Todavía tengo en mi habitación de estudiante universitario en piso de alquiler (junto a todo lo demás que debe tener: pelusas, la cama sin hacer, desorden…) un póster de la primera gira en solitario de Iván Ferreiro, presentando Canciones para el tiempo y la distancia, hace 6 años. Desde entonces, lo he visto con su gira de Las siete y media, y desde entonces, paulatinamente su concepción cada vez más barroca y críptica del pop me fue resultando un plato de digestión más pesada, sobre todo con el fallido Picnic Extraterrestre.

Paralelamente a la mayor complejidad en las estructuras de sus canciones, se sumó una teatralidad interpretativa que siempre he encontrado exagerada (aunque acorde a dichos temas) y que desvirtúa, a mi entender, las virtudes más destacadas de Iván: su capacidad comunicativa en las canciones más sencillas, la fuerza que consigue arrancar con su particular timbre de canciones en progresivo crescendo, y esa hiperactividad curiosa que lo caracteriza (su amor por la ciencia ficción, la locuacidad y espontaneidad en los conciertos y en el trato).

Básicamente, lo que me gustaba de su debut en solitario y de su continuación lo voy encontrando cada vez en menores dosis en sus discos y, como consecuencia, en sus conciertos, por lo que, en este momento me siento como en esos reencuentros con amigos de tu pasado, con el que tantos momentos has compartido pero que ahora ya no sabes de qué hablar, y con el que ese cruce de “Hoy no puedo, pero esta semana te llamo y quedamos“ suena desencantado, y, la mayoría de ocasiones, una vaga promesa que cada vez cuesta más cumplir.

Entiendo y respeto (aunque no lo disfrute tanto) su evolución como autor, y aunque en estudio su última entrega sea un aprobado justito (como reseñaba Víctor), en directo sí que se nota el paso de los años, y para bien. Con una banda solvente (guitarras certeras de Amaro Ferreiro y Emilio Saiz, -hijo de Suso, que también había acompañado a Fon Román en su primera gira- y un elegante e inconmensurable Toni Toledo), mejora las tomas de estudio con sutileza instrumental, y una sonoridad más envolvente e intensa, y estructura el concierto de una manera inteligente para conseguir que el público lo disfrute, especialmente, con, en los bises, su salida en solitario al escenario para interpretar con teclado (y el karaoke del público) canciones de Piratas, o interpretar con su hermano la preciosa ‘S.P.N.B.‘, cuyas primeras notas despertaron el ‘ooooooh’ femenino más intenso de toda la noche (sí, diría que simultánea y cromosómicamente accionó el interruptor romántico de todas las chicas allí presentes).

La noche arrancó con el guiño a ‘Expediente X‘, saliendo al escenario bajo su sintonía (ya sabéis, Picnic EXTRATERRESTRE), y con un bloque de cuatro canciones de su último disco, brillando sobre todo la mejor canción de este álbum: ‘Paraísos perdidos‘. Tras ello, y durante la primera parte (unos 65 minutos) del concierto, primaron las canciones de este disco y de Mentiroso Mentiroso, siendo lo más destacado la irrupción de Manolón (eterno road manager del grupo primigenio y ahora de Iván), para interpretar al bajo ‘Extrema pobreza‘ y una intensa y superlativa ‘Ciudadano A‘, y el clímax alcanzado con ‘Mi furia paranoica‘, que finalizaría esta primera parte en la que brillaron más los medios tiempos más amables, especialmente el trío ‘Canciones para el tiempo y la distancia‘ — ‘Toda la verdad‘ — ‘Jet lag‘, sobre aquellos temas más enrevesados y artificiosos (’Relamida‘, ‘Canción de navidad‘, ‘La Jetee‘). Arrimando el ascua a mi sardina (basándome en mis gustos), de temas de estos dos últimos discos eché de menos ‘Canción de amor‘, ‘Secretos deseos‘ o ‘Canción húmeda‘, o en un término medio con la elección de Iván, ‘Canción sin con pasión‘.

Sin embargo, y a pesar de que en estas 15 primeras canciones sonaban agradables: una banda exquisita técnicamente, la habitual verborrea de Iván como frontman (me quedo con el “guiño” al otro concierto de la noche en Santiago: Miguel Bosé, el recuerdo a su etapa universitaria en Compostela o su “Calamarada” sobre la Ley Antitabaco y los porros), la creíble gratitud del grupo hacia un público que llenaba la sala… pero quizá se notaba cierto entumecimiento en los mecanismos de la banda (como reconocía Iván, ya hacía algún tiempo que no tocaban juntos), que se fueron minimizando hacia los bises, donde el público se fue satisfecho con, especialmente, las interpretaciones de ‘Años 80‘ y ‘Promesas que no valen nada‘ -como decíamos, con Iván a los teclados, las coreadísimas ‘Turnedo‘, ‘El viaje de Chihiro‘, ‘Días azules‘ o, cómo no, la final ‘El equilibrio es imposible‘.

Ni yo soy el mismo, ni Iván mantiene la misma movilidad y pasión al interpretar que hace unos años (no pasan en balde). Sus conciertos actuales son más para disfrutar sentado que para dejarse la voz, y prefiere posicionarse como autor que como intérprete moviendo a las masas, crooner antes que frontman. Es un cambio lógico y acorde tanto a su música, como a las etapas que va quemando en su trayectoria, pero cada vez tengo más la sensación de que su enorme poder de convocatoria se fundamenta más en todo lo anterior que en lo actual. La decepción de Picnic Extraterrestre todavía me dura, pero es necesario que el próximo disco nos devuelva a Iván en plenitud, porque de lo contrario el escalón entre las canciones “titulares” y las “suplentes” se hará demasiado evidente. Concierto digno, pero quizá algo falto de chispa.

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