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Gustavo Cerati — Amor Amarillo (1993): buscando fuera lo que no encontraba en casa

A pesar de que el paso del tiempo se ha empeñado en demostrar lo contrario, muchos consideraron la colaboración puntual entre Daniel Melero y Gustavo Cerati en el álbum Colores Santos (1992) como un ejercicio brillante pero aislado. Parecido pasaría con el primer disco en solitario de Gustavo Cerati un año después, un disco ante el que el propio solista argentino afirmó en repetidas ocasiones que no era el inicio de su carrera en solitario, sino un disco creado, ocasionalmente, fuera de las siglas de Soda Stereo y sin mayor pretensión que reflejar un momento puntual de su vida.

De improviso, y solamente unos meses después de que su banda principal lanzase Dynamo, un disco para el que el paso del tiempo ha significado el levantamiento de pasiones enfrentadas (algunos lo consideran la obra cumbre de la banda y otros el principio de un rápido y estrepitoso declive), tensiones internas en el seno de Soda Stereo (aunque Zeta Bosio acabaría tocando el bajo en la grabación del álbum) llevarían a Gustavo Cerati a cruzar los Andes y establecerse en Santiago en la escueta casa de su reciente esposa, la modelo chilena Cecilia Amenábar, quien acabaría convirtiéndose en la protagonista espiritual del álbum.

La idea era desconectar de un proyecto en el que el éxito comenzaba a hacer estragos, relajarse y componer sin mayor pretensión que dar rienda suelta a algunas ideas que solo había insinuado en Colores Santos, como decía antes, un disco mucho más importante de lo que las cifras y el impacto a nivel mundial apuntan, un disco que no solo marcaría un antes y un después en la obra artística de Cerati, sino que significaría el inicio de un ‘idilio’ con un género con el que es complicado relacionarlo, la música electrónica.

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Los acontecimientos se sucederían en lo personal para el vocalista y guitarrista argentino, por lo que lo que en principio parecía una estancia corta e improvisada, acabaría significando un aislamiento de todo lo que significaba Buenos Aires que se extendería por encima del año, siendo esta estancia y lo vivido en ella, de un impacto fundamental en lo que el oyente se encuentra en Amor Amarillo, tanto en el aspecto genérico como en el letrístico, un área en el que Cerati siempre ha dado una gran importancia al contenido autobiográfico.

Y la vida de Cerati dio un vuelco

Cuando me embarqué en esta historia de ser padre tuve la necesidad de hacer una limpieza. Fueron diez años de andar girando, y después de Dynamo vino bien colgar los guantes un tiempo. Hasta la muerte de mi viejo, en 1992, mi vida estaba programada

Dos formas de ver una misma realidad, cada una desde un prisma distinto, colisionaron frente al significado de una aventura que culminaría con el lanzamiento de Amor Amarillo. Por un lado Gustavo Cerati ya había insinuado que la marca Soda Stereo comenzaba a quedársele pequeña, primero por lo agotador de unos últimos años en los que el trío argentino se había convertido en la banda más importante del Rock Sudamericano y todo lo que ello conllevaba, y segundo porque el experimento de Colores Santos le había abierto un camino que estaba dispuesto a explorar pero constituyendo una travesía que, probablemente, no iba a ser comprendida de realizarse bajo la marca de la gran banda.

Del otro lado quedaron los fans, en su mayoría primero decepcionados por la trascendencia creciente de un experimento en el que, aparentemente, Daniel Melero les había robado temporalmente a Cerati y ante el que el líder de Soda Stereo ya no volvería a ser el mismo, y luego asustados al ver que el interesante ejercicio de Dynamo (interesante a pesar de rescatar material descartado en Canción Animal o Colores Santos), no había conseguido que su ídolo regresase a casa, sino que se había marchado con lo puesto a Santiago de Chile y, parecía, iba a volver a componer fuera de la marca de la banda bonaerense.

Efectivamente, el tiempo acabaría confirmando que Soda Stereo estaban, pasado 1993, muy cerca de una disolución que llegaría dos años después con el incomprendido Sueño Stereo, al igual que acabaría poniendo en su lugar a un álbum de una trascendencia capital ya no solo para la carrera artística de Gustavo Cerati, sino también para su vida personal.

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El inicio del álbum no dejó margen para la duda, el trío conformado por ‘Amor Amarillo’, ‘Lisa’ y ‘Te Llevo para que me Lleves’ eran toda una declaración de intenciones, Gustavo Cerati estaba enamorado de Cecilia Amenábar y el álbum iba a reflejar ya no solo la calma espiritual encontrada por el artista en Chile, sino que iba a dejar espacio para sus sueños de paternidad y de vivir de la mano con la que, hasta el momento, era la mujer de su vida. Cerati ha sentado la cabeza, lloraron muchos, sin comprender que esta estabilidad sentimental (que se quebraría años después), nos regalaría a un compositor más arriesgado, menos canalla pero probablemente más sólido de lo que se mostraría en la última placa de Soda Stereo, un disco a todas luces fallido.

Y la ‘culpa’ de todo esto la tuvieron Cecilia Amenábar y Benito Cerati.

Un curioso proceso de composición

Se vino con todo: guitarras, teclados, bajo, consola. En casa, por suerte, tenía unos parlantes, a los que se enganchó. Me tomó todo el comedor y el living, que, por suerte, estaban separados de las habitaciones. Ese disco lo hizo ahí

Tan improvisada como la estancia de Gustavo Cerati en Santiago de Chile acabó siendo el proceso de composición y grabación de Amor Amarillo, un disco sin pretensiones pero pretendidamente marcado por las circunstancias, cuestión que dota aún de más valor a la obra.

