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Hop Along y las canciones que contaban historias equivocadas

Siempre he mantenido, frente a la mirada reprobatoria de un sinfín de amigos y compañías cercanas, que las letras de las canciones no pertenecen a sus compositores, sino a sus destinatarios. Uno de los maravillosos aspectos de la música pop es que su mensaje siempre es maleable: la interpretación es tan certera como cada uno quiera en sus circunstancias personales e intransferibles, y, con frecuencia, su reducción a estrofas y versos sueltos de corta duración incide en su ambigüedad, permitiendo aún más y más interpretaciones. Es una situación que sólo se da matizada en otros lenguajes narrativos — el cine, la novela, el teatro — donde, a veces, malinterpretar su mensaje de fondo puede conducir a horrendas equivocaciones.

Ante a la música, nunca se está equivocado.

En este proceso, de compleja explicación pero muy simple resolución práctica, juega un papel fundamental la música. Obvio, claro. Sin embargo, hay ocasiones en las que los mensajes que transmite la arquitectura sonora de un grupo determinado tienen poca relación con lo que explican sus letras. En los últimos tres meses, no he experimentado tal sucesión de mensajes equívocos como en Painted Shut (Saddle Creek, 2015), el tercer disco de Hop Along, proyecto si bien no personal sí intransferible de Frances Quinlan, compositora e intérprete de dotes antes desconocidas — por desgracia — para mí.

Es sencillo: mientras el componente directo de su música — el excelente tratamiento de las guitarras, su esplendorosa voz — golpea mi espina dorsal con terrible insistencia, sus letras resbalan sobre mi piel.

Así, se da la circunstancia de que mientras adoro con devoción sus canciones en el campo de lo sonoro, total y envolvente, paso de puntillas por su apartado lírico. O mejor: lo pervierto hasta sus cimientos, revertiendo su significado de modo que se amolde a mi estadio vital y a mis intereses. No quiere decir esto que Quinlan sea una mala escritora. Al contrario: se trata de un magnífico ejemplo de novela-río en el que, con una riqueza de recursos envidiable, aborda cuestiones cotidianas de su vida con un brillante poso trascendental. Quinlan cuenta qué se siente al tener un trabajo vergonzoso y precario frente a conocidos que no, la geografía de una vida deprimente o la monotonía de recuerdos que todos compartimos en vidas clonadas.

El universo lírico de Hop Along me queda de lado, de modo que escojo sus frases descontextualizadas para amoldarlas a mi estadio vital: me hago trampas al solitario, feliz

A mí, sin embargo, en este momento de mi vida, aquí y ahora, todo su universo me queda de lado. No me interesa — de forma involuntaria — . De modo que me dedico a escoger entre las frases descontextualizadas que mejor me sirven. Por ejemplo, en ‘Happy To See Me’ me quedo con “Nobody loves you / Half as much as I / Half as much as I am trying to” y deshecho todo lo demás, fusilando el contexto. En ‘Waitress’ sólo presto atención cuando Quinlan canta “It’s not that I am worried / I just wish you and your friends would leave”. En ‘Texas Funeral’, “None of this is gonna happen to me / Within my lifetime”. Y en ‘Sister Cities’, “Red flowers against your / Blue jean shirt”.

Cherrypicking aplicado a Hop Along. Voilá.

Y así y sólo así logro sincronizar el grado de conexión emocional que tengo con su música y con sus letras. No reduzco el primero: aumento exponencialmente el segundo haciéndome trampas al solitario. Porque no puedo tener queja alguna del armazón musical que rodea este fabuloso Painted Shut en el que llevo sumergido varias y varias semanas. Es virtuoso cuando necesita serlo — solos por doquier, J Mascis in memoriam — , suena a Pavement en su justa medida — ni demasiado mucho ni demasiado poco — y resulta upbeat sólo después de una carga eléctrica que me desnuda hasta los huesos, indefenso. La clase de pulsión nerviosa y exasperada que combina amor propio, derrotismo y felicidad preñada de melancolía. Como poner a Amber Papini y a Fat History Month a tocar todas las canciones de Radiator Hospital una y otra vez, una y otra vez.

Quizá dentro de un año o dos vuelva a Painted Shut y, en mi cabeza, todo esté en el sitio exacto en el que Quinlan decidió que estuviera. Hasta entonces, la parte bellamente irracional de nuestra relación se habrá impuesto, haciéndome muy (in)feliz en el camino.

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