Cuando un grupo va progresivamente quemando etapas y ganando una mayor repercusión, uno espera que cuando llegue a ese punto de máxima atención lo haga con su mejor trabajo hasta la fecha. No siempre es así, ya que habitualmente a los interesantes trabajos de debut le siguen los “siempre difíciles” segundo y tercer disco, y es complicado ver trayectorias en las que un grupo mantenga una trayectoria artística en permanente ascenso, superando las cotas artísticas del anterior y ampliando la base de seguidores.

Precisamente por eso me agrada comprobar que el tercer álbum de Igloo los pilla en su mejor momento, tanto discográfico como mediático (tras telonear en sendos llenos a Franz Ferdinand o a Los Planetas en sus anteriores giras, o ganar el Premio del Público a los 33 de UFI para Radio 3 en los II Premios de la Música Independiente). Aunque en mayor o menor medida ya conocíamos su parte más melancólica y melódica (en canciones como ‘El día que me quedé solo’ de su debut, o ‘Al otro lado del Universo’ del anterior La Transición de Fase), en esta ocasión brilla especialmente esta perspectiva sobre, a través y a lo largo de la potencia que despliegan en las 10 canciones (más un interludio instrumental) que componen el disco.

Demuestran confianza en, mientras hermetizan su propuesta (atmósfera hipnótica, letras depresivas que supuran desencanto y rabia contenida), y condensan instrumentalmente un sonido más oscuro y cohesionado (Editors conocen a Nada Surf y son producidos como The National) , desarrollar los temas transmitiendo la sensación de que los temas reventarán en cada estribillo, y las guitarras destilarán optimismo o, al menos, esperanza en que todo aquello que los atormenta mejorará, como en ‘Nanomédicos’, ‘Desastrología’ o el single ‘Cientos de motivos’.

Si hubiesen prescindido del interludio instrumental, y tal vez, de ‘Nina Kulagina’, se habrían acercado a un disco más redondo y pleno de aciertos. De cualquier manera, no se quedan muy lejos, y pegan un enorme salto cualitativo que debería colocarlos como esa transición entre el pop más melódico e íntimo (Maga, The New Raemon, los Piratas de la primera etapa o, qué se yo, nombremos a Vetusta Morla) y el rock de guitarras de compañeros (Holywater) o ex-compañeros de sello (Jugoplastika), y cercanos a proyectos como Havalina o Nudozurdo, alcanzando un esplendor que, francamente no esperaba. Enhorabuena.

Escúchalo en | Spotify, Deezer

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