienes apenas sabemos nada más, se han montado la siguiente historia sobre el vudú, las gentes de Korpilombolo y su identidad musical:

La leyenda ha contado durante siglos que los habitantes del pueblo de Korpolombolo estuvieron dedicados a la adoración y a las prácticas de vudú. Esta extraña y aparentemente improbable actividad fue introducida en la zona, por lo visto, tras el viaje de un brujo y de un puñado de sus discípulos, que llegaron a Korpolombolo siguiendo un código numérico oculto dentro de sus más sagradas y antiguas escrituras. La razón que les llevó allí es desconocida, pero su influencia vudú rápidamente se instaló en todo el pueblo y por eso lo hicieron su hogar, donde pudieron practicar su oficio y pasar desapercibidos durante varios siglos.

Según añaden, ellos se limitan a recoger el legado cultural de su pueblo originario, pero nosotros sabemos que eso es simplemente un ardid publicitario y que su excelente disco debut, World Music (más tarde ahondaremos en esta redundancia), se mira en otros referentes. Eso sí, hay que alabar su capacidad para vivir en la constante sorpresa: lejos de convertirse en un grupo tribalista convencional, o en una enésima banda brillando desde el krautrock y la psicodelia, lo han aunado todo en un trabajo arrollador, divertidísimo y tremendamente arriesgado.

Es posible que haya algo de magia negra, o de vudú, para fusionar en tan emocionante experimento a bandas tan dispares como Faust, Tinariwen, Jefferson Airplane o Amon Düül II. Pero la receta no tiene nada de mística: Goat parten de la psicodelia sesentera para abrazar las corrientes experimentales de Can y fusionarlas con el afrobeat y los golpes jazz de Fela Kuti. Y el resultado no es una amalgama inconsistente de grupos, referencias y sonidos dispares, sino una bola psicodélica de una solvencia terrible, diversa y muy, muy brillante.

Músicas del mundo, venid y uníos en Goat

La world music que proponen Goat no suena a baúl de los recuerdos, ni a corrientes multiculturales contemporáneas que, de tanto girar sobre sí mismas, ya resultan mareantes y aburridas. Esto no es una base pop sobre la que se despedazan dos o tres sitares, algún djembe y arreglos de didgeridoo. Goat no se valen de la música del mundo para presentar un producto más o menos convencional, sino que parten de ella para explorar terrenos tan aparentemente dispares como el avant-folk o la psicodelia. Su utilización de la world music es honesta y talentosa, y por eso suena así de fresca.

No hay que pensar en World Music, no obstante, como un disco intrincado y difícil de afrontar. Todo lo contrario. Desde la complejidad de distintos géneros musicales, el colectivo sueco presenta composiciones adictivas capaces de conquistar el mundo. En World Music podemos rastrear elementos del heavy psych (‘Diarabi’, ‘Goatman’), de la música disco (‘Disco Fever’), del folk progresivo de Fairport Convention (‘Goatlord’) y por supuesto del pop, que está presente de espíritu en las nueve pistas que forman el disco.

Goat, además, se ciñen a la ola revivalista del krautrock y la psicodelia, que abarca bandas tan dispares como Lüger, Lumerians, Dead Skeletons o Toy, aportando puntos de vista antes inimaginables. Podemos pensar en las virtudes eléctricas de los grupos de blues africano (Tinariwen o Terakraft) o en el sentido folk de los grandes maestros de los instrumentos de cuerda malienses (Toumani Diabaté o Alí Farka Touré). La música africana sobrevuela de forma inevitable World Music, desde el tapiz que ilustra la preciosa portada hasta los propios ropajes del colectivo.

A todas estas virtudes hay que añadir un sentido rítmico sobrenatural, indisimuladamente bailable. Goat son un compendio de la música negra del siglo XX y tampoco hacen ascos al funk de Parliament o Funkadelic. Y sin embargo, no son un grupo estrictamente negro, porque buena parte de los pilares esenciales de su música están construidos con los mimbres de la psicodelia eléctrica y acústica, el fuzz y los desvaríos wah-wah, sin dejar de lado cierto deje experimental que se aprecia especialmente en el desarrollo kraut-jam de ‘Det som aldrig förändras/Diarabi’.

Goat y todo lo demás

Las voces (femeninas, por cierto) también tienen reminiscencias de los cantos de llamada y respuesta, dirigiendo nuestra mirada de nuevo al continente africano. Es la gema que completa un pastel de proporciones escuetas pero muy sabroso. Todas y cada una de las piezas que componen la tarta, además, esconden ciertas virtudes pop que estallan en la estupendísima ‘Let It Bleed’, un hit auténtico que lo tiene todo para ser una de las mejores y más exquisitas canciones del año, desde sus repetitivos y adictivos acordes de guitarra hasta los arreglos de saxo y los coros extasiados.

Porque a semejante catarata de referencias hay que añadirle el elemento fundamental para que World Music sea, no tengamos miedo a reconocerlo, uno de los discos más emocionantes del año: la diversión que parece emanar de forma sencilla y natural de Goat, como si no hubieran llegado del rincón más siniestro y oscuro de Suecia, como ellos mismos dicen, como si su espíritu, quién sabe si efecto del vudú, hubiera estado bañado durante toda su vida por las aguas del Mediterráneo. Una frescura y una química como grupo que es una auténtica bendición.

Todo lo demás ayuda. Tanto las máscaras, como la obsesión por las cabras como que, al parecer, en sus directos un hombre aparezca y clame a los cuatro vientos que él y no otro es el undécimo hijo de las plegarias vudú. Es el atrezzo seguramente inevitable a una fusión multicultural tan efectiva. Merece la pena comprar la historia de Goat si lo que adquirimos a cambio es una clarividencia de ideas musicales así de sólida. De todos modos, leyendas más grandes se han levantado en torno a mentiras más endebles, y podemos otorgar a los suecos el beneficio de la ingenuidad. Se lo han ganado.

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