Está claro que Hamlet no es otro grupo más de los que pueblan el panorama musical del metal estatal y esto lo llevan demostrando desde hace lustros. Han sabido mantenerse con dignidad, ofreciendo discos que deberían estar en todas las estanterías de los aficionados heavies, navegando contracorriente y ajenos al qué dirán.

Que en 2011 hayan sido capaces de mantener el nivel en Amnesia, tras un álbum muy técnico como La puta y el diablo (Roadrunner, 2009), en el que abandonaban la etapa más amable, por definirla de alguna manera, de Syberia y Pura vida, es algo a tener muy en cuenta.

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La banda madrileña casi ha vuelto a empezar de nuevo con su último trabajo, editado por Kaiowas, sello independiente que montaron la gente que antes les había arropado en la división española de la discográfica holandesa. No ha habido tanto presupuesto, hubiera sido un puntazo volver a contar con Collin Richardson pero se tuvieron que conformar con la masterización y mezclas de Fredrik Nordström en Fredman Studios, y el disco suena como un cañón.

Las comparecencias en vivo de Hamlet han sido y son experiencias únicas

¿Qué no hay sorpresas? A estas alturas yo no quiero que Hamlet me sorprendan, y en directo nunca me han defraudado. Que no hayan explotado en ventas, algo que me temo no va a suceder, no es halgo que les afecte; sin embargo, sus comparecencias en vivo han sido y son experiencias únicas.

La noche del viernes era la de la presentación de su reciente trabajo en Oviedo, en la Sala Tribeca, en la que por cierto la ley antitabaco se la pasan por el forro. Su metal contemporáneo tintado con un barniz de hardcore ha vuelto como dijimos en la crítica de Amnesia a donde lo habían dejado en el llamado Álbum Negro, aunque su sonido es una vez más personal e intransferible.

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Era el segundo concierto de la gira y como reconoció su cantante J. Molly, el fin de semana pasado la habían abierto en Logroño, estaban pletóricos, con un subidón de adrenalina; y por eso se agradeció sobremanera la entrega de una banda que jamás me ha defraudado.

El vocalista comentó que les había costado armar el repertorio porque con nueve discos de estudio, diez si contamos ese preludio que fue Peligroso, pero creo que consiguieron agradar y convencer a todos los presentes con un set-list que picó de todos sus álbumes.

Abrieron para calentar motores con ‘La fuerza del momento’, un tema de Amnesia, del que también escucharíamos ‘Mi soledad’ o ‘Entre la niebla’, pero que el segundo tema de la noche fuera ‘Limítate’ del llamado Álbum negro (Locomotive, 2002), ya nos puso las pilas al instante.

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Los madrileños sonaron rotundos y formaron una máquina perfectamente dirigida por el guitarrista Luis Tárraga, un verdadero inventor de riffs que fue una vez más una caja de sorpresas por su inventiva. Y trajeron un repertorio en el que tuvieron cabida algunas de las canciones más importantes de su carrera: ‘Denuncio a Dios’, ‘Tu medicina’, ‘J. F.’, ‘Habitación 106’, ‘Mi nombre es yo’, ‘Egoismo’ o ‘Irracional’ fue suficiente para darse cuenta de su magnífico estado de forma.

No me extraño que pasaran de puntillas por los tres discos anteriores a Amnesia: ‘En mi nombre’, ‘Serenarme (En la desolación)’ o ‘Siete historias diferentes’, aunque de Syberia recuperaron en el bis ese hit titulado ‘Imaginé’, quizás lo más amable de un concierto muy correoso que cerraron con su último single ‘Un mundo en pausa’ y ‘Vivir es una ilusión’ de El inferno, un álbum al que ellos, y yo, le tengo mucho cariño.

Sitio oficial | Hamlet
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