El pretendido retiro espiritual, tras un abrupto cierre de la gira promocional de Dynamo, no estuvo orientado en ningún momento a alargarse en el tiempo por encima de las 50 semanas. Evidentemente Cerati tenía en mente hacer algo nuevo, arriesgado, que le permitiese desconectar de la realidad de una banda que comenzaba a hastiarle por los corsés creativos y por la intensidad de lo vivido en los últimos 7 años, tras la vorágine generada con el inesperado éxito de Signos. Un breve lapso que llevase a una catarsis personal, a una desconexión con todo lo que tenía que ver con un entorno que le asfixiaba.

Sin embargo Cerati no tenía planeado que de lo que se presumía una breve estancia, acabasen naciendo dos vástagos, uno de nombre Benito (no pudo llamarse Lisa al nacer niño), y otro de nombre Amor Amarillo. Ambos inesperados, en cierta medida, y ambos influenciados en su gestación por la presencia o la certidumbre de la llegada del otro.

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Centrándonos en Amor Amarillo, su inesperada llegada no oculta en ningún momento el carácter improvisado o artesanal en el proceso de composición, con medios rudimentarios a pesar de contener altas dosis de efectos electrónicos, y con un desarrollo conceptual que iría evolucionando en el día a día, picoteando Cerati de experiencias personales y sonoras que fueron encontrando sitio en el álbum. ‘Pulsar’ sería un claro ejemplo de todo esto en su desarrollo compositivo y en los efectos mostrados, influenciado el compositor en todo momento por la presencia y participación de su esposa Cecilia.

Fruto de apetencias o impulsos personales el álbum se iría gestando poco a poco, en un ambiente compartido y aparentemente desordenado por el que deambulaban amigos, artistas vanguardistas capitalinos, y por el que sobrevolaba en todo momento la sombra del impulso y del capricho, decisión de Cerati de buscar la autosatisfacción que tendría su momento culminante en el desarrollo de Amor Amarillo con la inclusión de la versión de ‘Bajan’ de los míticos Pescado Rabioso, banda de su ídolo Luis Alberto Spinetta, a quien se dispuso homenajear esos días aumentando la melancolía y dramatismo del tema original y rompiendo su estructura original con un sorprendente final electrónico.

La música electrónica gana terreno

Chile tiene una onda bien techno, al menos en esa época. Muchos de los que se fueron a Alemania en el exilio, estaban volviendo o trayendo DJs de Detroit y Frankfurt

Como insinuaba en epígrafes anteriores, Amor Amarillo no sería solamente un álbum con el que plasmar una etapa personal, sino que también acabaría significando la plasmación de un proceso de experimentación, de búsqueda de nuevos sonidos que tendría su momento culminante con la etapa de Cerati en Santiago, altamente influenciada por el círculo transitado por su esposa Cecilia.

Alojados en un entorno similar a la madrileña Gran Vía, el domicilio de la pareja se convertiría en un centro neurálgico de la noche de Santiago, un entorno por el que circularían algunos de los más vanguardistas creadores de la capital chilena y punto de partida para agitadas veladas con la música electrónica como fondo, primero por la labor de Cecilia en esos años como DJ Amateur, y segundo por la propia efervescencia de la noche electrónica de Santiago, ciudad que vivía en esos días un despertar electrónico gracias al retorno de muchos exiliados que coronaría con la llegada de algunos de los DJs más importantes de escenas como la de Frankfurt o la de Detroit.

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Evidentemente Cerati solamente adaptaría parte de lo vivido esas noches en Amor Amarillo, pero todas esas vivencias tendrían un importante impacto en el álbum y en una nueva forma de aproximarse a la creación musical que tendría su plasmación en el posterior proyecto electrónico Plan V, desarrollado en 1996 de nuevo en Santiago de Chile, una vez Soda Stereo habían ‘muerto’.

Así es como Gustavo Cerati mantendría su personal querencia por la psicodelia o el shoegaze ya desarrollado en anteriores álbumes de Soda Stereo, pero le añadiría pinceladas que irremediablemente significaban tomar picotazos de discos vigentes como Screamadelica de Primal Scream o anteriores ejercicios de New Order, pero sin quitar la vista de Spacemen 3, Galaxie 500 o The Jesus and Mary Chain, bandas que son el continuo referente para el compositor bonaerense. Y todo esto en un álbum en solitario donde, paradójicamente, aparece mucho más contenido y menos histriónico de lo que se mostró en discos anteriores con Soda Stereo. Madurar tiene estas cosas.

8.8/10

Fruto de ese cocktail, de vivencias pasadas y presentes, sería Amor Amarillo, un disco imprescindible para conocer la magnitud de un artista como Gustavo Cerati, muy ligado en esencia a sonidos como la neopsicodelia o el shoegaze, pero que logró trasladar lo inabarcable de su personalidad a una obra artística que transitaría por los dos géneros anteriores, el imponente Rock de estadio de Canción Animal, y la música electrónica que dejaría su impronta en toda su obra posterior, hecho esto años antes de que muchos nos rasgásemos las vestiduras con el primer disco en solitario de Enrique Búnbury, desarrollándose una experiencia en el seguidor que los rioplatenses ya habían vivido 4 años antes. Ahí queda eso.

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