Llega un día, o mejor una noche, en que empiezas a pensar que aquellos sueños que tenías a los 18 se han ido cumpliendo. Porque sí, hay gente tiene esa suerte. Que ha ido tachando cada una de las líneas que estaban escritas en su pequeña libreta de objetivos vitales y, cerveza en mano, pies en alto sobre el sofá, se pregunta un día: vale, ¿y ahora qué?. Escribir el libro, tener el hijo, plantar el árbol, ser presentador de un programa musical en la BBC, ganar un Mercury Prize… 41 tacos y estás listo para morirte. Sacas la libreta y, al ver que no queda línea sin su consiguiente tachón, te vas a la penúltima página, todavía en blanco, y escribes “soltar las pajas mentales musicales que tengo en mi cabeza desde hace tiempo. Hacerlo como me dé la gana”.

Guy Garvey: busquemos otras metas

Igual no fue eso lo que se le pasó por la cabeza a Guy Garvey, voz y alma de Elbow, pero permitidme la licencia de imaginar así el nacimiento de Courting the Squall (Polydor, 2015), el primer disco del británico en solitario. Alejado del seno materno. Una de esas cosas que te da el poder. Si te sale mal, vuelves a la zona de confort que te da tu banda de siempre. Si lo petas, abres unas nuevas puertas al cielo. Aunque después está la otra opción, la tibia. La de “muy bien este disco, muy majo, pero vamos, no me va a cambiar la vida”. Y seguramente sea ésta última opción la que más nos hace sentir Courting the Squall. Ver a Guy Garvey navegando entre destellos de gran talento y varias raciones de indiferencia. El genio que no alcanza un resultado genial.

Empezar con el descaro de ‘Angela’s Eyes’, de corte mucho más atrevido que el que adopta Garvey con Elbow, es de gran ayuda. Intentar dar un paso a un lado, labrarse una identidad propia. Fugaz, eso sí, ya que el segundo corte, que da nombre al disco, se vuelve a acercar a lo que ha hecho Guy Garvey siempre. Con la ternura, delicadeza y grandiosidad habitual. Podríamos acusarlo de que para hacer eso, puede hacerlo con Elbow, pero no de que no haya parido un temón. El problema es que a partir de ahí Courting de Squall arranca a plazos. Como cuando estás aprendiendo a conducir y parece que todo empieza a fluir acertadamente, pero todavía pegas frenazos y acelerones de cuando en cuando. Lo cuidado de las melodías de ‘Harder Edges’, con su estupenda sección de vientos, mantiene el tipo, pero ‘Unwind’ empieza a mostrar serias dudas de poder conservar la pujanza si el camino va a ser esa tendencia a la repetición y la quietud.

6.1/10

Ejercicios de inspiración melódica y de búsqueda de límites de la paciencia que se dan, en ocasiones, juntas, como con ‘Juggernaut’, buen tema que sería estupendo de no alargarse sin necesidad real. Le cuesta mantener la tensión a Courting the Squall. En ocasiones coquetea seriamente con el aburrimiento, y luego llega el sabor añejo de ‘Electricity’ y lo perdonas todo. Te enamoras, ríes, lloras, bebes. Esa canción es una joya lo suficientemente firme como para soportar toda carga a mayores. La colaboración de Jolie Holland, grandiosa. Detalles de gran calado, pero que no sirven del todo para entender este debut como mejorable, como continente de canciones perfectamente olvidables como ‘Broken Bottles and Chandeliers’. Un disco de escucha agradable, pero que tampoco podemos matarnos en recomendar. Al final, sin evitar caer en comparaciones, Elbon molan más.

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