Salí del sello más grande en el que nunca había estado y me vi sin banda, sin sello, sin un posible movimiento pero con una maleta llena de canciones, mi talento y una voz resonando en mi cabeza recordándome que no tenía nada que perder. Estaba cansado de la mierda de la industria musical, de la vida como títere de la industria y de las pruebas a las que nos someten.

Ya utilizadas en una anterior ocasión, estas palabras reflejan claramente el por qué de Mansion Songs (Easy Sound Recordings, 2015), el por qué de su forma y el por qué de su contenido, por qué Ethan Miller ha pasado de “acertar” con un disco de Rock mayúsculo en su concepto pero imperfecto en su definición a estrellarse con la natural respuesta a lo anterior, con un back to the roots que en su desesperación se ha convertido en un tropiezo continuo pues más que un mirar hacia adelante es una huída hacia atrás.

Evidentemente Ethan Miller se ha dejado sangre y sudor para reflotar una carrera que estuvo muerta por momentos, pero el esfuerzo no aparenta haber sido suficiente, las ideas que sobre el papel parecían correctas han quedado en casi nada una vez se han enfrentado a la práctica. Esto no es culpa de un talento que puede haberse ido o de la necesidad de un padrinazgo que en Russian Wilds (American Recordings, 2012) se hizo patente, lo que Mansion Songs nos trae es la clara consecuencia de que en muchas ocasiones las revoluciones que triunfan son las que se desarrollan con calma, con la mente fría y con el corazón a un lado.

Dejado atrás lo sentimentoespiritual al respecto de la concepción del álbum, Mansion Songs se presenta como un disco aparentemente sincero, aparentemente muy sincero. Evoca la soledad del anacoreta, el polvo del sur y la escasez de las lluvias, la supersitición de una tierra llena de mitos y de personas que se los creen a pies juntillas. Es un viaje hacia la raíz buscando florecer a partir de ella, es la búsqueda de una esencia que guíe, de un 2+2 que ponga en orden una mente un tanto desordenada.

Y la cosa no empieza mal si nos atenemos a las primeras sensaciones, la fórmula se simplifica y huye de megalomanías pasadas a pesar de basarse todo en el ego, o el yo para no hablar de forma despectiva, de Ethan Miller. Sin embargo la cosa avanza y una sensación de vacío se va apoderando de nosotros, se va apropiando de un disco para el cual las sensaciones deberían ser lo primordial, un eje que articula un tratado de repulsa a una industria manipuladora y un artefacto destrozado en sus manos, bajo su influjo.

Momentos cercanos al Gospel, alegatos de Folk supurante, sangrante y desgarrador suponen la base de un disco que sobre el papel tiene una dimensión a la que el sonido pone en su sitio, con todos los cánones presentes y todos los peajes pagados, pero sin una inspiración que lo articule todo, que convierta momentos que suenan al Bruce Springsteen más íntimo o al Neil Young más crítico con su verdad en algo real, el algo que sea palpable y podamos creernos.

Se aprecia y agradece el intento y el esfuerzo de Ethan Miller por volver al hogar en busca de una inspiración que hasta el momento había estado siempre presente. Se agradece y se valora a pesar de que el cuarto disco bajo la marca Howlin’ Rain, el de la resurrección del proyecto, suponga su momento más bajo en cuanto a calidad e inspiración, suponga perder la oportunidad de afianzarse tras desechar la oportunidad de convertirse en la estrella que siempre había querido ser.

4.8/10

Entiendo quiera hacerlo sin la tutoría de Rick Rubin, pero este alegato de independencia e integridad ha hecho más daño a su causa que mil discos lanzados junto a American Recordings. No por una cuestión de integridad, sino porque cuando más lo necesitaba el californiano no ha sido capaz de dar la talla. Y esto es lo más triste de todo, con diferencia.

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